Recuerdo con nostalgia aquellas sobremesas sabatinas de mi infancia, allá por los felices ochenta. Antes de la cita semanal con los dibujos animados de turno -pues los niños de entonces poco sabíamos acerca de ‘reality shows’ y demás basuras de esta especie- me sentaba junto a mi abuelo mientras terminaba el telediario. Hacia el final del mismo, la crónica parlamentaria. Allí aparecía un señor con aire de maestro de escuela, de verbo fluido y ameno que, anécdota en mano, iba introduciendo al espectador en las novedades que acontecían donde medran o dormitan aquellos que dicen representar las voluntades del pueblo.
Poco comprendía a esas alturas acerca de las idas y venidas de sus señorías, pero ya comenzaba a interesarme todo aquello que tuviese que ver con lo pasado, con lo que fue, con la Historia. Había algo en aquel señor que lo convertía en el protagonista de otra cita semanal, como la de los dibujos. Don Luis Carandell.
Hoy hace cinco años que se marchó quien, en palabras de uno de sus amigos, ‘fue tolerante hasta con el vicio que acabó con su vida’. Quizá baste decir para esbozar la inmensa humanidad de Carandell que, posiblemente, sea el único catalán que ejerció de madrileño sin que nadie, ni aquí ni allí, le hiciera reproche alguno por ello.
Entre mis más preciados tesoros conservo una edición dedicada del ‘Diccionario de la Españología’ al que ya hemos hecho alusión en alguna entrada anterior. De hecho, el puñado de seres humanos que de vez en cuando se asoma a este blog sabe que, en un ejercicio de alto riesgo, me declaré ferviente seguidor de la Españología y de los trabajos de Don Luis.
Carpetovetonismo, que según el diccionario viene a ser el chovinismo de los españoles. Ese ha sido siempre un adjetivo que se ha colado en cualquier conversación en la que se me ocurriese citar a Don Luis. En esa huída hacia adelante en la que nos hemos empeñado en pro de ser cada día más ‘cool’ y más estupendos, cada vez sabemos menos de quiénes somos y qué fuimos. La crónica pausada y entretenida, preguntarse por qué somos así y no de otra forma, la anécdota, la leyenda, ya no tienen hueco en un mundo en el que prima el sentido más negativo de la inmediatez. Acercarse a la gente. Hacer un viaje y comprender que el paisanaje forma parte de la realidad que vemos, que no es ‘atrezzo’ y que no es harina lo que puebla las sienes del paisano. Esto - que es cultura-, languidece lentamente a favor de una sociedad que en el fragor de la pose ha olvidado reírse de sí misma.
Don Luis se dedicó, por oficio, a hacer un periodismo que no tiene cabida en esa especie de ‘fast food’ en el que han terminado por convertirse los informativos, salpicados de publicidad y demás cosas inútiles. Corresponsales con un dudoso dominio del idioma, desplazados al epicentro de lo absurdo mientras el país se desvela por ver entrar en la cárcel al ‘Cachuli’ de turno. Carandell emitió sus crónicas desde lugares tan dispares como Israel, la antigua URSS o el mismo Japón. Pero si por algo será recordado siempre es por su habilidad para extraer el retrato de España a lo largo del tiempo, con sus luces y sombras, glorias y miserias.
El gran comunicador, el contador de historias de memoria infalible. Siempre había en su zurrón una anécdota oportuna, un delicioso chascarrillo… Baste citar ‘Celtiberia Show’, ‘Las habas contadas’, ‘Tus amigos no te olvidan’… para descubrir ese rincón poco frecuentado desde el que veía pasar la vida Don Luis. Ese recodo desde el que se ve la tramoya de la vida, que para mí viene a ser lo que los ‘modernos’ llamarían ‘backstage’ de la existencia oficial que nos venden los medios. Y cómo olvidarnos de libros como “Vida y Milagros de Monseñor Escrivá de Balaguer”, que encendió a la vieja curia episcopal que cargó sus tintas contra aquel que nunca se hubiese ganado un puesto en estos programas donde ahora medran estos que se dedican a este oficio llamado ‘polemista’, inventado para regocijo de algunos bolsillos.
El exabrupto, lo chabacano, la ira, la ofensa, no cabían en el zurrón de un caballero que dedicó su vida a contar las de otros desde su perspectiva, genial e irrepetible. El entrañable conversador, el curioso observador, el gran cronista. Y en la cúspide de la virtud, las más hermosas de todas, la sencillez y la humildad del que mucho sabe. Y cómo no, el afán por compartirlo.
Se autodefinía como experto en saberes inútiles, pero quizá poseía los más preciados: el respeto, la educación y el saber estar. Don Luis, ‘Tus amigos no te olvidan’.
P.D. Quisiera dedicar esta humilde entrada a la memoria de mi amigo Pepe Entío, también cronista en la Alcarria, que se nos fue hace unos días a algún lugar poblado de hombres justos donde quizá esté compartiendo un vaso de vino con Don Luis. Descansa en paz.





