martes 25 de diciembre de 2007

Suero de Quiñones y el 'Paso Honroso'

Esta vez vamos a situarnos en esa época a la que Huizinga llamó ‘El otoño de la Edad Media’. Es la Baja Edad Media en Castilla. Poco a poco, se va esbozando un nuevo mundo (la Edad Moderna) a la par que se desvanece el viejo orden. Y con él las tradiciones caballerescas, cuando menos en sus más puras y tradicionales expresiones. Aunque es justo decir que las justas y torneos siempre han sido muy del gusto de la nobleza hispana, que prolongó en sus diversas variantes la costumbre varios siglos más

Parte de estas celebraciones fueron los llamados ‘pasos honrosos’. Éstos eran justas organizadas por caballeros que perseguían ganar el favor de sus damas, entendiendo que estas demostraciones de valor eran el camino más corto para conseguirlo. El mundo feudal había dado paso a los incipientes estados modernos, y el papel de la nobleza ya no era el mismo que ostentara siglos atrás.

En una sociedad que ya no respondía a los viejos cánones, las gestas de caballería estaban reservadas a los –en ese momento- escasos hechos de armas en la frontera granadina, y a estas demostraciones. Los ‘pasos’ se convirtieron, tanto en el reinado de Juan II – durante el que se produjo el episodio que nos ocupa- como en el de Enrique IV, en pasatiempo de la Corte.

Vamos a hablar del ‘Paso Honroso’ que mantuvo Suero de Quiñones en el Puente de Órbigo, de obligado paso para todos aquellos peregrinos que se dirigían a Santiago. Curiosamente, la figura de Don Suero y su hazaña experimentaron una súbita revitalización a finales de los ochenta gracias –cómo no- a la televisión. Recuerdo la voz grave de Camilo José Cela citando a Don Suero en el anuncio de una guía gastronómica.

Don Suero era parte de un linaje noble, hijo de Diego Fernández de Quiñones, Merino Mayor de Asturias. Solicitó permiso a Juan II para hacer un Paso Honroso ‘cerca de la puente de Órbigo, que es a seis leguas de la ciudad de Astorga, contando leguas francesas’. Suero de Quiñones se presentó con una argolla de acero que colgaba de su cuello todos los jueves del año, hasta que consiguiese los favores de su amada. Como testigos y padrinos del paso figuraron sus compañeros de armas (…) “e nueve compañeros fijos dalgo e de limpia sangre, con armas sin reproche, conviene saber(…). Diego de Bazán, Lope de Estúñiga, Álvaro Gómez, Sancho de Ravanal, Diego de Benavides, Lope de Allier, Luis de Almansa, Pedro de los Ríos y Gómez de Villacorta.

Los pasos contaban con toda una escenografía de estrados que precisaban del trabajo de los carpinteros locales que levantaban los estrados y los carteles y figuras que anunciaban el camino al paso en las encrucijadas cercanas.

Corría el año de 1434, a la sazón Año Jubileo; y como habíamos dicho, el puente era de obligado paso para todo aquel que se dirigiera a Santiago. Todo hombre de armas que cruzase el puente debería batirse, en caso contrario y como señal de cobardía, dejaría uno de sus guantes a la entrada del puente y cruzaría el río por las aguas. El paso se sostuvo en verano, entre el 10 de julio y el 9 de agosto, y la lucha sólo se detuvo el día 25, por ser la festividad del patrón Santiago Apóstol.

Según las crónicas, el día del inicio de los combates, los allí asistentes pudieron ser testigos de cómo: “Salió en un cavallo fuerte, con paramentos azules bordados de la devisa e fierro de su famosa empresa (...) Sus calças eran de grana, italianas, y una caperuça alta de grana, con espuelas de rodete italianas, ricas, doradas, en la mano una espada de armas desnuda dorada. Llevava en el braço derecho, cerca de los morzillos, su empresa de oro, ricamente obrada, tan ancha como dos dedos, con letras azules alrededor, que decían: Si a vos no plaçe tener mesura yo digo: sin ventura”.

Acudieron muchos caballeros, de las más diversas procedencias, al reto de luchar con Suero y sus compañeros. La condición era la de romper trescientas lanzas en buena lid. Así es que allí se presentaron unos caballeros catalanes protestando porque el Paso impedía el desarrollo normal de las peregrinaciones a Santiago, y se erigieron como los defensores de los peregrinos. Para ello, y en un alarde de suficiencia, se ofrecieron para romper las trescientas lanzas en una sola jornada. Lo cierto es que los combates fueron recrudeciéndose por momentos e incluso hubo alguno a muerte, en vez de a lanza partida. Fruto de esto encontró la muerte uno de los aventureros catalanes, Asbert de Claramunt. Suero le hundió su lanza en un ojo. Asbert no fue enterrado en suelo sagrado por orden del Obispo de Astorga. Los jueces consideraron cumplida la promesa a los treinta días, sin que se hubiese completado el número de lanzas rotas que exigían las normas.

Suero quedó libre del Paso y de la costumbre de portar la argolla en su cuello los jueves. Una cadena de oro que simboliza esta argolla puede verse en la Catedral de Santiago todavía.

Pero los duelos entre Suero y sus amigos con los caballeros catalanes se mantuvieron algunos años más. Hacía falta algo más que la resolución del juez de la contienda para dejar satisfecha la honra de ambos bandos. Pero eso ya es otra historia.

jueves 20 de diciembre de 2007

Un día de cólera

De cuando en cuando tenemos el gusto de citar a Don Arturo en estas páginas. Esta vez por la reciente publicación de su última novela, Un día de cólera. En realidad no se trata de una novela al uso porque más parece una crónica. Sí, una crónica como las que transmitía Don Arturo cuando se dio a conocer, en sus tiempos de corresponsal de guerra para prensa y televisión. De esto ya se advierte en las cubiertas del libro. Con los elementos básicos que pueden dar forma a una novela, se da voz a más de cuatrocientos personajes que fueron los auténticos protagonistas del 2 de mayo en Madrid.

Son todos casos reales y documentados (concienzuda labor de investigación la del autor), con nombres y apellidos. Esto es así porque cuando se decidió –una vez derrotados los franceses -, recompensar a los combatientes, se confeccionó un registro de los mismos, avalado por dos testigos presenciales de cada caso.

Hay que reconocer que el asunto ha sido siempre jugoso para el aprovechamiento político del mismo. Pero en este caso, Pérez-Reverte se distancia y da voz a los que realmente protagonizaron los hechos en los, iba a escribir, dos bandos.

Y es que ahí está la lucidez en el enfoque. Don Arturo rompe con esa versión simple y maniqueísta de aquí los buenos, aquí los malos. Entiéndase aquí lo que digo. Por ejemplo, utiliza a Leandro Fernández de Moratín para reflejar a una clase ilustrada que tenía un serio combate interior entre batirse como lo hacían los vecinos y la conveniencia de la invasión napoleónica para terminar, de una vez por todas, con la España de curas, aristócratas y militares. Sobre todo, porque la derrota de las tropas napoleónicas trajo consigo al abyecto Fernando VII y el “vivan las caenas”.

En la novela puede apreciarse como el pueblo busca constantemente a un cura, un aristócrata o a un militar que los guíe y no los encuentra. En cuanto a la Iglesia, es coherente a su vergonzosa y tradicional postura de apoyo y protección al más fuerte. Los militares de graduación se inhiben, y han se de ser dos capitanes, Daoíz y Velarde, y un teniente, Ruiz, los que asuman la defensa del Parque de Monteleón. Desde luego, fue una auténtica gesta mantener a raya al mejor ejército del mundo con un puñado de artilleros y voluntarios, algunos Guardias Walonas que se fugaron de sus cuarteles, y unos centenares de paisanos.. e incluso llegar a hacer prisioneros entre los franceses, hasta dos centenares. Como bien decía Reverte en una entrevista, Monteleón es El Álamo español. Pero no hay que confundirse, muchos de ellos no peleaban por Fernando VII y la Patria (aunque otros tantos estuviesen convencidos de que se jugaban la vida por estas razones). Uno de los ‘chisperos’ que aparecen en la novela –pues son las clases más bajas las que salen a la calle, cachicuerna en mano, a vérselas con los franceses- afirma que lo hace porque no le gusta ‘que le meen en la cara’. Genio y figura. Como los presos que solicitan permiso para salir a luchar empeñando su palabra jurando volver al fin de la jornada, casi sesenta, y de los que sólo deserta uno. El resto vuelve a sus celdas tras los combates según lo prometido.

Trepidante, magistralmente narrado, la acción obliga a seguir leyendo de tal forma que no es libro que sobreviva a una tarde tranquila, pese a contar con cuatrocientas páginas. Especialmente sobrecogedor es el relato del fin de la revuelta, las ejecuciones, los ajustes de cuentas y, cómo no, un español delatando a otro para que pase a engrosar las cuerdas de presos que circularon por Madrid el 3 de mayo de 1808.

La novela ha sido copleada con un estupendo plano que puede servir para ubicar en todo momento los escenarios principales del relato. En este caso y para quien esto escribe es un privilegio vivir en Madrid porque uno puede pasear por los lugares donde los madrileños, carentes de armas y un mando organizado, decidieron que el 2 de mayo fuera un día de cólera.

Dejaos llevar por la acción y pronto os veréis inmersos en la encrucijada. Podréis emocionaros con los relatos de valor suicida, de honor, de heroísmo… y también podréis maldecir el país en el que les toco vivir a estas gentes, las ‘caenas’ y todo lo demás…

En cualquier caso, hay que agradecer que Don Arturo haya decidido acercar a todos una jornada tan significativa con acierto y criterio, con objetividad. Un buen regalo para estas fechas, sin duda alguna.

martes 11 de diciembre de 2007

La brújula de los dioses

Cuando a uno se le plantea la posibilidad de hablar sobre catedrales góticas le invade la sensación que experimentaría quien quisiese regar el desierto con un vaso de agua. A las patentes limitaciones de quien esto escribe habría que sumar la dificultad que supone aglutinar de una manera clara, plena y concisa no sólo varios siglos de arte sino el complejo significado que poseen los múltiples símbolos de unas construcciones que, pese a lo que suele creerse, nada tienen de accesorio o superfluo en cada una de sus formas y volúmenes.

Pensé en esta entrada para el blog el pasado sábado, mientras contemplaba una catedral y me afanaba en que mi compañía no padeciese demasiado mis explicaciones.

Conviene saber que el término catedral procede a su vez del latino ‘cathedra’, exactamente hablamos de la ‘cathedra petri’, pues el primer templo netamente cristiano edificado en Roma guardaba la silla de piedra del primero de los papas, Pedro.

En este caso vamos a hablar de los pasos que se seguían a la hora de escoger el lugar donde se erigía un templo, así como los que llevaban a una orientación correcta del mismo.

Cuando visitéis cualquier catedral, tened siempre en cuenta que están orientadas al este. Esto no es capricho sino tradición simbólica. Curiosamente, al contrario que en el caso de los templos egipcios, en los góticos se transitaba desde la oscuridad hacia la luz, y no viceversa. Es por esto que el ábside se orienta al este, para que reciba la luz del amanecer. En su tránsito desde la imafronte o fachada de los pies hasta el ábside, se simboliza el incremento de la luz como la Revelación que ‘ilumina’ al fiel.

Dicho esto… ¿cómo orientaban los templos los viejos arquitectos medievales? Curiosamente como también lo hicieran los chinos, hindúes y el mismo Vitrubio, paradigma de arquitectos. Se nivelaba el suelo escogido y se clavaba una recia estaca en el centro del mismo. A la estaca se le ataba una soga y estirando la misma se trazaba una circunferencia que pasaba a hacer las veces de reloj de sol, debido a la sombra de la estaca. Se escogía una hora vespertina y su equivalente matinal y se marcaban ambos puntos con unos piquetes desde los que se dibujaban dos arcos, quedando una forma de pez y siendo al bisectriz de la misma el punto que marcaba el mediodía (es decir, el norte y el sur). De los puntos norte y sur se trazaban otros dos arcos que marcaban el oriente y el poniente.

Se trata de conseguir el cuadrado del templo (la materia) a través de la cruz que forman los ejes del cielo, es decir, conseguir que el templo esté en sintonía con la orientación divina. Como veis no se trata sólo de un asunto de orientación ‘terrenal’. El cubo que se obtiene a partir del cuadrado dibujado es una alegoría de la Jerusalén Celestial (el templo gótico es una representación de la misma), que descenderá del cielo en forma cúbica.

Quizá dediquemos otras entradas al templo gótico e intentemos raspar en la corteza de los saberes y mensajes que encierra.

La foto la perpetró servidor en Segovia la pasada primavera.

martes 4 de diciembre de 2007

El loco maravilloso

Cuentan que paseaban a caballo Felipe IV y el Conde-Duque de Olivares por la Villa y Corte cuando se toparon con un joven que, sentado sobre un murete mientras sostenía un libro con ambas manos, reía estrepitosamente mientras leía.

El rey se detuvo y aguardó a Olivares. llegado éste a su altura le dijo:

- Aquel estudiante, o es un loco o está leyendo el Quijote.

Dicho esto, siguió cabalgando. Movido por la curiosidad, Olivares quiso saber qué leía el joven. Y, efectivamente, estaba leyendo a Cervantes.