Si apurábamos la entrada anterior mostrando una de las maravillas documentales que atesora la Catedral de Segovia, comenzamos esta última parte del ‘triplete’ prometido, citando una maravilla musical, también custodiada entre sus muros.
Descubrí este cancionero en un polvoriento y olvidado lineal de unos grandes almacenes que, por cierto, ya no tienen un hueco entre sus estanterías para la Música Antigua. Os puedo asegurar que pocas cosas hay más hermosas para quien esto escribe que llevárselo en unos auriculares y recrearse, cualquier tarde de otoño, desde lo alto de la Torre de Juan II, en el Alcázar.
La versión que ahora escucho mientras perpetro esta entrada fue producida y editada, cómo no, por un sello extranjero, alemán para ser más exactos. Sigue siendo lamentable la casi absoluta desidia, cuando no desprecio, con los que maltratamos un patrimonio con el que en otros países se harían maravillas. Cachulis, Pantojas y ‘otés’. No hay más cera que la que arde.
Volviendo a nuestro manuscrito, hay que saber que no fue concebido expresamente para su uso en la Catedral. Fue recopilado en los últimos tiempos del reinado de Isabel I, con piezas de autores muy diversos, entre lo sacro y lo profano. El nombre le viene más por el lugar donde fue descubierto el manuscrito, el archivo de la Catedral, en 1922. Pero se sabe que su ubicación original, lógicamente, fueron las dependencias del Alcázar, desde las que se trasladaron a la Catedral, sin que se tenga noticia del motivo del traslado.
En la cabecera un fragmento, para deleite del aficionado. Se trata de una pieza de Juan del Encina, uno de los músicos españoles favoritos de la casa. Si apreciáis la letra, habla de una forma muy determinada de vivir que, a riesgo de parecer superflua, a nosotros nos sugiere un buen montón de cosas más. Tales como que si todos viviésemos acorde a estos pareceres, el mundo sería un sitio más respirable. En cualquier caso, ya en los principios de 'La Fortuna' asumimos vivir en un anacronismo perpetuo. Nos hicieron así.
Descubrí este cancionero en un polvoriento y olvidado lineal de unos grandes almacenes que, por cierto, ya no tienen un hueco entre sus estanterías para la Música Antigua. Os puedo asegurar que pocas cosas hay más hermosas para quien esto escribe que llevárselo en unos auriculares y recrearse, cualquier tarde de otoño, desde lo alto de la Torre de Juan II, en el Alcázar.
La versión que ahora escucho mientras perpetro esta entrada fue producida y editada, cómo no, por un sello extranjero, alemán para ser más exactos. Sigue siendo lamentable la casi absoluta desidia, cuando no desprecio, con los que maltratamos un patrimonio con el que en otros países se harían maravillas. Cachulis, Pantojas y ‘otés’. No hay más cera que la que arde.
Volviendo a nuestro manuscrito, hay que saber que no fue concebido expresamente para su uso en la Catedral. Fue recopilado en los últimos tiempos del reinado de Isabel I, con piezas de autores muy diversos, entre lo sacro y lo profano. El nombre le viene más por el lugar donde fue descubierto el manuscrito, el archivo de la Catedral, en 1922. Pero se sabe que su ubicación original, lógicamente, fueron las dependencias del Alcázar, desde las que se trasladaron a la Catedral, sin que se tenga noticia del motivo del traslado.
En la cabecera un fragmento, para deleite del aficionado. Se trata de una pieza de Juan del Encina, uno de los músicos españoles favoritos de la casa. Si apreciáis la letra, habla de una forma muy determinada de vivir que, a riesgo de parecer superflua, a nosotros nos sugiere un buen montón de cosas más. Tales como que si todos viviésemos acorde a estos pareceres, el mundo sería un sitio más respirable. En cualquier caso, ya en los principios de 'La Fortuna' asumimos vivir en un anacronismo perpetuo. Nos hicieron así.
