lunes 19 de mayo de 2008

Un suizo

Uno de los vicios confesables de quien esto escribe es el café y los 'templos' en los que uno puede degustarlos. En Madrid o allá donde vaya, el café es uno de los parámetros fundamentales con los que servidor mide lo a gusto que ha estado en un sitio.

Lamentablemente, en las cafeterías al uso se tiende a prepararlo de cualquier manera. Porque para hacer un café no sólo se necesita agua y café molido. Se necesita - aparte de una buena cafetera, claro está- cariño por lo que se hace y un poco de cuidado. Extraños conceptos en la 'cultura de la inmediatez' en la que sobrevivimos.


El caso es que hoy voy a hablar, no sólo de café, sino de bollos. Sí, pese a que se acerca la 'operación bikini'. Y en concreto de uno de mis favoritos: el suizo. Se trata de un dulce cuya masa recuerda mucho al número uno de mi lista, el roscón de reyes. Pues su origen, tal y como se toma en muchos sitios, es madrileño.

En el siglo XIX, cafés legendarios bullían de vida social en Madrid. El Pombo, el de la Montaña, el Gijón... y el Suizo. Era bastante normal en aquella época - no conozco el motivo - que en las ciudades hubiese un café 'Suizo'. Así es que en Madrid teníamos el nuestro, que abrió sus puertas en 1880 y echó el cierre en 1891.

Pues bien, pedir 'un Suizo' en este café era el equivalente a un café con leche y un bollo. Fue así como la metonimia dio lugar a que se conociese por 'suizo' a este rico bollo que se servía en este café, ubicado en la confluencia entre Sevilla y Alcalá, donde hoy en día hay una gris oficina del BBVA.

Gracias a Ángel del Río, Cronista de Madrid, quien, a través de conocidos, me resolvió la duda del verdadero emplazamiento del antiguo café Suizo. Para amantes del café y los cafés, 'La Fortuna' recomienda vivamente la lectura de 'Los viejos cafés de Madrid', de 'Angel del Río, editado en 'La Librería'. Doce euros más que bien gastados. Doy fe de ello.


domingo 11 de mayo de 2008

La Musgaña, 20 años después

Esta entrada en realidad comienza hace casi veinte años. En un domingo primaveral. Servidor era un quinceañero que había descubierto la música folk de la mano de Milladoiro y Gwendal. Eran tiempos duros para decir que te gustaba la música tradicional entre la gente de tu edad, porque el ochenta por ciento de los que te rodeaban se reían con las bromas subsiguientes, y el otro veinte no tenía ni idea de lo que le estabas hablando.

Había ido al Parque del Retiro, en Madrid, a ver teatro de calle y títeres. Y allí estaban ellos, La Musgaña, interpretando temas de su primer disco ‘El Diablo Cojuelo’. Volví a casa contento por haber ampliado la nómina de referentes, y encima con un grupo que hacía folk castellano, aparte de Joaquín Díaz. Apenas unos meses después, tocaron en Alcorcón. Concretamente en el viejo cine Estoril. Ya sabéis, esos cines de barrio de los de sesión doble matinal, pirulís, de cacahuetes y acomodador rancios. Esos que, para nuestra desgracia, dejaron de existir a favor de las multisalas en los centros comerciales, esas que han terminado por hacer imposible que un chaval pueda ver cine en su propio barrio. Veinte personas en el cine, pocas más de las que había en el escenario. Y sin embargo, desgranaron lo mejor de su repertorio a lo largo de más de hora y media de concierto. Recuerdo a Jaime Muñoz diciendo, en los bises, aquello de: ‘Nunca tan pocos nos hicieron trabajar tanto’.

Un año después editaron ‘El paso de la Estantigua’, muy recomendable. Pero el caso es que, cosas de la vida, comencé a distanciarme de la música folk en favor de otros sonidos. Quizá porque hubo un tiempo en el que dejó de ser tan raro escuchar folk y apareció, de la nada, una generación de pseudohippies que parecía llevar allí toda la vida, con sus camisetas malvas y su henna en los cabellos. Me atrapó la llamada ‘Música Antigua’, los Savall, Paniagua y compañía, los sonidos orientales de la mano de Luis Delgado…

Veinte años después, ayer me reencontré con Muñoz, Beceiro y compañía. Tocaron en Latinarte, dentro del programa de conciertos de la Junta Municipal, e hicieron un repaso a dos décadas de carrera que me sirvió para reafirmarme en dos cosas: siguen siendo – nuevas incorporaciones incluidas- , unos pedazo de músicos. La segunda es que, como hace veinte años, salí del concierto con una grata sensación porque sigue siendo, ante todo, divertido verlos en un escenario. Fue especialmente emotivo el recuerdo a Quique Almendros, alma mater de La Musgaña para muchos, y que desde hace unos años está apartado de la escena por un derrame cerebral que nos ha privado de su música para siempre.

Ayer tuve la sensación de haber recuperado un trocito de algo que perdí en no sé qué camino de cuantos nos toca transitar en el trajín de la vida. Carlos, Jaime, Diego y Jorge… Gracias, muchas gracias y feliz cumpleaños.

jueves 8 de mayo de 2008

Abbul Hemara

Hoy he leído en la prensa que, al acercarse un año más los días de playa, se han incrementado exponencialmente las ventas de productos y bálsamos -nada saludables, por cierto- con los que los españoles pagamos tributo a los cánones promovidos por la industria audiovisual.

Me sonreía mientras apuraba el primer café de la mañana, pensando en qué no darían muchos por conocer el secreto que hizo adelgazar a Sancho 'El Craso', como vimos en la Fortuna hace unos días.

Me acordé del maestro, y a sus obras acudí buscando más información al respecto. Y tuve suerte. Así que tomen nota todos aquellos que a estas horas andan azorados porque no les sirve la ropa del verano pasado.

Resulta que el médico de Add-al-Rahman III se llamaba Abbul Hemara, y esta fue la receta que extendió al orondo rey cristiano:

Todos los días subirás al primer pico de la serranía, descalzo, sin haber probado alimento ni bebida y llegarás allí antes de que salga el sol. Recogerás las hierbas que crecen en la cima, y al regreso te frotarás con ellas el vientre’.

Busquen, busquen el pico más cercano a sus casas...

domingo 4 de mayo de 2008

Así se las ponían a Fernando VII

Hoy he vuelto a ver, en la prensa, el famoso dicho que algunos formulan como 'Así se las ponían a... Felipe II'. Y aprovechando que en la entrada anterior aparecía la figura de Fernando VII, me apetecía recordar que el dicho no se refiere a Felipe II.

Fernando VII era un gran aficionado al billar. Y no por ello buen jugador, pese a que consumía muchas horas taco en ristre. Sus colaboradores más directos sabían de la incurable egolatría regia y aprovechaban los 'descuidos' del monarca para recolocar las bolas en una disposición más sencilla para el 'lucimiento' del monarca. Éste, aparentemente ajeno a la maniobra, se dedicaba a rematar la faena con el aplauso, imagino, de los satélites de turno.

Los mismos que aprovechaban estas ocasiones para obtener algún tipo de predenda a costa del erario público y del 'excelso' jugador de billar.

sábado 3 de mayo de 2008

2 de mayo

Ayer fue dos de mayo. Como hace exactamente un año. Lo que ocurre es que esta vez se cumple el bicentenario de la revuelta. Y eso es motivo de múltiples actos y celebraciones en Madrid, pues además es el día de la Comunidad. Lo normal en ‘La Fortuna’ hubiese sido haber hecho un esbozo, más o menos afortunado, de lo que sucedió en esas horas; o haber buscado una anécdota curiosa que poder contar al respecto. Confieso que no tengo valor para ello. Ya hablamos en su día del trabajo que había firmado Arturo Pérez-Reverte al respecto, y después de haber recomendado efusivamente la lectura del mismo, asumo que el lector hizo caso de la sugerencia. Llegados a ese punto, nada puede aportar servidor al asunto.

De cualquier forma, el que esto escribe asiste, entristecido, al rosario de declaraciones de nuestros infumables e indocumentados políticos. Sin pudor alguno, modelan la historia a su gusto para que el calor del ascua dore su sardina. Los españoles sólo sabemos hacer dos cosas con respecto a nuestra historia. Olvidarla y, cuando toca, extraer réditos políticos de su recuerdo.

Coincido con los que piensan que la gente no se batió el cobre pensando en que estaban ‘configurando la España Moderna’. Lamentablemente, lo hicieron por otros que se quedaron en sus poltronas o en sus iglesias. Por un ejército atado de pies y manos por unos ministros serviles que temblaban ante la idea de enfrentarse al ejército más temido de Europa. Se equivocaron de enemigos.

Lo cierto es que no siempre se ha hablado de los ‘afrancesados’ como de aquellos que veían con buenos ojos un cambio político y social auspiciado por Francia. Algo que nos alejase, de una vez por todas, de la superstición y la ignorancia. Desde luego, entre la intelectualidad había partidarios de este cambio. Partidarios de que España no perdiese el tren del progreso, quién sabe si para siempre. En un mismo saco quedaron mezclados los simples cobardes o indolentes con aquellos que pensaban que, probablemente, el edificio más importante de una ciudad española no debiera haber sido una iglesia, sino una escuela.

Vienen tiempos en los que se reivindicará la figura de José Bonaparte. Por cierto, bastante mejor rey que quien le sucedió, el infame Fernando VII. La propaganda urdida por la España de las ‘caenas’, supo deformar la imagen de José fácilmente. Su carácter reformista contribuyó a ello. También los excesos cometidos por los soldados de Napoleón. No vamos a hacer un panegírico de José Bonaparte (por cierto, abstemio aunque fuese llamado ‘Pepe Botella’). Pero intentemos mirar el prisma desde todos los lados.

Lo que vino después de la retirada de Napoleón fue la abolición de la Constitución de Cádiz, los Cien Mil Hijos de San Luis y el ¡Vivan las caenas! Otra vez la sangre del pueblo para mantener viva la España de cerrado y sacristía.

Desde luego que fueron unos héroes. Ya veríamos que hubiésemos hecho los madrileños del siglo XXI ante esa tesitura. Y me compraría un sombrero sólo para poder quitármelo ante ellos. Pero quizá su heroísmo sólo nos sirva, doscientos años después, para que saquen partido de la hazaña los indocumentados que nos representan. Qué lástima.

Ayer mismo había unos niños participando en la confección de un puzzle gigante con ‘Los fusilamientos de la Moncloa’ (los del 3 de mayo) como motivo. La periodista de una emisora de radio que cubría la noticia me contó, fuera de antena claro está, que le fue imposible encontrar a uno solo de aquellos críos que supiese lo que estaba haciendo. Menos mal que están los políticos para recordárnoslo. Esto es España. Yo me quedo con el recuerdo del puñado de valientes que se jugaron la vida, y la perdieron, sólo por ira, impotencia, o esa cosa tan ‘carpetovetónica’ llamada honor. O sea, huevos toreros.

Lamento la parrafada, ruego a los lectores que sepan tolerar estos ‘ataques de opinión’ con los que de vez en cuando contradigo el mismo espíritu de ‘La Fortuna’.