En la entrada anterior hacíamos alusión al milagro del Corpus Christi. La verdad es que, a toro pasado, nos habíamos quedado con las ganas de explicar en qué consistió y cuáles fueron los protagonistas de esta historia.
Años después de mi encuentro con Sor Providencia, tuve la fortuna de conocer a Bonifacio Bartolomé. Boni es el archivero de la Catedral de Segovia y miembro de la Academia de San Quirce. Por motivos de trabajo, colaboramos en un proyecto relativo a la judería segoviana. Conversando con él en alguna de nuestras reuniones o de mis visitas al archivo, le escuché esta historia. De cualquier forma también está contada, con mucho mayor oficio del que posee servidor, en una estupenda Guía de la Judería que publicó hace unos años. Desde La Fortuna os recomendamos efusivamente su adquisición y posterior lectura.
La Iglesia del Corpus está ubicada junto a una de las antiguas siete puertas que tuvo la judería en el paso que da acceso hoy en día a la calle Sol y a la Judería Vieja. Fue sinagoga hasta después de los sucesos que explicaremos en esta entrada. La puesta en valor de la Judería ha traído cierta polémica respecto a la denominación del templo pues los católicos han protestad contra la denominación más corriente, es decir, ‘Sinagoga del Corpus’. Lo cierto es que o hablamos de la Iglesia del Corpus o bien de la Sinagoga Mayor. Pero algo parecido sucede en Toledo con la ‘Mezquita del Cristo de la Luz’, sin que haya polémica al respecto.
La crónica de estos sucesos data del siglo XV, concretamente del ‘Fortalitium Fidei’, escrita por el clérigo Alonso de Espina. En ella se cuenta como un grupo de judíos compran a un sacristán una Sagrada Forma con la idea de profanarla, hirviéndola, al amparo de los muros de su sinagoga. Hay una calle en Segovia, llamada del Mal Consejo –cerca de la parroquia de San Nicolás- en la que se dice que los sefardíes acordaron la compra de la forma con el sacristán.
Una vez llegados a la sinagoga, procedieron a intentar hervir la forma consagrada en un caldero. Lejos de consumirse, la hostia permaneció tal cual estaba e incluso se elevó en el aire, al tiempo que un rayo descargaba con virulencia sobre el templo. Este momento es el que se ve reflejado en el óleo que puede verse en el interior de la sinagoga, recientemente restaurado.
Asustados, los hebreos decidieron llevarle la hostia al prior del Monasterio de Santa Cruz, que los denunció al obispo de la ciudad. Éste informó de estas cuestiones a la reina madre Catalina de Lancaster –o de Lancastre como se la cita en las crónicas castellanas -, regente durante la infancia de Juan II, tras la muerte de Enrique III, llamado ‘El Doliente’. Poco tardaron los hebreos en sufrir los rigores de los interrogatorios y, por supuesto, en admitir sus culpas. Entre ellos estaba Meir Alguadex. A la sazón, fue el médico que atendió a Enrique III hasta su muerte y acabó confesando haber matado por envenenamiento al monarca. Se les aplicó el castigo de la época, fueron desmembrados y arrastrados por las calles de Segovia.
Pero no quedaron ahí las cosas. Parece que había más judíos implicados en el asunto, y éstos decidieron sobornar al maestresala del Obispo de Segovia. Descubiertos en su intento, fueron ejecutados el funcionario y varios habitantes más de la judería.
Según Bonifacio Bartolomé, el testimonio del fraile de Espina ofrece muchas dudas. Lo cierto es que estaban recientes las predicaciones de San Vicente Ferrer, antisemita por antonomasia. Y todas estas historias florecían a la par que se originaban altercados y represalias en contra de las aljamas judías. Podemos distinguir entre dos historias. Las fábulas de conversión, como la de María del Salto, sucedida en Segovia y reflejaba en un fresco de la catedral, o las de sacrilegios e incluso asesinatos como el que supuestamente ocurrió en Santo Domingo, también en Segovia. En este caso se trata del sacrificio de un niño en un ritual realmente sangriento y escabroso. Todas estas historias no hacían más que enaltecer a las parroquias y crear altercados en las juderías del reino. Todas ellas carecen del menor rigor histórico, ofrecen muchas dudas.
De esta historia de la hostia profanada y de sus consecuencias se deriva la fiesta de la Catorcena, típica de Segovia.
Saludos a Zorro de Segovia por incorporarse al grupúsculo de valientes que visita en alguna ocasión este rincón de saberes inútiles. Y un recuerdo especial para Boni, con quien tuve el honor de trabajar codo a codo en un bonito proyecto sobre la judería segoviana.

4 comentarios:
Sencillamente impresionante. Las pocas veces que puedo acercarme por aquí (con permiso de las dos mujeres de mi vida) siempre me llevo las alforjas llenas.
Un saludo.
No le hagan demasiado caso, amigos. Veinte años de amistad nos contemplan. Todas las visitas son bienvenidas a 'La Fortuna', pero hay algunas especialmente entrañables y esperadas. Bishooooo!
La verdad es que los judíos siempre son los grandes malvados de nuestra historia, en Toledo también alguna en la que pérfidos judíos no salen muy bien parados.
En fin, supongo que en todos los países habrá alguna comunidad que sirva de "cabeza de turco"
Pues la verdad es que sí. Entiendo que aquí en España eso puede obedecer a que no se opusieron a la invasión musulmana pues eran tratados de forma cruel por los visigodos. Además, políticamente interesaba poder desviar la atención del pueblo de cuando en cuando a progroms y actos antisemitas, que además eran un elemento más de autoafirmación político y/o social, además de religioso.
Publicar un comentario en la entrada