miércoles 29 de agosto de 2007

Tus amigos no te olvidan

Recuerdo con nostalgia aquellas sobremesas sabatinas de mi infancia, allá por los felices ochenta. Antes de la cita semanal con los dibujos animados de turno -pues los niños de entonces poco sabíamos acerca de ‘reality shows’ y demás basuras de esta especie- me sentaba junto a mi abuelo mientras terminaba el telediario. Hacia el final del mismo, la crónica parlamentaria. Allí aparecía un señor con aire de maestro de escuela, de verbo fluido y ameno que, anécdota en mano, iba introduciendo al espectador en las novedades que acontecían donde medran o dormitan aquellos que dicen representar las voluntades del pueblo.

Poco comprendía a esas alturas acerca de las idas y venidas de sus señorías, pero ya comenzaba a interesarme todo aquello que tuviese que ver con lo pasado, con lo que fue, con la Historia. Había algo en aquel señor que lo convertía en el protagonista de otra cita semanal, como la de los dibujos. Don Luis Carandell.

Hoy hace cinco años que se marchó quien, en palabras de uno de sus amigos, ‘fue tolerante hasta con el vicio que acabó con su vida’. Quizá baste decir para esbozar la inmensa humanidad de Carandell que, posiblemente, sea el único catalán que ejerció de madrileño sin que nadie, ni aquí ni allí, le hiciera reproche alguno por ello.

Entre mis más preciados tesoros conservo una edición dedicada del ‘Diccionario de la Españología’ al que ya hemos hecho alusión en alguna entrada anterior. De hecho, el puñado de seres humanos que de vez en cuando se asoma a este blog sabe que, en un ejercicio de alto riesgo, me declaré ferviente seguidor de la Españología y de los trabajos de Don Luis.

Carpetovetonismo, que según el diccionario viene a ser el chovinismo de los españoles. Ese ha sido siempre un adjetivo que se ha colado en cualquier conversación en la que se me ocurriese citar a Don Luis. En esa huída hacia adelante en la que nos hemos empeñado en pro de ser cada día más ‘cool’ y más estupendos, cada vez sabemos menos de quiénes somos y qué fuimos. La crónica pausada y entretenida, preguntarse por qué somos así y no de otra forma, la anécdota, la leyenda, ya no tienen hueco en un mundo en el que prima el sentido más negativo de la inmediatez. Acercarse a la gente. Hacer un viaje y comprender que el paisanaje forma parte de la realidad que vemos, que no es ‘atrezzo’ y que no es harina lo que puebla las sienes del paisano. Esto - que es cultura-, languidece lentamente a favor de una sociedad que en el fragor de la pose ha olvidado reírse de sí misma.

Don Luis se dedicó, por oficio, a hacer un periodismo que no tiene cabida en esa especie de ‘fast food’ en el que han terminado por convertirse los informativos, salpicados de publicidad y demás cosas inútiles. Corresponsales con un dudoso dominio del idioma, desplazados al epicentro de lo absurdo mientras el país se desvela por ver entrar en la cárcel al ‘Cachuli’ de turno. Carandell emitió sus crónicas desde lugares tan dispares como Israel, la antigua URSS o el mismo Japón. Pero si por algo será recordado siempre es por su habilidad para extraer el retrato de España a lo largo del tiempo, con sus luces y sombras, glorias y miserias.

El gran comunicador, el contador de historias de memoria infalible. Siempre había en su zurrón una anécdota oportuna, un delicioso chascarrillo… Baste citar ‘Celtiberia Show’, ‘Las habas contadas’, ‘Tus amigos no te olvidan’… para descubrir ese rincón poco frecuentado desde el que veía pasar la vida Don Luis. Ese recodo desde el que se ve la tramoya de la vida, que para mí viene a ser lo que los ‘modernos’ llamarían ‘backstage’ de la existencia oficial que nos venden los medios. Y cómo olvidarnos de libros como “Vida y Milagros de Monseñor Escrivá de Balaguer”, que encendió a la vieja curia episcopal que cargó sus tintas contra aquel que nunca se hubiese ganado un puesto en estos programas donde ahora medran estos que se dedican a este oficio llamado ‘polemista’, inventado para regocijo de algunos bolsillos.

El exabrupto, lo chabacano, la ira, la ofensa, no cabían en el zurrón de un caballero que dedicó su vida a contar las de otros desde su perspectiva, genial e irrepetible. El entrañable conversador, el curioso observador, el gran cronista. Y en la cúspide de la virtud, las más hermosas de todas, la sencillez y la humildad del que mucho sabe. Y cómo no, el afán por compartirlo.

Se autodefinía como experto en saberes inútiles, pero quizá poseía los más preciados: el respeto, la educación y el saber estar. Don Luis, ‘Tus amigos no te olvidan’.

P.D. Quisiera dedicar esta humilde entrada a la memoria de mi amigo Pepe Entío, también cronista en la Alcarria, que se nos fue hace unos días a algún lugar poblado de hombres justos donde quizá esté compartiendo un vaso de vino con Don Luis. Descansa en paz.

viernes 24 de agosto de 2007

Felipe el Hermoso y la jarra de agua

¿Cuántas veces, después de un partido de fútbol -de esos que se jugaban a vida o muerte en el descampado del barrio- no llegábamos a casa sudando a chorros e íbamos disparados a la nevera, a por el táper del agua fría? Y en no menos ocasiones, siempre había un mayor que nos decía aquello de:

-Despacito, niño, despacito, ¿tú no sabes que Felipe el Hermoso murió por beber agua helada después de jugar un partido de pelota?

Por lo menos en mi casa, no había adulto que dejara de recordármelo mientras vaciaba el contenido de la botella en un abrir y cerrar de ojos.

Cierto es que Felipe el Hermoso murió después de jugar un partido de pelota, y no menos cierto que lo último que hizo antes de caer en cama fue beber agua helada. Probablemente nieve, pues era lo que se usaba en un época en la que no se podía disponer de hielo para tales fines.

Eso sí, para consuelo de todos aquellos niños que de vez en cuando seguimos saltándonos la norma, a Felipe lo mató la peste. Padecía peste neumónica, que solía afectar a los pulmones, y no bubónica, llamada así por los bubones o protuberancias que sufrían en cuello y axilas los que la padecían. El joven Felipe fue una presa más de un brote de peste que se extendió en Europa desde un par de años antes de su muerte, ocurrida en septiembre de 1506.

Nos ahorramos los detalles del documento redactado por el médico Parra por escabrosos en cuanto a la sintomatología. El enfermo llegó a pensar, en el lecho, que agentes pagados por Fernando querían envenenarle. Y Juana, para convencerle de lo contrario, se dedicó a ingerir todos y cada uno de los medicamentos prescritos por los galenos, aun estando embarazada del futuro Carlos I. A los siete días falleció en su lecho. Afortunadamente, no se conoce caso en el que un vaso de agua, por fría que esté, haya provocado muerte alguna. Por eso algunos lo seguimos contando.

miércoles 22 de agosto de 2007

En casa de Don Martín

Aprovechando que esta vez el verano parece no querer castigarnos con la canícula africana que solemos padecer, bueno es buscar cobijo entre viejas piedras cargadas de historia como las de Sigüenza. La verdad, y como ha podido verse en este blog alguna vez, siento una especial predilección por La Alcarria y La Mancha.

Así que hace unos días tocaba darse una vuelta por Sigüenza, cámara en ristre. Bien es cierto que sin demasiadas esperanzas de hacer buenas fotos. En primer lugar por mis limitaciones como fotógrafo; después porque la luz del verano -salvo la de amanecida o atardecer- no se presta a demasiadas cosas que no sean fotos sobreexpuestas, y los cielos rasos quedan del tipo 'diapositiva setentera'.

Eso no es óbice para disfrutar la la ciudad de los obispos como se debe. Además de la catedral y de una de las plazas mayores con más encanto de cuantas he visto, el castillo-parador y demás, tocaba volver a la Casa de Don Martín Vázquez de Arce, conocido por estos pagos como 'el Doncel'.

La última vez que la visité estaba en obras, y en esta ocasión ya estaba abierta al público. Ha sido restaurada y convertida en una especie de Museo Municipal. Las excavaciones han sacado a la luz elementos de la casa original de los siglos XIV y XV como las arquerías mudéjares originales, pero en realidad el espacio está dedicado a recoger pequeños retazos de la hitoria seguntina. Cuadernos de escolares del franquismo, bandos municipales, periódicos de la época, libros de cuentas de antiguos negocios en la ciudad como su taberna, las papeletas y actas de las elecciones del 77...

Completa el recinto un restaurante en el que decidimos hacer parada para reponer fuerzas. Trato exquisito y cocina de autor de calidad. Platos imaginativos con ingredientes de la tierra y un servicio esmerado, con una educación de la que se echa en falta en muchos otros sitios de mayor postín. Por apenas 30 euros (servidor es bastante austero en estas cosas, pero un día es un día) se puede comer 'distinto', sin terminar con la sensación de que a uno le han tomado el pelo.

Así que, doble recomendación. Cultural y gastronómica, a partes iguales, para estómagos agradecidos y almas inquietas. Que aproveche.

martes 21 de agosto de 2007

No todo está perdido

Servidor desarrolla sus peores defectos -es decir, trabaja- cerca del Hotel Palace. A las horas en punto suena un carillón ante el que se detienen los turistas para llevarse la foto de rigor. Como ya llevo unos meses frecuentando el barrio, he podido aprenderme la secuencia de las melodías que reproduce el ingenio.

Hasta ahora, lo de siempre. Que si el brindis de La Traviata, que si el Coro de los Toreros de Carmen... y todo ese tipo de 'clásicos' que uno termina abominando por 'acoso y derribo' de los horteras, que haberlos haylos y muchos.

Pero... maravilla. A las diez de la mañana se les ha colado una pieza de Juan del Encina. 'Fata la parte', ahí es nada. Nada de Puccini, nada de Verdi, nada de Bizet... Música española y además renacentista. Anatema. Sacrilegio. Pues eso.

jueves 9 de agosto de 2007

El recibimiento

Tras el pronunciamiento del General Martínez-Campos se restauró la monarquía en España. Isabel II había sido obligada a dejar su trono tras la revolución conocida como 'La Gloriosa'. Corría el año de 1875 cuando, desde el exilio y tras la renuncia de Isabel II, legaba a España Alfonso XII. Cuentan que mientras hacía su entrada en Madrid, un hombre corría paralelo al carruaje gritando vivas al nuevo rey. Tanto empeño ponía en ello que el mismo rey dijo algo parecido a: "bien gritáis". A lo que el lugareño respondió:

-Si supiéseis lo que grité cuando echamos a su señora madre...

El rey sin cabeza


Antes de que -en otra demostración de la salud del sistema- se nos eche encima algún juez ocioso, conviene decir que el titular de esta entrada nada tiene que ver con el 'primero de los españoles'. Aunque en honor a la verdad, reyes con cabeza desde Carlos III... Así, a bote pronto...

En fin, la historia de hoy se remonta mucho antes, al tiempo de los llamados Austrias Menores. Concretamente al reinado de Felipe IV, el ministerio de Olivares y el lento e implacable apagarse de ese gigante viejo y enfermo de sí mismo que era el Imperio Español, que lo hubo pese a quien pese.

Pietro Tacca había esculpido una estatua ecuestre para el padre del rey Felipe, el Tercero. Es la que hoy pude verse en la Plaza Mayor de Madrid. La misma bajo cuyo caballo -y más concretamente bajo sus atributos- se quedaba en los felices ochenta, cuando era cosa común quedar en la Plaza Mayor. "Debajo de los cojones del caballo", decíamos. Espero que se me perdone la grosería pero ahora que cada vez es todo más frío, correcto y gris, paso frente a la estatua, no puedo evitar acordarme del dicho y de aquellos años.

El caso es que a Felipe se le antojó una estatua, ya no al trote como al de su padre, sino con el caballo a galope tendido. Se llamó a Tacca para que aceptase el encargo y a éste se le planteó una dificultad aparentemente insalvable. No había hasta la fecha estatua alguna con los cuartos delanteros levantados. Dice la leyenda que la solución al problema se la proporcionó nada menos que Galileo.

Superado el inconveniente y en un par de años, llegó a Madrid el molde de la estatua. Dicen que el rey llamó a Velázquez para conocer su opinión acerca de la obra. El pintor de cámara vino a decirle que era un magnífico retrato de caballo pero un mediocre retrato de rey. Desanimado, Felipe se fue haciendo a la idea de que se quedaba sin estatua, cuando Velázquez le sugirió una solución.

Le propuso la contratación del escultor Montañés, amigo de Velázquez. El rey preguntó si era artista joven pues nunca había oído hablar de él. Don Diego le dijo que era hombre de sesenta años y muchos de oficio. Fiándose de su palabra, el rey mandó llamar a Montañés y éste se puso manos a la obra realizando un molde policromado de la cabeza de Felipe. El caso es que hubo que decapitar la estatua para que se pudiese hacer el molde con las proporciones correctas. Así, la obra anduvo descabezada por los sótanos de palacio de forma que no tardaron, incluso los bufones del rey, en hacer mofa del asunto.

Terminado el molde y con la aprobación del rey y de Velázquez, se procedió a hacer el vaciado, enterrando la estatua en el Campo del Moro y vertiendo el metal líquido, habiendo de esperar un mes a que se enfriase convenientemente. Cuando se extrajo, acudió Montañés buril en mano para dejarla pulida y exenta de imperfecciones.

Una vez acabada, Montañés quiso regresar casi de inmediato a Sevilla, no sin antes saber que su amigo Velázquez le había dedicado un retrato en el que aparece trabajando en el molde de la cabeza de Felipe IV. Este retrato aún puede verse en el Museo del Prado.

Por eso a esta estatua se le llama también la de los cuatro genios, pues en ella, de una u otra forma intervinieron Velázquez, Tacca, Montañés y Galileo. Su ubicación original fue en el Retiro, llevándola Isabel II (personaje de infausto recuerdo al no vamos a otorgar enlace alguno) a su emplazamiento actual. La foto está hecha por servidor hace apenas una horas, por lo que el delito está reciente.

viernes 3 de agosto de 2007

Cosa de brujas

No sé muy bien por qué, pero hoy he recordado la visita que hice hace ya un par de años al Museo de Brujería -entonces recién inaugurado-, en la Calle Daoíz de Segovia. Esta calle es una de las que discurren desde la Plaza Mayor hasta el Álcázar. Forma parte del barrio conocido como "Las Canonjías". En esta parte de Segovia es anexa al Alcázar y a la antigua Catedral de Santa María, que se erigía antes de la Guerra de las Comunidades sobre el ahora jardín del Alcázar. De esta catedral se conserva el claustro, llevado pieza a pieza hasta la catedral "nueva", que es la que hoy puede contemplarse, comenzada hacia 1525 bajo el reinado de Carlos I. En este barrio vivían los clérigos de la ciudad y está considerado como el conjunto civil románico más importante de Europa. Para confirmarlo no hay más que fijarse en los portales de muchas de las hoy viviendas del barrio.

Y es en una de estas casas, construida en el XIV y según se dice refugio de criptojudíos, en la que se ha asentado esta muestra itinerante recogida por un italiano en la década de los 30 y 40. Pócimas, venenos, momias, pactos satánicos, instrumentos de tortura.... Suficiente, a primera vista, para hacer las delicias de los aficionados al esoterismo.

Claro que algo de la buena disposición inicial se marcha con los cuatro euros que cuesta la entrada. Oscuridad, luces indirectas y música ambiental reciben al visitante. Al llegar se puede contemplar el busto de un supuesto vampiro momificado, y ahí es cuando uno comienza a rascarse la coronilla y a oler a chamuscado. En realidad, la muestra no deja de ser una sucesión de experimentos de un taxidermista aficionado a transformar monos titíes en seres fantásticos. Tal y como decía un buen amigo, "pinto, corto y coloreo" hubiese sido un buen subtítulo para la exposición. Cadáveres de supuestas sirenas halladas en el mar (de aparente cera), pactos de sangre firmados por la mismísima cancillería de Satanás, toda suerte de consoladores cuyo uso se atribuye a brujas, el Osel -o forma fálica con patas que causaba furor entre las doncellas italianas que visitaban las eras para recoger flores (y perder alguna de paso)-, etc. En el sótano, una colección de instrumentos de tortura que se me antoja como lo único que vale la pena o al menos aparenta algo más de autenticidad. En fin, no todos los días puede visitar uno el interior de una casa de más de quinientos años en plena Canonjía. Pero, vamos, a no ser que seáis fervientes admiradores deMiguel Blanco, Jiménez del Oso, Javier Sierra y compañía, a unos metros tenéis la Casa Museo de Antonio Machado, sin fantasmas, que se sepa, y con un atractivo mucho más real y justificado.


miércoles 1 de agosto de 2007

Ávila de los caballeros

Después de que Alfonso VI tomase Toledo en 1086, la marca fronteriza se desplazó hacia el Sur, y esto hizo necesario repoblar aquellas zonas que ya se consideraban a una cierta distancia del frente y por tanto, posible marco de una incipiente estabilidad. Ávila encajaba perfectamente en este perfil, y es por ello por lo que Raimundo de Borgoña, casado con Urraca, hija de Alfonso, recibió el encargo de éste de supervisar la repoblación y desarrollo de la comarca. Para ello atrajo a gentes del norte de la Península, francos como lo era él mismo, judíos, mozárabes..., que se aprestaron a establecerse en estas tierras, ya pobladas en su día por vetones, romanos o visigodos.

La Iglesia como elemento articulador de la estructura social de la ciudad medieval. Se impone la necesidad de levantar un templo acorde a lo que se espera sea una próspera e importante ciudad que garantice la prosperidad de los territorios circundantes. No menos necesario es dotar a la ciudad de una sólida arquitectura defensiva. Y es por esto que, al ser un proceso simultáneo, muralla y catedral aparecen perfectamente integradas. De esta forma, la catedral pasa a ser conocida como catedral-alcázar. La mejor prueba de ello es el famoso Cimborrio. La muralla no hace sino rodear la girola de la catedral y adaptar su trazado a ésta. Durante siglos, poseer el control del Cimborrio supuso dominar el punto más fuerte de la ciudad.

Sobre un antiguo templo dedicado a San Salvador, en 1091 Raimundo de Borgoña acomete la remodelación del templo. Para encontrar la primera referencia documental del mismo habrá que esperar a 1130, bajo el reinado de Alfonso VII. Este rey está representado en la figura que aparece, en el escudo de la ciudad, sobre el Cimborrio. Muerto Raimundo de Borgoña, padre de Alfonso VII, Urraca, hija de Alfonso VI, contrae matrimonio con Alfonso I de Aragón, el Batallador. Los frecuentes desprecios del aragonés hacia Doña urraca provocan la separación de ambos.

Sin embargo, la ambición del Batallador, le hace albergar esperanzas de extender definitivamente su influencia en Castilla consiguiendo por las armas la custodia del pequeño Alfonso, el rey niño. Para ello pone sitio a la ciudad con sus tropas. Exige que se lo entreguen y obtiene la negativa de los caballeros abulenses, que se mantienen fieles a su rey. El rey de Aragón demanda que se le muestre al niño por ver que continúa vivo. A fin de poder acercarse a la muralla sin temor a ser atacado o alcanzado por algún proyectil, se pacta la entrega de sesenta infantes de la ciudad, a lo que los partidarios del rey niño acceden. Los rehenes salen de la ciudad por la puerta que a partir de entonces pasó a llamarse de la Malaventura. Una vez que el rey niño fue mostrado sobre el Cimborrio, el Batallador manda asesinar a los sesenta infantes, hirviéndolos vivos según reza la tradición. Es por ello que al cerro Hervero, lugar en el que asentó sus reales el rey aragonés, pasó a conocerse como de las “Hervencias”. En agradecimiento a esta fidelidad, Alfonso VI añadió al escudo de armas de la ciudad la leyenda “Ávila del Rey”, por la fidelidad demostrada por los caballeros del lugar.