Esta es la historia de un anciano que poseía un anillo. Y no se trataba de uno cualquiera. Era de una aleación de metales que encerraban al secreto de hacer agradable a Dios a su portador. El venerable anciano tenía tres hijos y a todos ellos quería con igual devoción. Un atardecer, le prometió al mayor de ellos que heredería la joya a su muerte. Pero era tal el cariño que el anciano profesaba a cada uno de ellos que no pudo evitar prometérselo a los tres.Apesadumbrado, recurrió a los servicios de su amigo el orfebre. Éste, talló dos réplicas exactas del original y las colocó, en línea, frente al anciano padre, que mezclándolas en un taleguillo, fue repartiéndolas con discreción entre sus hijos.
Cuando falleció el patriarca, los tres herederos esgrimieron sus anillos como prueba de sus derechos. Pero al ver que eran exactamente iguales, no pudieron discernir cuál era el auténtico. De este modo, cada uno de ellos vivió el resto de sus días teniéndose por lícitos herederos del anillo auténtico y su legado. Pensad en ello cuando paseéis por el Toletum, Tulaytula o Toledoh - que es donde servidor escuchó esta leyenda, hace ya algunos años - y reposéis la vista en la Mezquita de Bab-al-Mardum, la Sinagoga de Samuel ha-Leví o San Juan de los Reyes.
La foto la perpetró servidor, mientras practicaba unos de sus vicios favoritos, que es pasear por allí.
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