viernes 25 de abril de 2008

El califa, el gordo y el malo

Siempre fue notoria la supremacía intelectual de los hispanomusulmanes frente a los reinos ibéricos cristianos. Herederos, traductores y difusores de los saberes del mundo antiguo, a sus traducciones y mejoras del mismo debemos muchos de nuestros progresos. Recomiendo al puñado de valientes que me honran con sus visitas la obra del profesor Julio Vernet ‘Lo que Europa debe al Islam de Occidente’.

Los médicos musulmanes siempre fueron tenidos por gente docta, y a sus servicios recurrieron muchos cristianos. Quizá uno de los más célebres fuese el protagonista de esta entrada, Sancho I, también llamado ‘El Craso’. Huelga decir que es lo mismo que ‘El Gordo’. Nuestros sagaces lectores ya pueden ir imaginando cuál es la cuita que llevó a Sancho a requerir los servicios de los galenos musulmanes.

Por curioso que parezca, la historia se remonta al comienzo del reinado de Sancho, en 957. Es derrotado por los omeyas cordobeses. Una de las razones de peso, si se nos permite el chiste fácil, de la derrota de las armas cristianas fue la incapacidad para moverse del rey Sancho, debido a su oronda figura. Esto lo imposibilitaba para manejar una montura con la destreza requerida en estas lides.

Tras la derrota, Sancho fue destronado por los nobles leoneses, con Ordoño El Malo –ahora ya sabéis por qué- y Fernán González a la cabeza. Por su rama materna, Sancho era familia del califa omeya, Abd-al-Rahman III, así que recurrió a su ayuda para que aquellos que lo habían derrotado le proporcionasen remedio para su gordura.

El califa envió a su mejor médico. Un judío, pues los musulmanes también se servían de ellos por su reconocida fama como galenos. Tras un tratamiento a base de hierbas en Córdoba, ambos, el califa y el ‘Craso’ retornaron a León y despojaron a Ordoño El Malo del trono. Eso sí, Don Sancho hecho un pincel para prestigio de la ciencia del Al-Andalus omeya.

lunes 21 de abril de 2008

Los balcones de Madrid

Tenía que suceder. De un tiempo a esta parte, es más barato asistir a un espectáculo teatral que pisar un cine. Me refiero, fundamentalmente, al rosario de pequeñas salas que en Madrid componen una oferta cada vez más atractiva. Excusa perfecta para recuperar el gusto por el teatro, o para descubrirlo. No es que a uno no le guste el cine, aunque de unos años a esta parte quizá la cartelera anime cada vez menos a retratarse en taquilla, en tanto que cada vez resulta más caro hacerlo. Todo esto unido al cierre de los cines de toda la vida, para gloria de los 'macrocentros' en los que la gente pasta (come) y abreva (bebe) mientras responde a un sms o ignora las normas de educación más elementales.

Pues sí, tocaba teatro. El Teatro de Cámara Chejov representa estos días Los balcones de Madrid, de Tirso de Molina. Curiosamente, no se estrenaba esta comedia en Madrid desde tiempos del mismo Tirso.

Tirso de Molina fue el sobrenombre con el que se dio a conocer fray Gabriel Téllez, quien es tenido según algunas teorías por hijo natural - habido fuera del matrimonio- del Duque de Osuna. Lo cierto es que el ejercicio simultáneo del monacato y la creación literaria fueron causa de constantes problemas para él. Ejerció sus primeros años de ministerio en Santo Domingo y poco después de su vuelta, fue desterrado porque -y esto fue una constante durante su vida- los tribunales religiosos recelaban del carácter profano de las obras de Tirso, quizá porque se esperaban textos más 'moralizantes' de la pluma del dramaturgo, en consonancia con su condición de clérigo. Aunque su obra también se compone de obras religiosas, autos sacramentales y demás obras de este género.

Hizo mucha amistad con Lope de Vega, de quien se reconocía discípulo y al que admiraba profundamente. Hay autores que sostienen que el teatro de Tirso estaba dotado de una característica que lo hacía distinto al de su maestro: el conocimiento de los perfiles psicológicos del ser humano. Y que este conocimiento hay que relacionarlo con su actividad como confesor. Sobre todo a la hora de perfilar los personajes femeninos.

Quizá también venga de ahí la interpretación que se hace de algunas obras suyas, en las que se quieren ver trazas de cierto feminismo. Servidor está en desacuerdo con esto y se apunta a la teoría expuesta en el párrafo anterior.

Sea como fuere, es un excusa perfecta para pasar un buen rato. Los actores secundarios del montaje son los verdaderos atractivos del montaje, mientras que los principales quedan un tanto planos, y la ambientación musical deja un poco que desear (copla de los cascabelitos incluida). De lo que no cabe ninguna duda es que los chicos del Teatro Chejov le echan ganas y oficio, y de que así sí vale la pena pasar por taquilla. Muy recomendable.


jueves 10 de abril de 2008

No todo está perdido...

Tenía que escribirlo. En un paréntesis de la jornada me he pasado por la prensa digital a ver qué se cocía por ahí. Ni más ni menos que la mejor noticia que recuerdo en mucho tiempo. No todo está perdido, no. Resulta que Ediciones Bruguera recupera sus colecciones de clásicos ilustrados. Concretamente ‘Joyas Literarias Juveniles’ e ‘Historias Selección’.

Servidor ha crecido devorando las páginas de ambas colecciones. Gracias a ellas descubrí a Verne, Salgari, Stevenson, May, Scott, Cooper… y tantos otros. Sandokán, Phileas Fogg, Ivanhoe, el Capitán Silver, Old Satherhand … Recuerdo como antes de saber leer contemplaba las viñetas, ensimismado, en un rincón del cuarto de juegos. Y a los cinco años, cuando fui capaz de hacerlo, volvía una y otra vez a estos libros con la satisfacción de poder comprender cuanto se decía en ellos.

Siempre he pensado que volver a leer un libro es como visitar a un viejo amigo. Y en la infancia se tiene un curioso gusto por la repetición ¿Quién no ha tenido que leer el mismo cuento una vez y otra a cualquier sobrino o ahijado? Bueno, quizá habría que preguntarse quién no se ha visto obligado a ponerle el mismo DVD una y otra vez a los peques del entorno. Quizá esta sea una buena oportunidad para que comprendan que hay vida más allá de lo digital. A fin de cuentas, los niños siguen siendo niños…

Late, corazón, pues no todo se lo ha tragado la tierra, que diría Machado. Quizá no esté todo perdido. No he podido evitar dos cosas. Fotografiar un par de los que conservo en casa y comprobar que nos hemos hecho mayores y que el tiempo se embosca en días como este para demostrarnos que siempre ataca a traición...

martes 8 de abril de 2008

El Madrid del ¡No pasarán!

Los que visitan este rincón de la blogosfera saben que no es norma de la casa publicar entradas incendiarias como la anterior a esta, dedicada a Patrimonio Nacional. Pero no había más remedio. Ahora que las aguas vuelven a su cauce, cambiamos de tercio.

Me toca hablar del último libro que he terminado. Lleva por título ‘El Madrid del ¡No pasarán!, está editado en La Librería y su autor es Germán Lopezarias. Hay que decir que Ediciones La Librería es una editorial especializada en publicaciones acerca de Madrid, con textos de calidad y a unos precios asequibles a cualquier bolsillo. Concretamente, servidor se echó al morral el volumen que nos ocupa por 9 euros.

Lo cierto es que siempre da algo de reparo la lectura de cualquier obra relacionada con la Guerra (In)Civil. Quizá porque para muchos de nuestros mayores fue un tema tabú y para otros tantos, un caballo de batalla. En mi caso, como constante lector de libros de Historia, siempre he pasado de puntillas por este período. No sé si porque tengo querencia a los hechos y personajes de hace más de doscientos años o porque uno termina un tanto saturado de revisiones ‘orientadas’ por la tendencia de quien las firma.

Sea como fuere, me acerqué a este libro buscando saber algo más de cuanto aconteció en Madrid durante esos aciagos años. Pero desde el punto de vista del pueblo que sufrió la locura que muchos de los que enarbolan pendones en uno y otro sentido ahora –y los que nos mantenemos al margen o lo intentamos- no pueden siquiera imaginar.

Bingo. Un relato cuyo protagonista es el pueblo llano, el pueblo de Madrid y sus miserias. Un análisis documental concienzudo de bandos, comunicados, noticias… para dibujar la semblanza de aquella generación a la que le robaron su infancia y, en el peor de los casos, la vida. Una forma más de ser conscientes de la barbarie y de que el hombre sigue siendo un lobo para el hombre.

Germán Lopezarias fue corresponsal de guerra y trabajó para medios como ‘Ya’, ‘El Alcázar’ o ‘ABC’. Cuando comprobé este dato en la cubierta pensé que este iba a ser un relato más de cuantos se escriben desde un determinado registro político. Pero… sorpresa. Objetivo cumplido, un relato aséptico de uno de los mayores asedios de la historia de España, sin dejar de reconocer en ningún momento que al igual que los maños en el sitio de Zaragoza o los numantinos, al pueblo de Madrid se le debería reconocer una entereza y un mérito que la Historia, escrita siempre por los vencedores, le ha negado.

domingo 6 de abril de 2008

Patrimonio... ¿Nacional?

Hace unas horas he llegado de El Escorial, buscando un poco de oxígeno y el reencuentro con los muchos rincones irrepetibles que atesoran el Monasterio y su villa. Un café matinal en alguna de las tranquilas terrazas de los aledaños y tiempo para revisar con calma las baterías, memorias y demás aparamenta para perpetrar fotos.

Nos dirigimos a las taquillas y compruebo con desagrado que aquí también han prohibido – como en tantos lugares - las fotos sin flash. Por el artículo 33, o las compras en la tienda en formato postal, publicación o similar… o nada. Hasta hace bien poco podían hacerse tantas fotos sin flash como uno quisiese, y teniendo en cuenta que éste era uno de los objetivos del día…

Acto seguido, una taquillera de gesto torcido nos pide los 8 euros (precios populares, cultura para todos) de la entrada y nos pregunta si deseamos un guía o una audioguía para visitar el Panteón Real. Ni una cosa ni otra, son quince los años que llevo yendo al Monasterio y he visto el Panteón otras tantas veces: solo, acompañado, con guía, sin él, con un libro entre las manos... Pues que no, que no hay forma. Que sin pasar por caja no lo visitas, o alquilas una odiosa audioguía o no bajas.

Decido continuar la visita e intentar que no sea mi chica la que pague la terrible mala leche que amenaza con ponerme la sangre a punto de cocción y, al salir, pido poner una reclamación. Me atiende en primer lugar un guía que me anima a cursarla y, acto seguido, me explica que la decisión se ha tomado para inducir a la gente a que no baje al Panteón, debido a un supuesto deterioro de las escalinatas.

Acabáramos. No sirve restringir los días de acceso, o la duración de los mismos. Hay que sacar el garfio, reírse de los turistas y hacer caja. Sobre todo hacer caja, Se trata de un bien del Estado, no de un parque temático. Ya pagamos impuestos y entradas a precios ‘populares’ para que encima nos exijan, apostados en las esquinas, tal o cual peaje que suena a lo que es. Chantaje. Sí, chantaje para aquellos que disfrutamos con el Arte y la Historia, aquellos que acabamos siendo ‘clientes fidelizados’ –pues me temo que para esta gente no somos otra cosa-. Los mismos a los que nuestro primer instinto nos sugiere no poner un pie de nuevo nunca más allí y a la vez no concebimos la vida sin el disfrute del tesoro que supone ese patrimonio del que algunos se aprovechan para sacar tajada, extorsionar al visitante y alejar la cultura un poco más, si cabe, del corazón del ciudadano de a pie. Made in Spain.