Quién no ha escuchado esta expresión cuando alguien ofrece su mano a quien que la tiene más o menos manchada, fruto de algún trabajo manual, o enguantada durante la realización del mismo. Pues bien, esta expresión tiene su origen en un ámbito bien distinto.
Nos situamos en La Granja, en septiembre de 1833. El verano se apagaba mientras hacía lo propio la vida de Fernando VII, que acabaría falleciendo en Madrid poco después. En su lecho de muerte, recibió la visita de Tadeo Calomarde, ministro de la Corona. Aprovechando el estado del enfermo, consiguió que éste firmase un documento en el que se establecía el derecho de sucesión en favor de su hermano, el Infante Don Carlos. Esto contradecía la Pragmática Sanción, edicto proclamado por Fernando con anterioridad. Tras dicha firma, quedó abolida la Ley Sálica, que impedía el acceso a la Corona de las mujeres de la familia real.
Por tanto, la maniobra de Calomarde alteraba el orden de sucesor previsto. En lugar de la infanta Isabel, accedería al trono su tío Carlos, primer varón en la línea sucesoria.
Una vez que se consumó la rúbrica, Calomarde abandonó el dormitorio real y se encontró, a la puerta del mismo, a la hermana de la reina, Luisa Carlota. Enterada ésta de la maniobra del ministro, le abofeteó con inusitada violencia, no sin antes arrebatarle y hacer añicos el documento.
Este fue el fin de Calomarde como ministro. Humillado tras el bofetón, no atinó más que a decir:
- Manos blancas no ofenden.
Aludiendo, claro está, al guante de Doña Luisa y a su carácter regio. Tiempo después, el acceso al trono de Isabel II y la autoproclamación de Don Carlos como Carlos V de España, dio lugar a la Primera Guerra Carlista.

