martes 21 de octubre de 2008

Manos blancas no ofenden


Quién no ha escuchado esta expresión cuando alguien ofrece su mano a quien que la tiene más o menos manchada, fruto de algún trabajo manual, o enguantada durante la realización del mismo. Pues bien, esta expresión tiene su origen en un ámbito bien distinto.


Nos situamos en La Granja, en septiembre de 1833. El verano se apagaba mientras hacía lo propio la vida de Fernando VII, que acabaría falleciendo en Madrid poco después. En su lecho de muerte, recibió la visita de Tadeo Calomarde, ministro de la Corona. Aprovechando el estado del enfermo, consiguió que éste firmase un documento en el que se establecía el derecho de sucesión en favor de su hermano, el Infante Don Carlos. Esto contradecía la Pragmática Sanción, edicto proclamado por Fernando con anterioridad. Tras dicha firma, quedó abolida la Ley Sálica, que impedía el acceso a la Corona de las mujeres de la familia real.


Por tanto, la maniobra de Calomarde alteraba el orden de sucesor previsto. En lugar de la infanta Isabel, accedería al trono su tío Carlos, primer varón en la línea sucesoria.


Una vez que se consumó la rúbrica, Calomarde abandonó el dormitorio real y se encontró, a la puerta del mismo, a la hermana de la reina, Luisa Carlota. Enterada ésta de la maniobra del ministro, le abofeteó con inusitada violencia, no sin antes arrebatarle y hacer añicos el documento.


Este fue el fin de Calomarde como ministro. Humillado tras el bofetón, no atinó más que a decir:


- Manos blancas no ofenden.


Aludiendo, claro está, al guante de Doña Luisa y a su carácter regio. Tiempo después, el acceso al trono de Isabel II y la autoproclamación de Don Carlos como Carlos V de España, dio lugar a la Primera Guerra Carlista.

viernes 3 de octubre de 2008

Cría cuervos y te sacarán los ojos

El Condestable de Castilla, Don Álvaro de Luna, fue uno de los muchos personajes apasionantes que se dieron cita en el convulso otoño del medievo castellano. A él debemos la expresión con la que hemos titulado esta entrada. Bueno, para hacer justicia, mejor haríamos en atribuir el origen del dicho al infortunio de un mendigo castellano.


Había marchado Don Álvaro a cultivar una de las aficiones predilectas de monarcas y cortesanos españoles de todo tiempo, la caza. Al pasar por un camino vio a un anciano con el rostro mutilado. Unas horribles cicatrices ocupaban el lugar que antaño correspondiese a sus ojos. No sabemos si conmovido, o simplemente curioso, Don Álvaro detuvo su montura y preguntó al viejo cuál era la causa por la que había perdido los ojos.


El anciano respondió que debía su mutilación a un traidor. El Condestable quiso atribuir el hecho, entonces, a la guerra o al asalto de un rufián. El ciego le confesó que había estado criando un cuervo durante tres años y que, un buen día y por sorpresa, había sido atacado por éste, dejándolo en ese estado.


Cría cuervos y te sacarán los ojos – se atrevió a decir Don Álvaro.


Desde entonces, se dice que a lo largo de su vida – y motivos tuvo para ello- Don Álvaro empleó esta misma frase para referirse a esas situaciones en las que uno se siente decepcionado tras haber depositado su confianza en alguien y que, como la misma traición, ha perdurado hasta nuestros días.