Esta vez vamos a situarnos en esa época a la que Huizinga llamó ‘El otoño de la Edad Media’. Es la Baja Edad Media en Castilla. Poco a poco, se va esbozando un nuevo mundo (la Edad Moderna) a la par que se desvanece el viejo orden. Y con él las tradiciones caballerescas, cuando menos en sus más puras y tradicionales expresiones. Aunque es justo decir que las justas y torneos siempre han sido muy del gusto de la nobleza hispana, que prolongó en sus diversas variantes la costumbre varios siglos más
Parte de estas celebraciones fueron los llamados ‘pasos honrosos’. Éstos eran justas organizadas por caballeros que perseguían ganar el favor de sus damas, entendiendo que estas demostraciones de valor eran el camino más corto para conseguirlo. El mundo feudal había dado paso a los incipientes estados modernos, y el papel de la nobleza ya no era el mismo que ostentara siglos atrás.
En una sociedad que ya no respondía a los viejos cánones, las gestas de caballería estaban reservadas a los –en ese momento- escasos hechos de armas en la frontera granadina, y a estas demostraciones. Los ‘pasos’ se convirtieron, tanto en el reinado de Juan II – durante el que se produjo el episodio que nos ocupa- como en el de Enrique IV, en pasatiempo de la Corte.
Vamos a hablar del ‘Paso Honroso’ que mantuvo Suero de Quiñones en el Puente de Órbigo, de obligado paso para todos aquellos peregrinos que se dirigían a Santiago. Curiosamente, la figura de Don Suero y su hazaña experimentaron una súbita revitalización a finales de los ochenta gracias –cómo no- a la televisión. Recuerdo la voz grave de Camilo José Cela citando a Don Suero en el anuncio de una guía gastronómica.
Don Suero era parte de un linaje noble, hijo de Diego Fernández de Quiñones, Merino Mayor de Asturias. Solicitó permiso a Juan II para hacer un Paso Honroso ‘cerca de la puente de Órbigo, que es a seis leguas de la ciudad de Astorga, contando leguas francesas’. Suero de Quiñones se presentó con una argolla de acero que colgaba de su cuello todos los jueves del año, hasta que consiguiese los favores de su amada. Como testigos y padrinos del paso figuraron sus compañeros de armas (…) “e nueve compañeros fijos dalgo e de limpia sangre, con armas sin reproche, conviene saber(…). Diego de Bazán, Lope de Estúñiga, Álvaro Gómez, Sancho de Ravanal, Diego de Benavides, Lope de Allier, Luis de Almansa, Pedro de los Ríos y Gómez de Villacorta.
Los pasos contaban con toda una escenografía de estrados que precisaban del trabajo de los carpinteros locales que levantaban los estrados y los carteles y figuras que anunciaban el camino al paso en las encrucijadas cercanas.
Corría el año de 1434, a la sazón Año Jubileo; y como habíamos dicho, el puente era de obligado paso para todo aquel que se dirigiera a Santiago. Todo hombre de armas que cruzase el puente debería batirse, en caso contrario y como señal de cobardía, dejaría uno de sus guantes a la entrada del puente y cruzaría el río por las aguas. El paso se sostuvo en verano, entre el 10 de julio y el 9 de agosto, y la lucha sólo se detuvo el día 25, por ser la festividad del patrón Santiago Apóstol.
Según las crónicas, el día del inicio de los combates, los allí asistentes pudieron ser testigos de cómo: “Salió en un cavallo fuerte, con paramentos azules bordados de la devisa e fierro de su famosa empresa (...) Sus calças eran de grana, italianas, y una caperuça alta de grana, con espuelas de rodete italianas, ricas, doradas, en la mano una espada de armas desnuda dorada. Llevava en el braço derecho, cerca de los morzillos, su empresa de oro, ricamente obrada, tan ancha como dos dedos, con letras azules alrededor, que decían: Si a vos no plaçe tener mesura yo digo: sin ventura”.
Acudieron muchos caballeros, de las más diversas procedencias, al reto de luchar con Suero y sus compañeros. La condición era la de romper trescientas lanzas en buena lid. Así es que allí se presentaron unos caballeros catalanes protestando porque el Paso impedía el desarrollo normal de las peregrinaciones a Santiago, y se erigieron como los defensores de los peregrinos. Para ello, y en un alarde de suficiencia, se ofrecieron para romper las trescientas lanzas en una sola jornada. Lo cierto es que los combates fueron recrudeciéndose por momentos e incluso hubo alguno a muerte, en vez de a lanza partida. Fruto de esto encontró la muerte uno de los aventureros catalanes, Asbert de Claramunt. Suero le hundió su lanza en un ojo. Asbert no fue enterrado en suelo sagrado por orden del Obispo de Astorga. Los jueces consideraron cumplida la promesa a los treinta días, sin que se hubiese completado el número de lanzas rotas que exigían las normas.
Suero quedó libre del Paso y de la costumbre de portar la argolla en su cuello los jueves. Una cadena de oro que simboliza esta argolla puede verse en la Catedral de Santiago todavía.
Pero los duelos entre Suero y sus amigos con los caballeros catalanes se mantuvieron algunos años más. Hacía falta algo más que la resolución del juez de la contienda para dejar satisfecha la honra de ambos bandos. Pero eso ya es otra historia.


