Ahora, y tras ese acercamiento al sufismo que hicimos la semana pasada, podemos concluir la trilogía dedicada a Blas de Lezo y a la batalla de Cartagena de Indias.
Habíamos dejado a Lord Vernon dirigiendo a su inmensa armada de 2.000 cañones rumbo a Cartagena de Indias, donde le aguardaba Blas de Lezo. Era el intento de desembarco más grande que habían conocido los siglos. Sólo el de Normandía lo superaría, centurias después. Cartagena estaba desprotegida, sobre todo si tenemos en cuenta su importancia geoestratégica. Las fuerzas con las que contaba Blas de Lezo para intentar frenar la ofensiva inglesa eran claramente insuficientes. Estaban formadas por poco más de dos mil soldados, unos centenares de auxiliares indígenas, mil piezas de artillería y sólo seis navíos de guerra. Conviene decir aquí que los ingleses, seguros de su victoria, habían mandado acuñar unas medallas conmemorativas de la victoria en las que aparecía Blas de Lezo, curiosamente con su brazo y su pierna enteros, arrodillado ante Vernon, haciéndole entrega de su sable. La leyenda de la medalla decía algo así como ‘el orgullo español rendido a Inglaterra’.
No era la primera vez que Lezo ponía en fuga a Vernon en sus aproximaciones a Cartagena, recurriendo como siempre a su agudo ingenio. Cadenas en el puerto, piezas de artillería sacadas de los navíos y colocadas en lados de la isla que Vernon creía desprotegidos… E incluso habían sostenido algún intercambio epistolar en el que Lezo llegó a llamarlo cobarde y a desafiarlo.
A la llegada de la flota inglesa, las primeras andanadas de los artilleros ingleses se dirigen a los castillos que protegían la bahía a fin de inutilizar su poder defensivo. Pasada esta fase, el fuego inglés, con artillería pesada ya desembarcada, se centra sobre la fortaleza de San Luis de Bocachica. Lezo dirigía personalmente a los seis navíos, que dispuso en línea bajo la fortaleza, para defenderla con su fuego. Como podéis imaginar, el cañoneo era incesante. Como diría Pérez-Reverte, se ‘repartió estopa’ con una cadencia de, según las crónicas, ’62 grandes disparos por hora’. Dos semanas duró el intercambio de cañonazos. Pero hubo que evacuar Bocachica, la situación se hacía muy difícil. Antes de evacuar, y para cubrir la retirada, Blas de Lezo encalló y prendió fuego a sus buques de guerra, que sirvieron de obstáculo para los ingleses, entre los que se empezaban a manifestar las primeras epidemias.
Los españoles se retiraron a la fortaleza de San Felipe y los ingleses consiguieron remolcar y apartar algunos de los buques incendiados y entrar en la bahía. Fue entonces cuando Vernon, mal aconsejado no se sabe bien si por la soberbia o la inocencia, mandó despachar un correo a Londres informando de la victoria.
Comienza el asedio de San Felipe, defendido por Blas de Lezo y el Coronel Des Naux, que había dirigido la numantina defensa de Bocachica. Sólo seiscientos españoles defendían el castillo. Vernon comenzó a considerar que había llegado la hora de tomar al asalto San Felipe y acabar con la batalla. Poco más de un mes después de las primeras hostilidades, Vernon inicia el aslto final con pesados equipos destinados a trepar las murallas de la fortaleza. Y aquí viene lo más esperpéntico de la historia. Vernon había calculado mal la longitud de las escalas, y todas eran cortas. Llegados a los pies de la fortaleza, se rebelaron inútiles para cumplir su propósito. Ni que decir tiene que los defensores aprovecharon e hicieron fuego a discreción y sin cuartel contra los pobres diablos que, confundidos y aterrados, intentaban salir del atolladero. En unos momentos, las bajas inglesas era ya de un número elevadísimo. Cientos de cadáveres sembraron durante esa jornada los alrededores de San Felipe. Lezo, yendo a por todas, ordenó a la guarnición salir a bayoneta calada en una carga que terminó de asustar a los ingleses, que huyeron dejando a heridos y pertrechos en el campo de batalla.
Vernon, presa de la cólera, contemplaba la retirada de sus tropas y cómo empezaban a extenderse las epidemias entre la marinería. Se limitó a bombardear la ciudad durante unas semanas más, antes de retirarse. Podéis imaginar a la Armada de Vernon, que había perdido 60 buques, con 6.000 muertos, parte de la artillería capturada y las tripulaciones enfermas, llegando a Inglaterra, donde llevaban semanas de fiesta celebrando la victoria y repartiendo ‘medallitas’ de recuerdo.
Como esto de la sorna va por barrios, las fiestas acabaron siendo en Madrid y en el resto de Europa, que consideró una auténtica humillación para las armas inglesas lo ocurrido en Cartagena. De alguna manera, Lezo retrasó el ocaso del dominio español del Atlántico casi un siglo, hasta Trafalgar.
Como ya hemos dicho en alguna ocasión, Jorge II de Inglaterra mandó silenciar en las crónicas inglesas el episodio más humillante del largo historial de enfrentamientos anglo-españoles en el mar. Y, los españoles, corteses como somos, nos decidimos a ayudarlo, contribuyendo a que el episodio se olvidase de tal manera que es casi seguro que la mayoría de los españoles ignoren el episodio y sigan pensando que la Armada Invencible lo era porque nosotros le pusimos el nombre, y que los únicos que perdimos una gran batalla naval fuimos nosotros en Trafalgar.
Otros habrá que lean esta líneas y tachen de carpetovetónico, trasnochado y tendencioso a este blog y a quien lo firma. Relájense los que así piensen y lean el encabezado principal del blog. Sólo es Historia. Tal cual fue. España, con sus luces y sus sombras, como las de cualquier hijo de su tiempo. Como lo fueron, por supuesto, las demás potencias. Faltaría más.