Hubo un tiempo en el que servidor vivía con menos prisas y pasaba más despacio -que no necesariamente más tranquilo – por la vida. Uno de los premios con los que el azar suele premiar al caminante es el esporádico encuentro con algunos seres que nos reconcilian con nuestros semejantes.
Así sucedió cuando, grabadora en ristre –aún era ese veinteañero que abordaba sin pudor al paisano de turno – paseaba por Segovia con la intención de que alguien me explicase la leyenda del Corpus Christi. He de reconocer que caminaba con la grabadora en el bolsillo y nunca la mostraba, temiendo que se perdiese la frescura del contacto y que más de uno se sintiera cohibido ante el micrófono.
Llegando a Fernández Ladreda me topé con una monja de avanzada edad y, sin pensarlo, me detuve hasta que llegó a mi altura. Con delicadeza reclamé su atención y por un momento temí que me despachase con una evasiva o que directamente me ignorase. Pero eso fue hasta que sonrió. Una sonrisa franca, limpia... y una mirada que me tranquilizó lo suficiente para explicarle el motivo del ‘abordaje’.
Al ver cuál era el asunto y sin perder esa sonrisa que ya me había cautivado, comenzó su relato. Se acompañaba de gestos y adoptaba diversos registros de entonación, a la manera de los buenos contadores de historias. Siempre pensé que éstos lo son porque les gusta comunicar, porque disfrutan con lo que narran y con el interés de quiénes los escuchan.
Evidentemente, me aportó la versión que puede conocer – y creer a pies juntillas- una monja octogenaria. La forma consagrada que se eleva en los cielos, los pérfidos judíos… Suficiente para que algún espabilado de lo que hoy nos sobran tanto, la tachase de fundamentalista.
Pura dulzura, una vez terminado su sentido relato, se interesó por mí, por mi vida. Probablemente se preguntaba qué hacía un veinteañero de Madrid paseando a solas por Segovia un martes cualquiera, bloc de notas en ristre y mochila al hombro. Al comprobar que todavía vivía en casa de mis padres, que en ese momento no tenía novia, y que repartía mi tiempo entre el trabajo en una hamburguesería y las clases nocturnas de lo que entonces era COU, suspiró. Sus ojillos azules, vivaces… se abrían mientras entrelazaba los dedos de sus manos a la par que las sacudía, suavemente.
Probablemente pensó que todo estaba en orden, aunque yo eludí hablar de mi agnosticismo por respeto. Tras asegurar que el Señor había dispuesto ese encuentro, miró a un lado y a otro y dijo llamarse Sor Providencia, de nombre Teresa. Otra sonrisa y prosiguió para decirme que vivía con las Siervas de María. Daoíz 14, añadí. La sonrisa ya se había tornado una risilla adorable. Mientras se declaraba el estado de euforia en su gesto, pensé en lo hermoso de sus palabras. Si el Señor me había puesto en su camino, debía sentirme muy honrado por ello porque aquella mujer no podría imaginar 'auspiciador' más elevado que el Dios al que había consagrados sus días. Y en ese instante, si no antes, ya estaba compartiendo la felicidad de Sor providencia, de nombre Teresa. Ya ve el sufrido lector si hasta aquí ha llegado. El simple hecho de la comunicación espontánea entre dos desconocidos que ponen un poquito de su parte para conocerse o, por lo menos, escucharse. Una anciana monja católica y un veinteañero agnóstico y progresista.
Concluyó afirmando que rezaría por mí y para que el Señor me diese un trabajo que me gustase. Para ello aseguró que acudiría al Santuario de la Fuencisla a hacerlo. Quien conozca Segovia sabrá que hay un buen paseo desde Daoíz al Santuario. Por la cuesta de la Zorra es complicado bajar a esas edades, así que se impone un largo rodeo.
Agradecido, me despedí de ella con cierta pena por un lado y con una innegable sensación de paz por otro. Hoy conservo la grabación como un gran tesoro. Sigo experimentando las mismas sensaciones cada vez que reproduzco el viejo cassette y la dulce y encantadora voz de Teresa me recuerda que el pasear tranquilo, sólo por el hecho de hacerlo, tiene premio a veces.
Un estúpido pudor me impidió visitar el convento. Seguramente, Sor Providencia ya no viva – de esto hace casi 15 años- en el convento y se haya marchado a reunirse, ojalá y así sea, con su Dios. El caso es que ahora, cuando me cuesta seguir creyendo en el ser humano, intento recordar momentos como este. Y es que hay seres que están hechos de luz, sólo hay que caminar un poquito más despacio, pueden aparecer en cualquier momento…Curioso... Sor Providencia, ni más ni menos.
Gracias, Sor Providencia, de nombre Teresa…
