Vamos a poner punto y final a nuestra ruta por Guadalajara y Soria con broche de oro. Desconocemos si a la distinguida lectora que partió a Medinaceli le dio lugar a visitar esos pagos. Si no fuera así, ojalá encuentre ocasión para hacerlo en otra jornada. Desde aquí le animo a que lo haga, a ella y a cuantos tienen la gentileza de pasar de vez en cuando por ‘La Fortuna con seso’.
Salimos de Medinaceli abandonando la Mancomunidad del Duero-Jalón para incorporarnos a la A-2, sentido Zaragoza. Y tras pasar Arcos de Jalón y Montuenga de Soria encontramos el desvío a Santa María de Huerta. Nada más entrar al pueblo y entre una densa arboleda encontramos el acceso al monasterio cisterciense.
El Císter fue un movimiento religioso fundado en el siglo XI en Francia, concretamente por Roberto de Molesmes en Cîteaux, que era la antigua Cistercium romana. Pero no hay lugar a dudas de que el personaje que hizo multiplicarse el número de abadías e influencia de la Orden fue San Bernardo de Claraval. San Bernardo fue coetáneo del Abad Suger, principal auspiciador del desarrollo del arte gótico. El otro antagonista por excelencia de San Bernardo fue Pedro el Venerable.
Vamos a intentar explicar brevemente la naturaleza de la disputa por cuanto tiene que ver con la correcta comprensión acerca de las características del Monasterio de Huerta. Cuando San Bernardo impulsó el desarrollo del Císter, la Orden más importante de la cristiandad era la que formaban los monjes negros – por el color del hábito- benedictinos. Suger fue el principal impulsor de una corriente que intentaba reflejar la Gloria de Dios a través de la excelencia artística, en una especie de neoplatonismo en el que se afirmaba que los templos eran un reflejo de la idea de Dios y su grandeza. Esto lo concebían erigiendo esplendorosos edificios hechos de los materiales más nobles. Es Suger quien decide ‘elevar’ las antiguas criptas de las profundidades al lugar central de las catedrales y emplear toda clase de piedras preciosas para lograr una representación terrenal del mito de la ‘Jerusalén Celestial’. Teóricamente aducían que el clero no era rico ni acumulaba riqueza, porque todo iba destinado a la mayor gloria de Dios, y que el empleo de estos costosísimos materiales nada tenía de inmoral pues el valor de las gemas era adquirido en el momento en el que cumplían su función de adornar la liturgia, en un ámbito adecuado a la representación de la casa de Dios.
Seguidores, como los benedictinos, de las austeras reglas de Benito de Nursia, los cistercienses –los monjes blancos, por el color de su hábito- con Bernardo a la cabeza, despreciaban todo esto. No concebían adorno u oropel alguno que distrajese a los monjes de su función principal, que era la meditación, el trabajo y la oración. Por eso, la arquitectura del Císter es extremadamente sobria, carente de vidrieras de colores a la manera de Saint-Denis. Esta austeridad también tiene su reflejo en los cantorales y manuscritos, iluminados con austeridad extrema. Los monjes cistercienses se consideraban en una eterna cruzada contra las fuerzas malignas, y sus armas eran el trabajo, el estudio y la oración, es decir, el Ora et Labora.
De hecho, la liturgia venía a representar para ellos el combate. Monjes ‘guerreros’ que solían ser hermanos menores de familias en los que los primogénitos habían hecho la carrera de las armas. Este ardor ‘guerrero’ en la lucha contra el mal se reflejó en el impresionante canto lleno de rotundidad, fuerza y determinación al que dedicaban sus horas. Los esfuerzos que requería esta actividad libraba a estos monjes de ‘familia’ ilustre del trabajo puramente manual, que desempeñaban otros monjes de más humilde preferencia.
Pensamos que no está de más tener estos conceptos en cuenta antes de visitar el monasterio. Es una lástima que no podamos dedicarle más espacio a este asunto. Pero de los libros que servidor ha leído al respecto quisiera recomendaros uno de George Duby, ‘El nacimiento del gótico’. Imprescindible.
Llegados al Monasterio de Huerta, podemos apreciar que, lógicamente, no se ha conservado tal cual fue en su fundación, a mediados del s. XII. Ha sufrido constantes modificaciones a lo largo del tiempo. Los monjes cistercienses que aún forman la comunidad de puebla el monasterio reciben con un respeto y amabilidad exquisitas a los visitantes. A servidor le sorprendió que el ‘hermano portero’ lo apremiase a acudir a la proyección del ‘audiovisual’.
Caminé a paso ligero tras el monje, que me condujo a lo que fue, en los días de esplendor del monasterio, el scriptorium. Allí me topé con la silueta de un monje cubierto con su capucha en la penumbra, sentado en un murete. Acto seguido surgió una voz grave. Solemne y limpia. Servidor, que había previsto que el audiovisual fuese cualquier video proyectado en un pequeño televisor – como sucede en estos sitios a menudo -, comprendió que el monje era un maniquí – por un momento y antes de que hablase habría dicho que era real- con un altavoz incorporado que pasó a relatarnos la historia de la Orden y del monasterio mientras, en las bóvedas, se proyectaban imágenes alusivas. Y no quedó ahí la cosa, sino que a una indicación del hermano, nos hicimos a un lado y de lo que parecían espejos, surgieron perfectas reconstrucciones de la vida común de los monjes que en el Medievo poblaron el recinto. El audiovisual termina con un emotivo retrato del estado actual de los hermanos que forman la comunidad actual. Impresionado, le pregunto al monje de dónde ha salido el ingenio. Fue donación de la Junta de Castilla y León.
Con el buen sabor de boca tras ver el montaje – que no hay que perderse bajo ningún concepto-, me dirijo al refectorio. Es imposible no acordarse, paseando por el monasterio, de la excelsa novela de Umberto Eco ‘El nombre de la rosa’. Era el comedor de monjes donde éstos comían con frugalidad mientras escuchaban al hermano que, en medio de un profundo silencio, leía las Escrituras. Actualmente está vacío, y el púlpito desde el que se hacían estas lecturas adquiere –quizá por eso- un protagonismo absoluto. Aún yermo, el refectorio impresiona, y la imaginación se dispara a los tiempos en los que los monjes lo abarrotaron con el único sonido de fondo de la voz del hermano lector.
Inevitable es la visita a la cillería o bodega, que está ambientada tal cual podía serlo en el Medievo. La imagen que se le viene a uno a la cabeza es la cillería del hermano Remigio, en la espléndida película de Jean-Jacques Annaud basada en el libro de Eco. Así como la cocina, otro de los puntos de interés de la visita. Está en la llamada zona de conversos, en la que destaca el refectorio dedicado a los mismos, la zona más antigua de las conservadas.
El viejo claustro gótico queda bajo la reforma plateresca que, a mi humilde parecer, corrompe el espíritu tradicional del espacio. No por ello deja de ser un lugar de recogimiento y, al tiempo, un espacio articulador de la comunidad residente.
En la tienda del Monasterio de Huerta podemos encontrar algunas exquisiteces como la carne de membrillo y las mermeladas características del lugar. Aunque el mayor regalo que servidor se trajo a casa, además de la delicia del paseo por el monasterio y el soberbio audiovisual, fue la sensación de paz, el cariño de los hermanos que atienden el recinto y regalan a cuantos nos acercamos a él una buena dosis de humildad, sencillez y amor a los demás. Uno, que no es católico, no quiere dejar pasar que la joya no es sólo el monasterio sino cuantos lo habitan.
Os recomiendo vivamente la visita. Antaño tuve fotos –diapositivas, antes de pasarme al formato digital- pero desaparecieron en una accidentada mudanza con casi todo mi archivo. Por eso hoy tomo esta prestada de Wikipedia. Ni que decir tiene que el ‘problema’ quedará resuelto en breve pues me dispongo – cualquier excusa es buena- a volver en pocas fechas. Quizá nos veamos por allí.




