Siempre fue notoria la supremacía intelectual de los hispanomusulmanes frente a los reinos ibéricos cristianos. Herederos, traductores y difusores de los saberes del mundo antiguo, a sus traducciones y mejoras del mismo debemos muchos de nuestros progresos. Recomiendo al puñado de valientes que me honran con sus visitas la obra del profesor Julio Vernet ‘Lo que Europa debe al Islam de Occidente’.
Los médicos musulmanes siempre fueron tenidos por gente docta, y a sus servicios recurrieron muchos cristianos. Quizá uno de los más célebres fuese el protagonista de esta entrada, Sancho I, también llamado ‘El Craso’. Huelga decir que es lo mismo que ‘El Gordo’. Nuestros sagaces lectores ya pueden ir imaginando cuál es la cuita que llevó a Sancho a requerir los servicios de los galenos musulmanes.
Por curioso que parezca, la historia se remonta al comienzo del reinado de Sancho, en 957. Es derrotado por los omeyas cordobeses. Una de las razones de peso, si se nos permite el chiste fácil, de la derrota de las armas cristianas fue la incapacidad para moverse del rey Sancho, debido a su oronda figura. Esto lo imposibilitaba para manejar una montura con la destreza requerida en estas lides.
Tras la derrota, Sancho fue destronado por los nobles leoneses, con Ordoño El Malo –ahora ya sabéis por qué- y Fernán González a la cabeza. Por su rama materna, Sancho era familia del califa omeya, Abd-al-Rahman III, así que recurrió a su ayuda para que aquellos que lo habían derrotado le proporcionasen remedio para su gordura.
El califa envió a su mejor médico. Un judío, pues los musulmanes también se servían de ellos por su reconocida fama como galenos. Tras un tratamiento a base de hierbas en Córdoba, ambos, el califa y el ‘Craso’ retornaron a León y despojaron a Ordoño El Malo del trono. Eso sí, Don Sancho hecho un pincel para prestigio de la ciencia del Al-Andalus omeya.



