Poner una pica en Flandes llegó a ser sinónimo de conseguir llevar a cabo una tarea complicada. Esto acabó siendo así en los últimos estertores de la presencia española en esa hemorragia constante, en vidas y oro, que resultó ser la ocupación de Flandes. Pasadas las glorias de Farnesio, Juan de Austria o Spínola, Flandes pasó de ser el sitio en el que conseguir hacer carrera a ser ese lugar en el que nadie quería dejarse el pellejo a cambio de una derrota segura.
La expresión pasó al habla coloquial para definir cualquier acto de naturaleza complicada. Como lo es, cosas del mundo que nos toca padecer, encontrar un hueco para tomar un café con los viejos y buenos amigos. Eso que los ‘modernos’ llaman coffee-break. En una de estas tuve la fortuna de verme no hace mucho. Regresé a casa con esa sensación placentera de haber sabido parar, siquiera unos instantes, y disfrutar de los ‘míos’. Bueno, también regresé con dos libros en préstamo, de los cuales ya he dado buena cuenta de uno.
Mis picas en Flandes. O lo que es lo mismo, las memorias del maestro, D. Luis Carandell. Ignoraba la existencia de este volumen, editado por Espasa. Qué puedo contar que no sea que han sido un par de noches impagables de la mano de los recuerdos de Don Luis. De un tiempo a esta parte, parece que un ingrediente fundamental a la hora de redactar unas memorias es el rencor. El mismo del que se nutren muchas ‘revelaciones’ en las memorias de tanto fantoche con ocasionales pretensiones de literato que pueblan las estanterías. En cuanto a las que describo, están a la altura de quien las firma. Amenas, interesantes y, sobre todo y por encima de todo, elegantes.
De ellas extraigo una anécdota atribuida a Fraga, en los albores de la democracia. En un pleno parlamentario –de esos que comentaba Don Luis como nadie ha sabido hacerlo después-, Fraga pidió permiso al vicepresidente del Congreso, Emilio Attard, para hacer un cooffe-break. Confundido, miró Attard en derredor por si alguien era capaz de explicarle qué había querido decir Fraga en eso del ‘coffee break’. Emilio Attard era hombre de una vasta cultura y un gran orador, pero –como nos sucede a muchos españoles hoy en día- no hablaba inglés, y el término no era muy popular entonces. Una vez satisfecha su inquietud, Attard procedió a dar permiso para que sus señorías tomasen un descanso.
Días después, otro diputado pidió un receso. El bueno de Attard volvió a acceder diciendo algo así como:
- Tienen sus señorías quince minutos de descanso para hacer eso a lo que se refería Don Manuel Fraga el otro día.
Cómo podéis ver, el tono parlamentario en aquellos días dista mucho de los lamentables espectáculos a los que nos someten los herederos de Attard.
Pues eso, aunque a veces sea como poner una pica en Flandes, bien vale saber hacer un ‘coffee break’ a tiempo para disfrutar de dos de los mejores regalos que está dispuesta a hacernos la vida, un buen amigo y un libro.
