domingo 23 de septiembre de 2007

Fin de la ruta. Santa María de Huerta

Vamos a poner punto y final a nuestra ruta por Guadalajara y Soria con broche de oro. Desconocemos si a la distinguida lectora que partió a Medinaceli le dio lugar a visitar esos pagos. Si no fuera así, ojalá encuentre ocasión para hacerlo en otra jornada. Desde aquí le animo a que lo haga, a ella y a cuantos tienen la gentileza de pasar de vez en cuando por ‘La Fortuna con seso’.

Salimos de Medinaceli abandonando la Mancomunidad del Duero-Jalón para incorporarnos a la A-2, sentido Zaragoza. Y tras pasar Arcos de Jalón y Montuenga de Soria encontramos el desvío a Santa María de Huerta. Nada más entrar al pueblo y entre una densa arboleda encontramos el acceso al monasterio cisterciense.

El Císter fue un movimiento religioso fundado en el siglo XI en Francia, concretamente por Roberto de Molesmes en Cîteaux, que era la antigua Cistercium romana. Pero no hay lugar a dudas de que el personaje que hizo multiplicarse el número de abadías e influencia de la Orden fue San Bernardo de Claraval. San Bernardo fue coetáneo del Abad Suger, principal auspiciador del desarrollo del arte gótico. El otro antagonista por excelencia de San Bernardo fue Pedro el Venerable.

Vamos a intentar explicar brevemente la naturaleza de la disputa por cuanto tiene que ver con la correcta comprensión acerca de las características del Monasterio de Huerta. Cuando San Bernardo impulsó el desarrollo del Císter, la Orden más importante de la cristiandad era la que formaban los monjes negros – por el color del hábito- benedictinos. Suger fue el principal impulsor de una corriente que intentaba reflejar la Gloria de Dios a través de la excelencia artística, en una especie de neoplatonismo en el que se afirmaba que los templos eran un reflejo de la idea de Dios y su grandeza. Esto lo concebían erigiendo esplendorosos edificios hechos de los materiales más nobles. Es Suger quien decide ‘elevar’ las antiguas criptas de las profundidades al lugar central de las catedrales y emplear toda clase de piedras preciosas para lograr una representación terrenal del mito de la ‘Jerusalén Celestial’. Teóricamente aducían que el clero no era rico ni acumulaba riqueza, porque todo iba destinado a la mayor gloria de Dios, y que el empleo de estos costosísimos materiales nada tenía de inmoral pues el valor de las gemas era adquirido en el momento en el que cumplían su función de adornar la liturgia, en un ámbito adecuado a la representación de la casa de Dios.

Seguidores, como los benedictinos, de las austeras reglas de Benito de Nursia, los cistercienses –los monjes blancos, por el color de su hábito- con Bernardo a la cabeza, despreciaban todo esto. No concebían adorno u oropel alguno que distrajese a los monjes de su función principal, que era la meditación, el trabajo y la oración. Por eso, la arquitectura del Císter es extremadamente sobria, carente de vidrieras de colores a la manera de Saint-Denis. Esta austeridad también tiene su reflejo en los cantorales y manuscritos, iluminados con austeridad extrema. Los monjes cistercienses se consideraban en una eterna cruzada contra las fuerzas malignas, y sus armas eran el trabajo, el estudio y la oración, es decir, el Ora et Labora.

De hecho, la liturgia venía a representar para ellos el combate. Monjes ‘guerreros’ que solían ser hermanos menores de familias en los que los primogénitos habían hecho la carrera de las armas. Este ardor ‘guerrero’ en la lucha contra el mal se reflejó en el impresionante canto lleno de rotundidad, fuerza y determinación al que dedicaban sus horas. Los esfuerzos que requería esta actividad libraba a estos monjes de ‘familia’ ilustre del trabajo puramente manual, que desempeñaban otros monjes de más humilde preferencia.

Pensamos que no está de más tener estos conceptos en cuenta antes de visitar el monasterio. Es una lástima que no podamos dedicarle más espacio a este asunto. Pero de los libros que servidor ha leído al respecto quisiera recomendaros uno de George Duby, ‘El nacimiento del gótico’. Imprescindible.

Llegados al Monasterio de Huerta, podemos apreciar que, lógicamente, no se ha conservado tal cual fue en su fundación, a mediados del s. XII. Ha sufrido constantes modificaciones a lo largo del tiempo. Los monjes cistercienses que aún forman la comunidad de puebla el monasterio reciben con un respeto y amabilidad exquisitas a los visitantes. A servidor le sorprendió que el ‘hermano portero’ lo apremiase a acudir a la proyección del ‘audiovisual’.

Caminé a paso ligero tras el monje, que me condujo a lo que fue, en los días de esplendor del monasterio, el scriptorium. Allí me topé con la silueta de un monje cubierto con su capucha en la penumbra, sentado en un murete. Acto seguido surgió una voz grave. Solemne y limpia. Servidor, que había previsto que el audiovisual fuese cualquier video proyectado en un pequeño televisor – como sucede en estos sitios a menudo -, comprendió que el monje era un maniquí – por un momento y antes de que hablase habría dicho que era real- con un altavoz incorporado que pasó a relatarnos la historia de la Orden y del monasterio mientras, en las bóvedas, se proyectaban imágenes alusivas. Y no quedó ahí la cosa, sino que a una indicación del hermano, nos hicimos a un lado y de lo que parecían espejos, surgieron perfectas reconstrucciones de la vida común de los monjes que en el Medievo poblaron el recinto. El audiovisual termina con un emotivo retrato del estado actual de los hermanos que forman la comunidad actual. Impresionado, le pregunto al monje de dónde ha salido el ingenio. Fue donación de la Junta de Castilla y León.

Con el buen sabor de boca tras ver el montaje – que no hay que perderse bajo ningún concepto-, me dirijo al refectorio. Es imposible no acordarse, paseando por el monasterio, de la excelsa novela de Umberto Eco ‘El nombre de la rosa’. Era el comedor de monjes donde éstos comían con frugalidad mientras escuchaban al hermano que, en medio de un profundo silencio, leía las Escrituras. Actualmente está vacío, y el púlpito desde el que se hacían estas lecturas adquiere –quizá por eso- un protagonismo absoluto. Aún yermo, el refectorio impresiona, y la imaginación se dispara a los tiempos en los que los monjes lo abarrotaron con el único sonido de fondo de la voz del hermano lector.

Inevitable es la visita a la cillería o bodega, que está ambientada tal cual podía serlo en el Medievo. La imagen que se le viene a uno a la cabeza es la cillería del hermano Remigio, en la espléndida película de Jean-Jacques Annaud basada en el libro de Eco. Así como la cocina, otro de los puntos de interés de la visita. Está en la llamada zona de conversos, en la que destaca el refectorio dedicado a los mismos, la zona más antigua de las conservadas.

El viejo claustro gótico queda bajo la reforma plateresca que, a mi humilde parecer, corrompe el espíritu tradicional del espacio. No por ello deja de ser un lugar de recogimiento y, al tiempo, un espacio articulador de la comunidad residente.

En la tienda del Monasterio de Huerta podemos encontrar algunas exquisiteces como la carne de membrillo y las mermeladas características del lugar. Aunque el mayor regalo que servidor se trajo a casa, además de la delicia del paseo por el monasterio y el soberbio audiovisual, fue la sensación de paz, el cariño de los hermanos que atienden el recinto y regalan a cuantos nos acercamos a él una buena dosis de humildad, sencillez y amor a los demás. Uno, que no es católico, no quiere dejar pasar que la joya no es sólo el monasterio sino cuantos lo habitan.

Os recomiendo vivamente la visita. Antaño tuve fotos –diapositivas, antes de pasarme al formato digital- pero desaparecieron en una accidentada mudanza con casi todo mi archivo. Por eso hoy tomo esta prestada de Wikipedia. Ni que decir tiene que el ‘problema’ quedará resuelto en breve pues me dispongo – cualquier excusa es buena- a volver en pocas fechas. Quizá nos veamos por allí.

miércoles 19 de septiembre de 2007

Medinaceli

A oídos de servidor ha llegado que uno de los escasos seres humanos que alguna vez asomaron por este rincón se dispone a visitar Medinaceli. Para honrar tan ilustre periplo, por su destino y por quien lo realiza, adelanto la publicación de la parte de Medinaceli a la espera de completarlo con Santa María de Huerta en breve. Allá vamos.

Saliendo de Sigüenza por la carretera de Alcolea del Pinar (CM-110), en un trayecto de apenas 40 minutos divisamos Medinaceli, encaramada en las alturas que presagian una de las vistas más espectaculares de la comarca, el valle del Jalón. Desde esta elevación, sus moradores escrutaban el horizonte en aquellos tiempos en los que la villa era frontera, tiempos de ‘moros y cristianos’ que hicieron de nuestro destino un enclave fundamental en las guerras en la Marca.

Pero las primeras referencias, como en tantas otras ocasiones, hay que buscarlas en época de la Hispania romana. Hay muchas opiniones y, por tanto, polémica a la hora de identificar a Medinaceli en los mapas romanos. De lo que no hay ninguna duda es de que posee un arco atípico en España. Y lo es, entre otras cosas, por ser el único de tres vanos que ha llegado hasta nosotros. Si tenemos en cuenta que Medinaceli está a una altitud más que respetable – unos mil doscientos metros-, y que nos topamos con él en la última curva del ascenso, si la intención era la de impresionar a los visitantes fue una decisión acertada. Suele fecharse su construcción entre los siglos I y III d.C.

La etimología o el origen del nombre de Medinaceli lleva provocando agrias disputas desde hace muchos años. Hay quien quiere ver en ella una extraña mezcla que sugiere 'la ciudad del cielo' -incluso en los versos de Gerardo Diego que decoran la plaza en forma de azulejo puede verse- y hay quien apuesta, los más últimamente, por un origen árabe pero al transformar el nombre de la antigua villa romana de Occilis.

Las excavaciones llevabas a cabo en el siglo pasado – el XX, que servidor tampoco termina de acostumbrarse -, sacaron a la luz diversas villas romanas con abundancia de mosaicos, sobre los que existe un museo en la villa.

Ya con el Islam, fue pieza fundamental de la llamada Marca o Frontera Media, desde la que los musulmanes podían hostigar a los reinos castellano y navarro replegándose después a esta guarnición casi inexpugnable por su privilegiada posición natural.

Sobre la antigua alcazaba se yergue en la actualidad cuanto queda del castillo cristiano, que hoy hace las veces de cementerio. Pero antes de la conquista cristiana hubo un personaje fundamental en esta historia, Almanzor o Al-Mansur (‘El victorioso’) quien encontró la muerte tras la batalla de Catalañazor, en 1002.

Rodrigo Díaz de Vivar fue señor de varias posesiones en la comarca como San Esteban de Gormaz o Berlanga, y Medinaceli aparece citada en el Cantar, por ser uno de los caballeros musulmanes a los que se enfrenta oriundo de allí. Sin embargo, y aunque cuando vemos el escudo de armas de Medinaceli aparezca un caballero, se supone que éste no es sino Alvar Fáñez Minaya, sobrino y lugarteniente de Don Rodrigo.

Medinaceli fue condado a partir del s. XIV, pues era posesión de descendientes directos del infante Don Fernando de la Cerda, que murió sin poder acceder al trono que ocupase Sancho IV. Los Reyes Católicos lo convirtieron en Ducado y los Medinaceli pasaron a ser una de las estirpes nobiliarias más importantes de España. Es conocido y contado en muchas crónicas el privilegio que ostentaban los Duques de Medinaceli de que nadie pudiese colocar nunca ningún blasón frente al suyo en edificio ni lugar alguno.

Son los Duques los que construyen la Colegiata que puede verse, en cuyo interior se venera al Cristo de Medinaceli. Y ya que el Pisuerga pasa por Valladolid, el Cancionero del Duque de Medinaceli es una de las selecciones de piezas musicales renacentistas claves en la historia de nuestra música. Recomiendo especialmente la versión de, cómo no, Jordi Savall. Tampoco hay que dejar de pasar por el Palacio Ducal, casa solariega de los Medinaceli.

Y, por cierto y muy curioso, en sus calles puede verse al antepasado árabe de nuestras neveras: el pozo. El pozo árabe, era, en época del Islam, una especie de bodega o aljibe situada en la parte más fría del pueblo. Allí se conservaba la nieve que enfriaba líquidos y alimentos.

Es sorprendente como Medinaceli ha ido adaptándose en los últimos años a los nuevos tiempos, asumiendo el turismo como parte fundamental de su progreso. Desde la primera visita que hice -allá por los primeros noventa - hasta hoy, la villa está incluida en al Mancomunidad de Turismo de Duero-Jalón, cuenta con el Museo del Mosaico y un Centro de Recepción de Visitantes, como tantos que proliferan hoy en día por las zonas más turísticas del interior. Allí podréis aprovisionaros de mapas, folletos e información útil e interesante.

Pero si un bien tiene Medinaceli es la autenticidad de su trazado medieval, sus antiguas puertas y su plaza, además de ser un magnífico balcón para dejarse embelesar por cuanto abarca la mirada.

Siguiente y última entrada: Sª Mª de Huerta.

domingo 16 de septiembre de 2007

Hoy toca ruta (II). Brihuega y Sigüenza

Bueno, tras dos semanas de locura laboral, retomamos esa ruta que dejamos inconclusa hace diez días. Teniendo en cuenta la poca frecuencia con la que servidor actualiza los contenidos de este rincón, poco tiempo es.

Brihuega. Llegué hasta allí por vez primera -hace ya algunos años- atraído por el hecho de que el cementerio era, según las guías, un lugar realmente curioso que bien valía la pena ver. Antes de pasar por macabro o necrófilo he de decir que la peculiaridad estaba en que el camposanto está dentro del recinto del antiguo castillo. Lo cierto es que la villa entera se estructuró en derredor o dentro de éste, según la época. Por ejemplo, las piedras con las que se edificó la plaza de toros fueron tomadas de las ruinas de la fortaleza.

El caso es que el sitio daba para bastante más. No destacaría ningún prodigio concreto, ningún lugar señero, porque la maravilla es el pueblo en sí mismo, en su enclave y su urbanismo. No en vano, desde tiempos de Alfonso VII, que la donó a la Iglesia, la villa ha recibido –sobre todo en el medievo- las visitas estivales de Reyes como Juan I o Fernando IV, el Emplazado.

Brihuega fue pieza codiciada en guerras como la de Sucesión, o la de la Independencia, pues fue parte del ámbito de actuación del famoso Juan Martín, ‘El Empecinado’. Puede rastrearse el impacto de todas estas batallas en cuanto miramos los restos de las murallas de la villa. De tal forma que un paseo por sus calles puede convertirse en una pequeña clase de historia. Porque, para servidor, Brihuega es un lugar de rincones que hay que ir disfrutando sin premura, sin aguardar grandes emociones. Si es que no lo es la dicha de pasear sin ruidos, contaminación y prisas.

Salimos de Brihuega retornando a la N-II, pues es más rápido deshacer lo andado desde el desvío que seguir por la otra alternativa, que es coger la CM-2005 hasta incorporarnos de nuevo a la N-II. Por un desvío de ésta, en dirección Mandayona, llegamos a Sigüenza.

Si sois aficionados a la fotografía, no podéis dejar pasar la ocasión para hacer un alto y fotografiar una vista de la villa en la que pueden apreciarse las torres de la catedral y el imponente castillo, hoy Parador Nacional. Las calles aledañas a la fortaleza conservan al trazado medieval y el conjunto es realmente hermoso.

La importancia de Sigüenza, su singularidad, es la de haber sido nudo de comunicaciones desde tiempos de la Hispania romana. Hay que saber que Sigüenza es lugar de paso entre valles de dos grandes ríos como son el Tajo y el Ebro. Por ello están documentados asentamientos desde tiempos inmemoriales. La misma etimología de Sigüenza nos habla de ‘la (ciudad) que domina el valle’.

Conquistada a los arévacos por Roma, formó parte de la calzada romana del Henares, siendo un punto estratégico desde el que dominarla. Esta función defensiva se extendió a la época de las marcas fronterizas, en el medievo, siendo tierra fronteriza y, por tanto, sujeta a los avatares de la guerra y de las algaradas y expediciones de castigo de musulmanes y cristianos.

Sigüenza fue reconquistada por Bernardo de Agen, el obispo, cuyo sepulcro puede verse en la catedral. Alfonso VII se la prometió en caso de que la conquistase. Esta era una costumbre habitual por parte de los reyes, buscando motivar a sus nobles para que se empleasen en la conquista de las plazas fronterizas. Por eso Bernardo fue el primer señor de Sigüenza.

Siempre gobernada por clérigos, de ahí recibe el sobrenombre de ‘La ciudad de los Obispos’. Hasta el futuro –entonces- Cardenal Cisneros formó parte del gobierno de la ciudad con el Cardenal Mendoza.

Lo cierto es que Sigüenza posee una de las plazas más bellas de cuantas he disfrutado en Castilla. No debéis buscar un gran espacio exquisitamente urbanizado. Encontraréis una plaza recoleta, con sus pórticos de medio punto. Sobrios pero hermosos, y en uno de sus laterales, la catedral. El conjunto es lo bastante sugerente como para que una sobremesa primaveral lo convierta en un lugar privilegiado para mimar a quien decida buscar cobijo entre sus muros.

La catedral. Guarda lo que, para servidor, es la joya de la escultura funeraria tardomedieval en Castilla, y eso que es un período brillante como pocos en este sentido. El Doncel, a quien dedicamos una visita en este blog, tanto a su sepultura, como a la casa que habitó en vida.

Consagró el solar de la catedral Bernardo de Agen, en el siglo XII, aunque para que tenga el aspecto con el que la vemos hoy en día hubo que esperar hasta el s. XVIII.

Podría aburrir a los valientes que hasta aquí hayan llegado enumerando el inventario de retablos, esculturas, etc. Pero el valor nunca debiera ser tan mal correspondido.

A cambio, vamos a aprender a situar los templos, este y cuantos visitemos. Todos están orientados al este, que es el lugar más luminoso pues por ahí amanece. De tal forma que las puertas de acceso quedan exactamente al oeste. Esto es así porque se busca un tránsito desde la oscuridad hacia la luz que aparece en todo su esplendor en los ábsides. Gradualmente y según va siendo partícipe de la revelación, el fiel va superando una serie de etapas que lo llevan al encuentro con la Luz, y Dios es Luz.

Ahora que lo pienso, puede que le dediquemos un par de entradas a este asunto a fin de que podamos entender algunos de los muchos aspectos que no se nos explican cuando entramos en un templo de estas características.

Sigüenza tiene un cierto aire decadente que nos lleva a otras épocas pasadas, hay una parte de la ciudad que parece haberse anclado, no en el Medievo, sino en los comienzos del siglo XX. Esto forma parte de su encanto.

Y si, una vez visitada la plaza, optamos por subir al encuentro del castillo, podremos pasear por los barrios que conservan un trazado medieval más puro. Normalmente se sube por la pronunciada cuesta de la calle Mayor, pero recomiendo que en el retorno, no renunciéis a un pequeño paseo sin rumbo- que son los que mejor sientan, cámara en ristre-, por las calles anejas al castillo.

Esta fortaleza convertida, con más o menos fortuna en Parador Nacional, ha sido protagonista de muchos avatares a lo largo de los siglos. Ya hemos hablado de la privilegiada posición estratégica de Sigüenza desde tiempos de la Hispania romana. No es de extrañar que en este altozano hubiese asentamientos militares de éstos, así como una alcazaba musulmana y, claro está, una fortaleza cristiana desde la toma de la ciudad a los musulmanes, en el siglo XII.

Este castillo fue prisión de Dª Blanca de Borbón, recién desposada por Pedro I de Castilla –el Cruel o el Justiciero, según quien lo cuente- y abandonada por el rey, que pasaba sus días junto a su amante, María de Padilla. La infeliz Blanca fue asesinada entre los muros de este castillo de un ballestazo, orden de Pedro, según cantan las crónicas.

Durante los revueltos días de los Infantes de Aragón – éstos también dan para una buena entrada en el blog-, fue lugar próximo a diversas contiendas. Pero si en una época conoció una calma que permitiese prosperar a la villa, fue bajo el reinado de los Reyes Católicos. Ya hemos dicho que por entonces estaba bajo la protección del Cardenal Mendoza, hombre de confianza de los reyes y a cuyo servicio estuvo el llamado Doncel, tan presente en estas y otras entradas de ‘La Fortuna con seso’.

Merece la pena disfrutar de un café en el Parador y, si el tiempo acompaña, hacerlo en la terraza del patio de armas. Desconsuela un poco ver como buena parte de las instalaciones están remodeladas a fin de alojar a los acólitos de la BBC (Bodas, Bautizos y Comuniones), pero de otra forma tampoco podríamos pasear hoy por otra cosa que no hubiese sido un montón de ruinas.

En fin, que uno deja Sigüenza con la seguridad de haber encontrado un lugar que vale la pena conservar entre aquellos que pueden ofrecernos buen puñado de buenas sensaciones y, con el precio al que están normalmente éstas, conviene anotar bien en la libreta cómo se llega a este rincón de la Alcarria en el que el tiempo se mide de forma manera.

La foto fue perpetrada por servidor, a la par que apuraba sus vacaciones el pasado agosto. Próxima jornada: Medinaceli y Santa María de Huerta.

miércoles 5 de septiembre de 2007

...pero, sobre todo, un gran rey

Es sabido el interés que despierta en servidor el reinado de Enrique IV. Algunas entradas del blog pueden dar fe de ello. De hecho, a mi manera de ver, es un personaje apasionante. Maltratado como no lo fueron otros reyes (cójase a la práctica totalidad de los Borbones); quizá esto se deba al asunto de la disfunción eréctil con el que pasó a la Historia. Gracias, a partes iguales, a la formidable máquina propagandística de los Reyes Católicos y a la pereza que tenemos los españoles para leer más allá de los titulares.

Este verano pude estar en varias tiendas de Patrimonio. En las estanterías de todas ellas había una reedición de la biografía de Enrique IV escrita por Luis Suárez y reeditada por Ariel. Yo compré este libro allá por 2001, y me apreció tan completo que me alegré de que volviese a ocupar un lugar en las estanterías del Palacio Real, por poner un caso.

Eso sí, la reedición llevaba una vitola en la sobrecubierta. No consigo recordar el texto tal cual, pero venía a decir algo así como... 'Impotente, vilipendiado, pero... sobre todo, un gran rey'.

Que nadie compre el libro pensando hallar un panegírico a favor de Enrique pues es una obra que lo trata con bastante objetividad. Con sus errores y aciertos, menos conocidos los segundos. Pero llama la atención la 'rehabilitación' del personaje. Confundir al futuro lector a base de estos 'truquillos' no dice demasiado en favor de la editorial, aunque esto traiga un aumento en las ventas para mayor gloria de un ejecutivo de medio pelo.

martes 4 de septiembre de 2007

El bálsamo de Fierabrás

Cuenta la leyenda que un gigante llamado Fierabrás saqueó Roma y que se llevó consigo dos ánforas en las que se contenían los aceites que usaron para embalsamar el cuerpo de Jesús. Terminó convirtiéndose al cristianismo y Carlomagno le cedió una parte de sus posesiones en España para que las gobernase en su nombre. Agradecido, el gigante devolvió el bálsamo curativo a la Ciudad Eterna.

Conocemos la existencia del bálsamo por el Quijote. En su lectura y, por qué no, gracias a la maravillosa serie de dibujos animados de Cruz-Delgado que nos clavó en los sofás en los primeros ochenta, después de las crónicas de Don Luis.

De vez en cuando la vida nos regala esas pequeñas cosas que, como bálsamo curativo, acuden en nuestro auxilio cuando las cosas no son como debieran o como parecen. Una de ellas es pasear por la Cuesta de Moyano.

Para los que no sois de Madrid, la cuesta de Moyano está muy cerca de Atocha, entre el Ministerio de Agricultura y el Jardín Botánico de Madrid. Es uno de los accesos al Parque del Buen Retiro.

Desde que comencé a exprimir el callejero matritense con los quince recién cumplidos - mochila en ristre, botas cómodas y las monedas justas para tabaco, café y autobús- la Cuesta de Moyano es un clásico. Mi bolsillo de estudiante se regocijaba cada vez que por diez duros se venía conmigo algún 'hallazgo' que pasaba a ocupar el rango de 'pequeño' tesoro en mi, entonces, incipiente biblioteca. Luego, con lo que sobrase, paseo hasta los Austrias y café en la Plaza de Ramales.

Años después, siempre hay lugar para la sorpresa en Moyano. Hace un par de días, sin ir más lejos. Entre un montón de libros estaba la pequeña joya que me traje a casa. Nadie se engañe, nada de encuadernación de lujo. Edición en rústica de formato económico: "Ollas, sartenes y fogones del Quijote". Recetas de una de mis cocinas favoritas, la cocina manchega. Migas, gachas, tiznao, duelos y quebrantos.. los platos que asomaban a la mesa de Don Alonso Quijano. Todo ello sazonado con un refrán cervantino a pie de cada una de las recetas. Cocina, Literatura e Historia. Y si ya te haces una mochila y te pasas por allí... hasta puedes perpetrar unas fotos. Es una buena receta para un bálsamo. Pero a quien le interese saber qué llevaba Fierabrás en las ánforas que tome nota:

Ingredientes:

1 litro de agua.
5 cucharadas de aceite de oliva.
Medio vaso de vino blanco
4 ramas de romero.
1 cucharada de sal.

Se calienta a fuego vivo un cazo con el litro de agua. Cuando rompa a hervir añadimos el romero, el aceite, el vino y la sal y lo dejamos cocinarse hora y media. Pasado este tiempo lo dejamos enfriar y lo ponemos en un frasco hermético.

Ojo, que no se bebe. Que es el bálsamo que Don Quijote aplicaba a sus heridas...


lunes 3 de septiembre de 2007

Hoy toca ruta (I)

En este rincón de la blogosfera siempre hemos gustado de colgarnos la mochila y, mapa en ristre, recorrer carreteras y estaciones de tren en busca de eso que nos devuelve nuestra condición de humanos. Aunque sea por unas horas.

Por eso, iba tocando proponer una ruta. No es mal momento para hacerlo pues llega septiembre y la temida vuelta al trabajo, las rutinas, las prisas y el temido ‘síndrome postvacacional’.

No poseo el bálsamo que cura esta dolencia que sacude a quien esto escribe con despiadada saña, al menos los primeros quince días del retorno. Pero sí puedo recomendar algo que suele paliar en cierta medida el trauma del regreso. Servidor planea sendas escapadas para los dos fines de semana siguientes el fin de las vacaciones. Poca cosa, pues el bolsillo no suele estar para grandes dispendios en septiembre. Pero estas cosas son las que ayudan a sobrevivir las primeras e interminables jornadas de trabajo.

Al lío. Hoy nos vamos de ruta por Guadalajara. Es un caso curioso pues la capital no deja de ser lo más parecido a una ciudad periférica de una gran capital. Pero la provincia no tiene desperdicio. Está cuajada de rincones curiosos, castillos, monasterios, parajes naturales…

Un apunte antes de empezar. Servidor parte de Madrid, que es donde vive. Por eso si en algún momento hablo de una carretera concreta o cuento con que esta ruta puede hacerse en una sola jornada, lo haré desde esta perspectiva. Para aquellos que vengáis de otras procedencias, basta con ubicar los puntos de referencia y componeros vuestro propio recorrido.

Tomando la N-II desde Madrid y a unos cuarenta minutos de trayecto vemos asomar, al final de un valle, la esbelta torre del homenaje del castillo de Torija. Si sois como yo, de los de parada y taza de café matutino, no hay mejor sitio para hacerlo. Y no es que el café sea más o menos rico que el que puede encontrarse en cualquier bar de carretera. El pretexto es aprovechar y pasear junto al castillo de los Mendoza, construido en el s. XV y que, por lo menos la última vez que yo estuve, se hallaba en fase de restauración. En el interior del recinto podemos visitar –ojo, que a la hora del café matinal está cerrado- el Museo dedicado a la obra de Cela ‘Viaje a la Alcarria’, donde se muestran objetos personales del escritor. Se introduce al visitante en la época en la que Don Camilo escribió su primer viaje a la Alcarria, a través de fotos y documentos de la época. Sobre todo, es importante no pensar que Torija es sólo castillo y plaza. Se recomienda un paseo por la antigua barbacana o la picota, por citar algunos rincones. Para los que no sepáis lo que es una picota, se trata del también llamado Rollo de Justicia. Se erigía en las poblaciones declaradas Villa por la Corona y a su abrigo se impartía justicia, de tal forma que era el escenario donde se llevaban a cabo las ejecuciones públicas. Es posible que ahora ya le encontréis un significado a aquello que se suele decir de ‘estar en la picota’.

Abandonamos Torija, pero en vez de volver a la N-II tomamos la Nacional 204 siguiendo la indicación que nos lleva a la siguiente parada: Brihuega.

Aquí hay varias posibilidades. Lo cierto es que el sitio da para pasar un buen rato a su abrigo, pero también depende del plan de ruta que llevemos preparado. De cualquier forma, siempre he pensado que es bueno contar con un itinerario marcado; pero aún lo es más dejarse llevar por la sorpresa o por las sensaciones que pueda suscitar un destino, incluyendo la época del año en la que se visite. Para ser honestos, en mi caso Brihuega siempre ha sido la hermosa antesala de Sigüenza, pero no le faltan atractivos que puedan convertirla en un buen lugar para detenerse y pasar las horas del mediodía y la sobremesa.

A las puertas de Brihuega continuaremos nuestro viaje en una próxima entrada. Brihuega, Sigüenza, Medinaceli y Santa Mª de Huerta, las próximas paradas del camino.