Después de esta larga ausencia, marca de la casa, encuentro un rato libre de impuestos para retomar 'La Fortuna'. Siempre tuve la certeza de que este rincón no iba a atraer nunca la atención de demasiados lectores; y cierto es que estos largos silencios no contribuyen a que pueda suceder lo contrario. En fin, hablemos de saberes inútiles en medio de la empalagosa resaca futbolera que nos deja el España-Rusia de hoy.
Si a la orden del día está la cosa futbolera, otro tanto ocurre con los escándalos -que cada vez lo son menos – financieros. Me refiero a que cada vez tienen menos de escándalo porque según quien los protagonice, llega a estar hasta socialmente aceptado. Hoy vamos a hablar del primero de ellos. Por lo menos, del primero organizado a gran escala y con bancos de por medio.
El 13 de febrero de 1837, un disparo segó la vida de Fígaro, Mariano José de Larra. Además de excelsos artículos y algunos -pocos- poemas, Larra dejó mujer y tres hijos. La más pequeña de ellas es la protagonista de nuestra historia: Baldomera Larra.
Tras la muerte de su padre, el hogar materno salió adelante gracias a los desvelos y el trabajo de costurera de la viuda de Larra, Luisa Wetoret. No sin la inestimable ayuda de la reina Cristina, que había recibido en audiencia a Mariano José pocos días antes de su muerte.
Una serie de casamientos afortunados hicieron posible que las hijas de Doña Luisa no tuvieses quye pasar ningún tipo de penurias. Tal fue el caso de la bella Baldomera, extraordinariamente bella según las crónicas. Se casó con un joven médico que, al instaurarse la Casa de Saboya tras el destronamiento de Isabel II, llegó a ser médico del rey. Claro que cuando retornaron los Borbones al trono, el médico tuvo que poner pies en polvorosa en dirección a las Américas, por temor a las represalias. Y lo hizo sin su mujer e hijos, abandonados a su suerte en Madrid.
Baldomera, además de ser mujer de curvas esculturales lo era de agudo ingenio ideó, una vez consumidos los ahorros de la familia, un plan para salir de la miseria que amenazaba su casa. Acudió a una prestamista célebre de Madrid y le pidió prestada una onza de oro con la condición de que le devolvería dos. La prestamista se frotaba las manos pensando en la conveniencia del negocio y, evidentemente, no le puso pegas al préstamo.
Una semana después, allí estaba Baldomera con las dos onzas. Repitió la operación con asiduidad, de forma que el rumor se encendió como la pólvora por Madrid y muchas gentes fueron a buscar a 'la patillas' para ofrecerle capital a cambio de ten jugosos intereses. No, no piense el lector que lo de la 'patillas' tiene algo que ver con un exceso de vello facial en el hermoso rostro de la bella Baldomera. Se la llamaba así por las patillas en forma de tirabuzón tan características que llevaba en sus peinados.
(continuará)
