miércoles 28 de noviembre de 2007

Liar los bártulos...

En primer lugar, quisiera disculparme por haber tenido desatendida a ‘La Fortuna’ más de lo que suele ser habitual. Una racha demoledora de trabajo y una afección vírica, en este orden, son las causantes de ello. A la par que voy recobrando las energías, voy a intentar hacer lo propio con el pulso del blog. Así que, vamos allá.

Ayer, en la atestada consulta del médico, escuché que alguien ‘cogía los bártulos’ y se marchaba a casa. Recordé el origen de la expresión y pensé que sería interesante reproducirlo en el blog.

Dicho sea de paso, se admiten las dos variantes, tanto la de ‘coger’ como la de ‘liar’. En ambos casos el origen es medieval. Bártolo de Sasso-Ferrato fue uno de los más eminentes juristas de la Baja Edad Media. Italiano, como habréis deducido al leer su nombre, impartió clases en Pisa y en Peruggia, en el siglo XIV. Su relativamente corta vida – morir con 44 años en aquel entonces entraba dentro de la más absoluta normalidad- no fue óbice para que ya en vida fuese un continuo referente para muchos estudiantes europeos. Incluso durante los siglos posteriores a su muerte, no había estudiante de leyes que no conociese los trece volúmenes de su obra.

Los estudiantes españoles que estudiaron en Italia tomaban cuantos apuntes podían en las clases en las que se dictaban lecciones de Sasso-Ferrato. El volumen de pliego iría aumentando conforme al número de clases dictadas y esto hacía necesario atarlos con una cinta de cuero. Y como a estos apuntes se los conocía como los bártulos (de Bártolo), de ahí viene la expresión ‘liar los bártulos’.

Sin embargo, servidor pudo oír hace años otra versión en la que se contaba que los manuscritos de Bártolo de Sasso-Ferrato eran tan apreciados que pasaban de mano en mano, y eran constantemente reencuadernados. De tal forma que las tapas cada vez eran más voluminosas, llegando a convertir casa tomo en algo difícilmente transportable. Por tanto, ‘coger los bártulos’ suponía algo casi tan embarazoso como una mudanza.

Como véis, en cualquiera de los casos, el asunto equivale a mudarse o desplazarse.

jueves 15 de noviembre de 2007

Una noche toledana

Solemos utilizar esta expresión cuando hemos pasado una noche marcada por algún acontecimiento desagradable, como por ejemplo los mosquitos veraniegos o el inevitable ‘troll’ que nos coloca eso que llaman ‘reggaetón’, a un volumen lacerante, a altas horas de la mañana. Curiosamente, a los periodistas debemos que últimamente también se use en sentido contrario.

El caso es que la expresión se refiere a un hecho histórico acontecido en la entonces Tulaytulah, hoy Toledo, en tiempos del emir al-Hakam I. Podéis encontrar el suceso recogido en las crónicas con el título de la ‘Jornada del Foso’.

Estamos en la época del Emirato de Córdoba, independiente social y económicamente de Bagdag, pero religiosamente sometido a la autoridad moral del Califa. Esto resulta especialmente curioso en una sociedad como la islámica, regida por el máximo respeto al Califato que –en teoría- aunaba en sí mismo la autoridad religiosa y civil, como el mismo Corán, que modela los códigos de conducta en los asuntos mundanos a la par que los espirituales.

Sea como fuere, Tulaytulah era una ciudad orgullosa y pujante, quizá por haber sido capital antes de la invasión. Por esto es posible que no asumiese el papel de simple ciudad sometida al poder de Córdoba. Es curioso también observar como asoma el carácter levantisco de los toledanos desde tiempos muy tempranos a lo largo de nuestra historia.

Para atar en corto a sus súbditos toledanos, el Emir decide sustituir al gobernador por otro de su confianza. Era un muladí, o musulmán converso. Las crónicas dicen que de origen aragonés y lo llaman Amorroz, siendo su nombre en los relatos musulmanes Amrús Ben Yusuf. Nadie como un converso para conocer la idiosincrasia de una ciudad que había sido conquistada sólo un siglo antes y que conservaba un importante estrato de mozárabes y cristianos arabizados en sus calles. Ben Yusuf consideró que si eliminaba al partido de los muladíes más poderosos de la ciudad, a la par que daba un castigo ejemplar, cortaría en seco las aspiraciones de cualquier converso a independizarse del emirato cordobés. No era asunto sin importancia este porque Toledo tenía y tiene una excepcional posición estratégica, protegida por el ‘foso natural’ que forma el Tajo. De hecho, en el siglo X –poco antes de la entrada de Alfonso VI en la ciudad- el cronista musulmán Ibn Hawkal habla de ella como una de las ciudades más inaccesibles y mejor amuralladas de todo Al-Ándalus. De hecho, en la entrada de los cristianos hubo mucho más de hábil negociación que de hecho de armas propiamente dicho.

Recién llegado a la ciudad, Ben Yusuf consumó la destitución del gobernante que allí había, que gozaba del favor de los toledanos. Organizó una fiesta a la que acudieron los más poderosos de entre los muladíes de la ciudad. Los hizo entrar por un acceso en cuyo extremo acechaban los alfanjes de dos verdugos que iban decapitando a los comensales, cuyas cabezas caían a un foso cavado para la ocasión.

Hay crónicas que sitúan este hecho en el Alcázar, pero la tradición asegura que tuvo lugar en un palacio que se alzaba entonces en lo que hoy son los Jardines del Tránsito, frente a la sinagoga del mismo nombre. También esla tradición la que nos dice que el hijo del Emir, Abd-al-Rahman II, tuvo la visión de espada sangrienta de su padre hasta el fin de sus días.

domingo 4 de noviembre de 2007

El Rey Sabio y el cordón franciscano

Contaba Don Luis Carandell:


'Alfonso X el Sabio, además de poeta, era aficionado a la astronomía. Llamó a Toledo a los más experimentados científicos, fueran cristianos, judíos o musulmanes. De aquella conferencia surgieron las Tablas que se llamaron Alfonsíes y que sustituyeron a las de Ptolomeo. Se hizo famosa la frase del rey cuando comentando el orden de las esferas dijo:

—Si yo hubiese estado al lado de Dios cuando creó el universo, le habría dado algún valioso consejo.'

A esto podríamos añadir que cuando visitéis el Alcázar de Segovia, una vez pasada la Sala de los Reyes, iréis a parar a una recoleta sala antes de la Capilla Real. Es la Sala llamada del Cordón. Esto es así porque aparece una cuerda rematando el alicatado de los zócalos y esquinas. Se dice que representa un cordón de hábito franciscano como penitencia por la soberbia del Rey Sabio. Dice la leyenda que el rey tenía un observatorio astronómico dentro de una de las torres del Alcázar segoviano. Ni que decir tiene que la afición de Alfonso por la astronomía y otros saberes tenidos por heréticos, causaba profundo pesar en los círculos religiosos.

Se dice que un rayo descargó sobre la torre, resultando el rey Alfonso ileso después de la detonación. Los clérigos cercanos al rey lo persuadieron de que era una señal divina en castigo por su soberbia y por sus aficiones heréticas. En señal de arrepentimiento, el rey hizo ornamentar una sala del palacio con un cordón franciscano, en señal de humildad y arrepentimiento.

La foto la perpetró servidor este verano en el Alcázar. Como me he dado cuenta de que no tengo ninguna de la Sala del Cordón, ya tengo una excusa más -si es que hace falta- para volver al paraíso terrenal, a engrosar el archivo de despropósitos gráficos de mi siempre añorada Segovia. Allí nos vemos.

sábado 3 de noviembre de 2007

La Guerra de la Oreja de Jenkins (III y final)

Ahora, y tras ese acercamiento al sufismo que hicimos la semana pasada, podemos concluir la trilogía dedicada a Blas de Lezo y a la batalla de Cartagena de Indias.

Habíamos dejado a Lord Vernon dirigiendo a su inmensa armada de 2.000 cañones rumbo a Cartagena de Indias, donde le aguardaba Blas de Lezo. Era el intento de desembarco más grande que habían conocido los siglos. Sólo el de Normandía lo superaría, centurias después. Cartagena estaba desprotegida, sobre todo si tenemos en cuenta su importancia geoestratégica. Las fuerzas con las que contaba Blas de Lezo para intentar frenar la ofensiva inglesa eran claramente insuficientes. Estaban formadas por poco más de dos mil soldados, unos centenares de auxiliares indígenas, mil piezas de artillería y sólo seis navíos de guerra. Conviene decir aquí que los ingleses, seguros de su victoria, habían mandado acuñar unas medallas conmemorativas de la victoria en las que aparecía Blas de Lezo, curiosamente con su brazo y su pierna enteros, arrodillado ante Vernon, haciéndole entrega de su sable. La leyenda de la medalla decía algo así como ‘el orgullo español rendido a Inglaterra’.

No era la primera vez que Lezo ponía en fuga a Vernon en sus aproximaciones a Cartagena, recurriendo como siempre a su agudo ingenio. Cadenas en el puerto, piezas de artillería sacadas de los navíos y colocadas en lados de la isla que Vernon creía desprotegidos… E incluso habían sostenido algún intercambio epistolar en el que Lezo llegó a llamarlo cobarde y a desafiarlo.

A la llegada de la flota inglesa, las primeras andanadas de los artilleros ingleses se dirigen a los castillos que protegían la bahía a fin de inutilizar su poder defensivo. Pasada esta fase, el fuego inglés, con artillería pesada ya desembarcada, se centra sobre la fortaleza de San Luis de Bocachica. Lezo dirigía personalmente a los seis navíos, que dispuso en línea bajo la fortaleza, para defenderla con su fuego. Como podéis imaginar, el cañoneo era incesante. Como diría Pérez-Reverte, se ‘repartió estopa’ con una cadencia de, según las crónicas, ’62 grandes disparos por hora’. Dos semanas duró el intercambio de cañonazos. Pero hubo que evacuar Bocachica, la situación se hacía muy difícil. Antes de evacuar, y para cubrir la retirada, Blas de Lezo encalló y prendió fuego a sus buques de guerra, que sirvieron de obstáculo para los ingleses, entre los que se empezaban a manifestar las primeras epidemias.

Los españoles se retiraron a la fortaleza de San Felipe y los ingleses consiguieron remolcar y apartar algunos de los buques incendiados y entrar en la bahía. Fue entonces cuando Vernon, mal aconsejado no se sabe bien si por la soberbia o la inocencia, mandó despachar un correo a Londres informando de la victoria.

Comienza el asedio de San Felipe, defendido por Blas de Lezo y el Coronel Des Naux, que había dirigido la numantina defensa de Bocachica. Sólo seiscientos españoles defendían el castillo. Vernon comenzó a considerar que había llegado la hora de tomar al asalto San Felipe y acabar con la batalla. Poco más de un mes después de las primeras hostilidades, Vernon inicia el aslto final con pesados equipos destinados a trepar las murallas de la fortaleza. Y aquí viene lo más esperpéntico de la historia. Vernon había calculado mal la longitud de las escalas, y todas eran cortas. Llegados a los pies de la fortaleza, se rebelaron inútiles para cumplir su propósito. Ni que decir tiene que los defensores aprovecharon e hicieron fuego a discreción y sin cuartel contra los pobres diablos que, confundidos y aterrados, intentaban salir del atolladero. En unos momentos, las bajas inglesas era ya de un número elevadísimo. Cientos de cadáveres sembraron durante esa jornada los alrededores de San Felipe. Lezo, yendo a por todas, ordenó a la guarnición salir a bayoneta calada en una carga que terminó de asustar a los ingleses, que huyeron dejando a heridos y pertrechos en el campo de batalla.

Vernon, presa de la cólera, contemplaba la retirada de sus tropas y cómo empezaban a extenderse las epidemias entre la marinería. Se limitó a bombardear la ciudad durante unas semanas más, antes de retirarse. Podéis imaginar a la Armada de Vernon, que había perdido 60 buques, con 6.000 muertos, parte de la artillería capturada y las tripulaciones enfermas, llegando a Inglaterra, donde llevaban semanas de fiesta celebrando la victoria y repartiendo ‘medallitas’ de recuerdo.

Como esto de la sorna va por barrios, las fiestas acabaron siendo en Madrid y en el resto de Europa, que consideró una auténtica humillación para las armas inglesas lo ocurrido en Cartagena. De alguna manera, Lezo retrasó el ocaso del dominio español del Atlántico casi un siglo, hasta Trafalgar.

Como ya hemos dicho en alguna ocasión, Jorge II de Inglaterra mandó silenciar en las crónicas inglesas el episodio más humillante del largo historial de enfrentamientos anglo-españoles en el mar. Y, los españoles, corteses como somos, nos decidimos a ayudarlo, contribuyendo a que el episodio se olvidase de tal manera que es casi seguro que la mayoría de los españoles ignoren el episodio y sigan pensando que la Armada Invencible lo era porque nosotros le pusimos el nombre, y que los únicos que perdimos una gran batalla naval fuimos nosotros en Trafalgar.

Otros habrá que lean esta líneas y tachen de carpetovetónico, trasnochado y tendencioso a este blog y a quien lo firma. Relájense los que así piensen y lean el encabezado principal del blog. Sólo es Historia. Tal cual fue. España, con sus luces y sus sombras, como las de cualquier hijo de su tiempo. Como lo fueron, por supuesto, las demás potencias. Faltaría más.