domingo 28 de octubre de 2007

Arder, arder, arder...

Por segundo año consecutivo, quien esto escribe ha asistido al congreso sobre mística que organiza el CIEM (Centro Internacional de Estudios Místicos), en Ávila. El congreso de este año estaba dedicado a la mística como punto de encuentro interreligioso. Quizá debiese comenzar diciendo que servidor es agnóstico, puede venir bien a la hora de que tengáis en cuenta que no me une vínculo de proximidad alguno con las distintas confesiones que se dieron cita en el lugar.

Respecto al congreso en sí mismo, luces y sombras. Más que un verdadero encuentro entre distintas formas de entender la relación de lo humano con lo trascendente, a mí me terminó por parecer una invitación del cristianismo católico a otras confesiones. Por tanto, si una parte invita al resto y asume un papel preponderante - sólo a mi juicio- no termina de ser un encuentro como tal.

Varios de los ponentes no católicos, advirtieron del peligro de lo que llamaron el ‘inclusivismo’. Esto es, la postura occidental de ‘tolerancia’ para conocer al otro, siempre desde lo ‘políticamente correcto’. Pero a la vez, con cierto aire de superioridad con respecto a otros credos. Por otro lado, se utilizaron ponentes cristianos para explicar las relaciones del Budismo Zen o el Islam con la religión cristiana. Esto, siempre según mi parecer, le restó mucha fuerza al congreso.

Uno de los momentos más interesantes del mismo fue la intervención de Halil Bárcena. Ha sido esta experiencia la que me ha animado a introducir esta entrada en el blog. En un principio la tenía archivada dentro de ese grupo de cosas a las que asisto o participo que poco tienen que ver, aparentemente, con el sentido de este blog.

Pero después pensé que sí. La ponencia de Halil Bárcena versaba acerca del sufismo y si tenemos en cuenta que Ibn al Arabí, máxima figura del sufismo, nació en Murcia… y que el congreso de desarrolló en Ávila, la cosa me empezaba a cuadrar mejor. Y, además, me apetecía mucho compartir la experiencia de haber asistido a un ritual derviche sufí.

Unas breves notas que pude tomar en la conferencia pueden servir de sucinto bosquejo para aquellos valientes que hayáis llegado hasta aquí. El sufismo sólo fue conocido como tal a partir del s. XIX y es una denominación occidental. Es curioso ver como varios ponentes aducían a la ‘manía clasificadora’ occidental a la hora de crear no sólo conceptos como sufismo, sino otros como religión o mística.

El sufismo no es la única manifestación mística dentro del Islam. Tiene influencias del maniqueísmo y el zoroastrismo persas. En realidad, la ortodoxia islámica no sirve para interpretar el misticismo sufí, que no halla sus raíces en lo abrahámico, lo semita o lo puramente árabe. Con una sólida base en el Corán, el pensamiento sufí es algo así como ir más allá del propio Islam. Eso sí, ser sufí no significa ser un musulmán ‘depurado’ o especialmente devoto. Hay que saber que muchos sufíes han sufrido persecución y martirio dentro del mismo Islam, por parte de los sectores más intrascendentes.

Los derviches persas son los depositarios de un legado espiritual difícilmente clasificable desde el punto de vista occidental. Es un lenguaje simbólico, silente, que se complace en el equívoco y que tiene su máxima expresión en la danza, que simboliza la propia vida.

Eso sí, esto que estoy haciendo, es decir, transcribir la conferencia de Halil Bárcena, iría en contra del sentido sufí, pues los sufíes –como por ejemplo los taoístas- sostienen que recoger en palabras una creencia que sólo debe ser vivida, es una forma de desvirtuarla. Pero bueno, en la ‘Fortuna’ no somos sufíes y sí curiosos.

El pensamiento sufí –o quizá debiésemos decir el sentimiento sufí, si atendemos a lo anteriormente dicho- no se sitúa paralelo a ningún plano, ni en una posición superior. De hecho, el término ‘derviche’ significa “Hijo del Instante”. Prima la respiración, el aquí y el ahora, sobre todo lo demás. Cada acto, cada momento es único en sí mismo y el derviche intenta impregnarse del amor por cuanto existe y es.

El derviche no es un asceta, intenta vaciarse de todo, incluido su propio ego. Contempla como inútiles los actos mecánicos –propios de otros credos- que se hacen buscando la salvación y por miedo a un supuesto castigo. Me llamó especialmente la atención una afirmación de Bárcena en la que decía que a Dios no se lo encuentra buscándolo, pero que quien no lo busca no lo encontrará jamás. No aman a Dios por temor a ningún infierno, es un amor desinteresado cuyo único compromiso es con la verdad, sin perseguir la conversión o el sometimiento de nadie. No es folclore ni esnobismo, en palabras de Bárcena se trata de ‘ir a por todas’ en la consecución de la vida espiritual propia.

Al terminar el congreso, tuvimos la suerte de asistir a una ceremonia derviche. Como sabréis, los derviches bailan girando sobre sí mismos, como forma de expresar que el pie en el que se apoyan está firmemente anclado en el Corán y el que usan para impulsarse es el que busca, en un giro contrario a las agujas del reloj y girando, girando, girando… el encuentro con los tiempos primigenios. Se suele decir que alcanzan un éxtasis divino al hacerlo. Pero, como no es folclore sino rito, Bárcena nos advirtió que nadie iba a buscar ningún éxtasis, pues no era imprescindible ni era asunto sometido a la voluntad de quienes danzaban.

Como espectador, puedo aseguraros que es una experiencia impagable, única. En referencia al sentimiento de los que participan del rito, Halil Bárcena subtituló su conferencia como ‘Arder, arder, arder..’.

Espero que no haya causado demasiada extrañeza entre los pocos y fieles lectores de ‘La Fortuna’ las características de esta entrada. Espero que disfruten de esta pequeña excentricidad que es hablar, en estos días, de algo relacionado con mística o religión. En la siguiente entrada recuperamos el pulso habitual con la batalla de Cartagena de Indias, que se nos ha quedado coja la trilogía prometida sobre Blas de Lezo.

Para un mejor acercamiento al mundo de Ibn al Arabí y al sufismo, os recomiendo el disco del sello Pneuma, grabado por Eduardo Paniagua y Omar Metioui 'El intérprete de los deseos'.

Si se me permite, quisiera dedicar esta entrada a mi fiel amigo Jacob ben Koshbar, el 'plantígrado' más noble que pisa la tierra. Gracias por cumplir un año más y regalarme el honor y el orgullo de poder contarme entre los tuyos.

lunes 22 de octubre de 2007

Blas de Lezo

Bueno, Cebrián era – como servidor- un incondicional de Queen y Freddie Mercury. Así es que… the show must go on… Vaya en su memoria este pequeño despropósito.

Nos toca hablar de Blas de Lezo. Habíamos esbozado los prolegómenos de la ‘Guerra de la Oreja de Jenkins’, y nos faltaba situar en la historia al más importante de sus protagonistas.

Blas de Lezo nació en Pasajes, provincia de Guipúzcoa, en 1689. Con doce años, se alista como guardamarina en la armada francesa y participa en la batalla de Gibraltar contra los ingleses, en 1704. Curiosamente, fue la primera vez que se enfrentaría a Lord Vernon, que entonces no era sino un chiquillo como Blas. En esta ocasión, Blas estaba alistado en un barco francés dentro de una coalición hispano-francesa, que venció a otra escuadra anglo-holandesa, en un episodio trascendental de la Guerra de la Sucesión por el trono de España.

Blas era una persona valiente hasta la temeridad, y buena prueba de ello es que un cañonazo hizo que tuviesen que amputarle la pierna izquierda. Es famoso el hecho de que sufrió la amputación sin recibir ningún tipo de anestesia y sin proferir queja alguna. Esto le hizo ganarse el respeto de toda la marinería, y que su actitud en el combate llegase a oídos del mismo Felipe V. Éste intentó otorgarle un cargo, pero Blas se negó porque quería seguir prestando servicio en activo. Pese a todo, Felipe V le concede la ‘merced de hábito’, distinción sólo al alcance de unos pocos personajes escogidos. Es Luis XIV de Francia el que le concede el grado de alférez.

Sólo un año después de haber perdido su pierna en el Estrecho, Blas es enviado a socorrer Peñíscola, asediada por navíos ingleses. Entre ellos el Resolution, que es hundido por el barco de Blas, que apresa a otros dos. Sólo con dieciséis años, se le autoriza a entrar en su puerto natal arrastrando los dos navíos que había apresado. Fue ascendido a teniente de navío.

Su astucia le sirvió para cumplir con las misiones de abastecimiento que le fueron encomendadas, burlando los cercos ingleses para socorrer Barcelona. Por aquel entonces ya comenzaba a revelarse como un estratega consumado. En el sitio de Tolón, una esquirla de bala le alcanza en su ojo izquierdo, que perdió sin que nada pudiesen hacer por él.

Poco después, en 1712, al mando del navío Campanella, acude al asedio de Barcelona para apoyar a las tropas de Felipe V. Un balazo le sesga los tendones de su brazo derecho, dejándolo paralizado. Así, a los 23 años, Blas era cojo, manco y tuerto. Sus hombres le llamaban Medio Hombre o Pata Palo. Pero había mucho más de admiración que de mala fe a la hora de referirse a este joven marinero, respetado por todos.

Tras participar en la conquista de Mallorca recibe el encargo de vigilar los Mares del Sur, siendo los piratas y los corsarios que infestaban la zona su objetivo primordial. Sus constantes ataques suponían un auténtico quebradero de cabeza para las líneas comerciales marítimas y, habiendo demostrado valor, eficacia y pericia a partes iguales, Blas de Lezo parecía el hombre adecuado para solventar la situación.

Es ascendido de nuevo, esta vez a General de Marina, y regresa a Cádiz a sus 41 años. Es entonces cuando ocurre uno de los episodios más singulares de la vida de Blas de Lezo. Se le encomienda que ponga rumbo a Génova. La que en otro tiempo fuese gran aliada de Castilla en el Mediterráneo, adeudaba a la Corona Española dos millones de pesos, que los genoveses se negaban a pagar.

Con media docena de navíos de guerra irrumpió en el puerto de Génova y comunicó a los genoveses que si no hacían frente a la deuda, cañonearía la ciudad. La fama de Blas no pasó inadvertida entre los italianos, que rápidamente reúnen el dinero y se disponen a entregárselo a Blas. Pero éste no se da por satisfecho y exige que la ciudad rinda honores a la bandera española, como así se hace, sin queja alguna por parte genovesa.

En 1732, un año después, se le encarga el asedio de Orán. Guarida del pirata Bay Hassan, logró tomar la ciudad, aunque Hassan intentase reunir tropas para recuperarla. Blas se puso al frente de su escuadra y persiguió a la nave capitana del pirata Hassan hasta su mismo puerto, donde la destruyó. Los dos castillos que protegían la bahía fueron seriamente dañados por la artillería española.

Todos estos episodios, su inteligencia y su valor suicida, lo convirtieron en un personaje temido por ingleses, corsarios y piratas de toda procedencia.

Dos años después, en 1734, fue ascendido de nuevo por Felipe V para ocupar el cargo de Teniente General de la Armada y enviado a América para proteger Cartagena de Indias. Pero esa es otra historia… para el último post de la serie.

¿Cuántas películas no habríamos visto salir de la factoría de Hollywood si Blas de Lezo hubiese sido inglés?

domingo 21 de octubre de 2007

Gracias, Juan Antonio

Esta mañana me he enterado por un buen amigo de que ayer se nos fue Juan Antonio Cebrián. Como muchos sabéis, dirigía y presentaba el programa de radio 'La rosa de los vientos', en Onda Cero. Se emitía las madrugadas de sábados y domingos.

Yo comencé a escucharlo allá por el 2003 o 2004. Siempre me fascinó la fidelidad de la audiencia que, siguiendo los distintos formatos del programa y acomodándose a los cambios de horario, continuaba sintonizando con Cebrián y sus colaboradores.

He de reconocer que no soy ningún incondicional de Juan Antonio, pero quizá lo que más me gustaba era precisamente eso, escuchar cuestiones sobre las que uno discrepa - no siempre, desde luego-. Lo que sí puedo decir es que muchas, muchas horas trabajando frente al ordenador han tenido como única compañía las voces de Cebrián, Canales, Callejo, Bruno...

Se nos va, en mi opinión, un gran contador de historias. Alguien que consiguió, en plena era de la televisión a la carta, grandes hermanos y tomates, reunir en torno a la radio a miles de fieles seguidores de toda condición, edad y procedencia. Y, en el más difícil todavía, hablando de Historia, Ciencia, Ecología...

Hoy me he despertado triste. Mientras el país vive idiotizado con lo que sucederá dentro de unas horas con unos tipos multimillonarios que pilotan coches con unas ruedas que cuestan lo mismo que dar de comer a una ciudad centroamericana durante un año, se nos va casi de puntillas -esto es España- otro divulgador, de los que andamos tan escasos.

Gracias por los buenos momentos de radio, Juan Antonio. Te voy a echar de menos. Fuerza y honor, allá donde estés.

lunes 15 de octubre de 2007

Como la Luna y el Sol

Un breve inciso en medio de la prometida trilogía acerca de la ‘Guerra de la oreja de Jenkins’. Este fin de semana estuve en Toledo, una vez más. Al margen de la saturación y -por momentos- el agobio que se apoderaba de uno al intentar pasear por unas calles absolutamente abarrotadas de gente, en Toledo siempre hay tiempo y ocasión para descubrir un pequeño tesoro que llevarse en el recuerdo.

Quizá porque la jornada se presentaba difícil y requería un plus de paciencia para no caer en el desánimo y volver a casa antes de tiempo, me parece aún más afortunado el pequeño hallazgo que hizo – junto a la buena compañía de un grupo de amigos- que el viaje mereciese la pena.

Allí, entre el gentío, un ángel. Sí, nada debéis temer aquellos que me conocéis porque ni he visto más luz que la que ilumina mi escritorio, ni me he golpeado con viga alguna. Son muchos años yendo a pasear a Toledo y nunca había tenido la fortuna de escuchar a Ana Alcaide.

Fernando Arrabal dice que los arquitectos construyen ciudades y los ángeles construyen bosques. Ana Alcaide construye bosques, no os quepa ninguna duda.

Os recomiendo vivamente que la próxima ocasión en la que paseéis por Toledo, os dejéis caer por los aledaños de la Catedral, cerca de la calle del Hombre de Palo. Ya sabéis, uno siempre vuelve de Toledo con la sensación de haber descubierto un pequeño tesoro.

Para los interesados, aquí va el enlace a su página web. Allí os lo cuentan mucho mejor de lo que pueda hacerlo servidor.

sábado 13 de octubre de 2007

La guerra de la oreja de Jenkins

Esta es la entrada número cincuenta de ‘La Fortuna’. Dicho así, pocas son para celebrar nada, pero lo cierto es que cada una de las entradas de este blog es un pequeño esfuerzo de revisar notas de mi archivo y generar otras nuevas arañando tiempo de aquí y de allá, para intentar ofrecer un contenido grato y entretenido. Ojalá que así sea, y ojalá también que pronto me vea subiendo la entrada número cien de este pequeño rincón de saberes inútiles.

Se me ocurre celebrarlo con una serie de tres entradas acerca de la figura de Don Blas de Lezo y el sitio de Cartagena de Indias, en la actual Colombia. En el primero trazaremos los orígenes del conflicto, en el segundo hablaremos de la vida de Don Blas y, en el tercero y último, terminaremos contando cómo fue el asedio a la ciudad y la victoria que humilló a Jorge II de Inglaterra hasta el punto de que el episodio haya sido convenientemente silenciado durante siglos en Reino Unido e incomprensiblemente olvidado en España al mismo tiempo.

La Guerra de la Oreja de Jenkins. Bajo este curioso nombre se conoce el conflicto armado que mantuvieron Inglaterra y España entre los años 1739-1748. Se debe a que marineros españoles apresaron a un corsario inglés, de nombre Jenkins. Tras su captura, un capitán español –Julio León- le cortó la oreja como castigo, añadiendo que podía ir a ver a su rey y decirle que de atreverse el monarca inglés a volver a hacer lo mismo, correría idéntica suerte. Acto seguido, Inglaterra le declaró al guerra a España.

Lo cierto es que no hay guerra que pueda desencadenarse sin otro motivo de fondo con más peso que una simple riña corsaria, - una más de las que se producían habitualmente en el Atlántico-. Este motivo no es, ni más ni menos, que el control del Atlántico. Inglaterra ansiaba el control del océano para hostigar a las posesiones españolas en América y controlar las rutas comerciales y, si fuese posible, anexionarse posesiones que le hicieran más sencillo extender sus redes comerciales. El ambiente estaba muy tenso entre ambas potencias, no sólo por los recelos que despertaba en Inglaterra la alianza con Francia, sino porque los ‘asientos’ o derechos comerciales ingleses en América era fuente continua de conflictos, así como la política española con respecto a Norteamérica o las reclamaciones españolas con respecto a Gibraltar o Menorca.

En España reinaba Felipe V, que había regresado al trono tras haber abdicado en su hijo, Luis I, a la muerte de éste. La política exterior de Felipe era -como no podía ser de otra manera y como Borbón que era, favorable a la alianza con Francia-, lo que alineaba a nuestro país entre los enemigos potenciales de Inglaterra.

Los ingleses pretendían asestar un golpe definitivo al poderío español en América y para ello planearon sendos ataques, por el Pacífico y el Atlántico. Lord Vernon sería el encargado del asedio y conquista de la plaza española por donde circulaba el grueso de las flotas comerciales y aquellas que llenaban las arcas del reino con el oro y la plata de las ‘Indias’, esto es, Cartagena de Indias.

Los ingleses prepararon para ello el mayor despliegue naval conocido hasta –ni más ni menos- que el desembarco de Normandía. Duele pensar que los españoles vivamos el recuerdo de Trafalgar como una humillante derrota y no sepamos que fueron muchas las veces en las que los palos cayeron del lado contrario, y con mucho más estrépito. En este caso, la flota británica estaba compuesta de 186 buques de guerra y cerca de 25.000 hombres. La llamada Armada Invencible –que nunca recibió este nombre en España salvo en la imaginación de los ingleses, para resaltar la derrota española- contó con 137 barcos, cifra sensiblemente inferior.

Cartagena de Indias se hallaba escasamente defendida por 6 buques de guerra y una guarnición de 2.500 soldados, más unos centenares de tropas auxiliares aborígenes. Al mando de la plaza estaba Don Blas de Lezo. De su biografía haremos unos pequeños apuntes en la próxima entrada.

domingo 7 de octubre de 2007

Y la Villa se hizo Corte...

Después de unos días sin asomar por ‘La Fortuna’, retomo el firme propósito de mantener este rincón de saberes inútiles que es vuestra casa.

Hoy vamos a hablar de una cuestión sobre la que se ha escrito mucho y de la que poco o nada se sabe a ciencia cierta. Como sabéis, Madrid pasó a ser Corte en 1561, a instancias de Felipe II. Hasta la fecha, la Corte era itinerante, de tal forma que los antecesores del ‘Rey Prudente’ no conocieron residencia fija y fueron estableciendo sus cortes según los acontecimientos lo requiriesen.

De cualquier forma, antes de que Felipe se decantase por asentar la inmensa maquinaria burocrática que regía el Imperio en una ubicación concreta, era Toledo –por prestigio y significado simbólico –la urbe más importante como referencia. No hay que olvidar que era la Sede Primada – con este nombre se distingue a la más antigua de España-, con lo que eso suponía en un momento en el que el Arzobispado de Toledo era, tras la Corona, la institución más influyente en un Imperio que se enorgullecía de ser el paladín de la fe católica en Europa y el mundo.

Pero vayamos por partes. Es sabido que Carlos I, padre de Felipe, fue un Emperador viajero. No solía permanecer demasiado tiempo en una ubicación concreta, y gustaba de acudir con sus tropas a las zonas de conflicto. En realidad, podríamos decir que fue el último de nuestros reyes con un concepto ‘medieval’ de su mandato. El último de nuestros reyes guerreros. Y, sin embargo, hay teorías muy interesantes que le hacen el auténtico promotor de esa inmensa estructura burocrática que terminó siendo la Corte española y su gobierno.

Se sabe que Carlos padecía prognatismo – rasgo característico de los Austrias perfectamente visible en todos sus retratos-. Esto es, poseía una mandíbula inferior más desarrollada de lo normal. Esto provocaba un desajuste que se traducía en una cierta dificultad para pronunciar correctamente. Si a esto le unimos que el Emperador no sabía ni una palabra de castellano cuando fue coronado, se comprende que se aficionase de inmediato a extender pequeños ‘billetes’ en los que daba con frecuencia las instrucciones a sus subordinados.

Felipe no heredó al carácter guerrero de su padre pues nunca se puso al frente de las tropas, pero sí continuó la afición por registrar escrupulosamente todo cuanto pasaba por sus manos en negro sobre blanco. Trabajador metódico e infatigable, supo estar al frente de un protocolo burocrático que terminó por acabar con la salud de alguno de sus secretarios. Este dato es sumamente importante para el asunto que nos ocupa, como veremos más adelante.

El caso es que era costumbre borgoñona elegir una ciudad como residencia del príncipe. Carlos escogió Madrid, quizá porque durante una de sus estancias en la villa, y por petición de la Emperatriz Isabel a San Isidro – que no era santo entonces pero gozaba del fervor popular- curó de unas dolencias. Se entiende el aprecio que pudiesen tenerle tanto su esposa como el príncipe por una población que no era, ni mucho menos, el ‘poblacho manchego’ que muchos quieren ver. Testimonios de la presencia y donaciones de muchos monarcas a la villa podrían atestiguarlo, pero se nos escapa del objetivo de esta entrada.

Eso supuso una reforma del viejo Alcázar sobre el que hoy se asienta el Palacio Real, para adecuarlo a las exigencias de una residencia regia, así como la compra por parte del príncipe de los solares adyacentes, que hoy llegarían hasta la Casa de Campo.

Sea como fuere, en 1558, siendo ya rey, Felipe II recibió en audiencia al Duque de Feria, entonces embajador en Londres. A él le dice que era conveniente que la Compañía de Jesús fundase casa en Madrid, y se cree que el rey ya dejó ver que esta entonces villa, iba a adquirir una importancia que hacía necesaria la fundación de una casa jesuita.

De cualquier forma, si algo nos sorprende –ahora es cuando toma toda su importancia el carácter de burócrata recalcitrante del rey-, que no haya ni una sola anotación al respecto en los pormenorizados archivos de la época. Parece una decisión tomada por el mismo rey sin admitir la opinión de nadie ni suscitar debate alguno. Parece increíble que no haya rastro alguno del origen ni los motivos de una decisión que condicionaría la historia de España.

Claro está que si la capital se asentaba en Madrid, el rey escapaba de la órbita directa del Arzobispo de Toledo y su influencia. A esto habría que sumar la extraordinaria calidad de las aguas y la abundancia de caza por aquel entonces.

Si se quiere, Madrid siempre fue encrucijada de caminos desde la Hispania romana, y se situaba a media distancia de Sevilla y Barcelona, o lo que es lo mismo, de la España atlántica y la mediterránea.

Lo que sí que podríamos descartar, en mi humilde opinión, es que así pudiese supervisar las obras de El Escorial. Más que nada porque la decisión de dónde ubicar el Panteón Real sí que está documentada, concretamente en 1562. Es decir, un año después de la capitalidad de Madrid y cinco años después de la famosa entrevista del rey con el Duque de Feria.

En fin, no deja de ser un pequeño misterio de grandes repercusiones. Probablemente siga excitando la curiosidad de todos aquellos que siguen indagando al respecto, como también es posible que nunca lleguemos a conocer las causas reales de la decisión de Felipe II.

martes 2 de octubre de 2007

Planeta Castilla

En primer lugar, quisiera pedir disculpas por no haber subido material nuevo desde hace diez días. Lo cierto es que me hallo en otra vorágine laboral parecida a la que sufrí hace unos meses. Como lo de el 'fin de ruta' de la entrada anterior quedó algo ambigüo, y ya me ha preguntado algún lector de los que por aquí asoman pero no comentan, la 'Fortuna' sigue en pie, a pesar del estrés laboral de quien la firma.

Por otro lado, el compañero Rui, que se deja ver -muchas gracias- con frecuencia por aquí, ha tenido el detalle de invitarme a participar en Planeta Castilla. Agradezco enormemente sus palabras a la hora de presentar a la 'Fortuna'. Tanto que en vez de explicaros lo que es Planeta Castilla, os recomiendo vivamente que lo visitéis.

Gracias a todos, en breves días volveré con una buena tacada de contenidos que espero que os hagan pasar un buen rato.