jueves 13 de noviembre de 2008

Los tres anillos

Esta es la historia de un anciano que poseía un anillo. Y no se trataba de uno cualquiera. Era de una aleación de metales que encerraban al secreto de hacer agradable a Dios a su portador. El venerable anciano tenía tres hijos y a todos ellos quería con igual devoción. Un atardecer, le prometió al mayor de ellos que heredería la joya a su muerte. Pero era tal el cariño que el anciano profesaba a cada uno de ellos que no pudo evitar prometérselo a los tres.

Apesadumbrado, recurrió a los servicios de su amigo el orfebre. Éste, talló dos réplicas exactas del original y las colocó, en línea, frente al anciano padre, que mezclándolas en un taleguillo, fue repartiéndolas con discreción entre sus hijos.


Cuando falleció el patriarca, los tres herederos esgrimieron sus anillos como prueba de sus derechos. Pero al ver que eran exactamente iguales, no pudieron discernir cuál era el auténtico. De este modo, cada uno de ellos vivió el resto de sus días teniéndose por lícitos herederos del anillo auténtico y su legado. Pensad en ello cuando paseéis por el Toletum, Tulaytula o Toledoh - que es donde servidor escuchó esta leyenda, hace ya algunos años - y reposéis la vista en la Mezquita de Bab-al-Mardum, la Sinagoga de Samuel ha-Leví o San Juan de los Reyes.

La foto la perpetró servidor, mientras practicaba unos de sus vicios favoritos, que es pasear por allí.

miércoles 12 de noviembre de 2008

Ladrones de tinta

Hay ocasiones en las que la vida nos sorprende con ciertas coincidencias que terminan pareciendo parte de un guión. Hace unos días, recuperé del estante una de mis películas favoritas. Me encanta releer libros y volver a ver ciertas cintas o deuvedés. Es como volver a visitar a un viejo amigo. A la par que se reviven las buenas sensaciones del último encuentro, siempre da lugar a descubrir otras nuevas.

El caso es que hay una escena en la que el alguacil que entra a buscar a Diego Alatriste, hace aguas menores en el callejón de la 'Taberna del Turco'. Como van pasando los años, y uno se ha ido ganando cierta fama de abuelo Cebolleta, alguien me preguntó cómo era posible que todo un señor alguacil se orinase en el Sagrado Misterio, pues de cruces y estampas estaba cuajada la tapia que sirvió de feliz desahogo a la autoridad. Es una alusión velada a una leyenda que circuló por Madrid, y que alguna vez escuché, en mi infancia, al maestro. Hoy, brujuleando por la biblioteca de Google, me he detenido ante el irresistible título de un libro con el que, a su vez, titulo yo esta entrada. La obra es de Alfonso Mateo-Sagasta. Y hete aquí que aparece relatada la anécdota que ahora me sirve de excusa para darles un poquito la brasa. Como si hiciesen falta.

En el Madrid del Siglo de Oro, nada como pasarse por las gradas de San Felipe para estar al día de cuanto acontecía en la Villa y Corte. Don Francisco de Quevedo, un convencido de que la información era poder, frecuentaba este mentidero con frecuencia. Resulta que era el de San Felipe, por su proximidad a la parroquia del mismo nombre, y resulta, además, que esas gradas tenían una tapia cercana al templo donde se aliviaban las vejigas cortesanas. Harto del hedor, el cura colocó una cruz y un cartel que decía :" No se mea donde hay cruces".

Cuentan que el mismísimo Don Francisco - conociendo su carácter burlón y pendenciero, no suena descabellado - sustituyó el cartel por otro en el que se podía leer: "No se ponen cruces donde se mea".

Genio y figura.

martes 4 de noviembre de 2008

Moros


Corren tiempos en los que el lenguaje, por desgracia, se ha convertido en un arma arrojadiza al servicio de intereses que no siempre se reducen a su función primordial, la comunicación. Y dentro de ésta, el diálogo entre posturas enfrentadas y cuanto ello tiene de beneficioso. Hay opiniones mucho más doctas que la de servidor, que llevan tiempo advirtiendo de esta circunstancia. Como lo nuestro no es la polémica y sí el entretenimiento, vamos con una cuestión de actualidad.

Moro. Sí, moro. Los medios y la política –si es que no son lo mismo – lo han convertido en un término despectivo, cuando nunca fue así.

En primer lugar, habría que decir que ya los romanos llamaban maurus a los oscuros de piel, que normalmente provenían del cercano norte de África. Tomaron el nombre del que ya les dieran los griegos, que los conocían como mauroi.

No todos los musulmanes son moros. Ni todos los árabes. Los árabes eran oriundos de la Península Arábiga. Por tanto, eran la raza más distinguida de cuantas formaban el Islam, pro ser originarios de la tierra del profeta Muhammad o Mahoma. A España llegaron muy pocos de ellos. Eran fácilmente reconocibles por poseer cabellos y ojos claros, en muchos casos. Como podéis ver, muy lejos del arquetipo cinematográfico.

Por tanto, moros son – en recta ley- los oriundos del norte de África. Así, sin acritud. Árabes sólo los linajes de Arabia. Por tanto, el rasgo que los une y distingue es la profesión del credo común. El Islam. Por tanto, para referirnos al conjunto, el término adecuado es musulmán. Tanto para el turco, como para el árabe, como para el moro, como para el pakistaní.

Mahometanos tampoco sirve, qué le vamos a hacer. Mahoma, a diferencia del Jesús de los cristianos – que a la sazón es un profeta para los musulmanes llamado Issa – sólo tiene el rango de Profeta, de enviado. Nada de divino hay en él como vehículo de la revelación que es. Por eso no hablamos de mahometanos, hablamos de musulmanes.

Y si vamos a referirnos a los musulmanes oriundos del norte de África, moros. Así, sin acritud.