lunes 23 de julio de 2007

Patinir, el 'buen pintor de paisajes'.

Por fin he podido ver la exposición que, desde el 3 de julio y hasta el mes de octubre, dedica el Museo del Prado a la pintura de Joachim Patinir.

Antes de nada, tengo que decir que es mejor entrar –siempre es mejor escoger este acceso – por Murillo en vez de Goya. En Goya hay unas colas que no se dan en la puerta de Murillo, que es la que está junto al Jardín Botánico. Si os decidís a visitar la exposición, os ahorraréis muchos minutos al sol accediendo por esta puerta.

Mucha gente. Quizá porque es domingo y el acceso al museo es gratuito, quizá por el turismo, por la proximidad de las vacaciones… de todo un poco. En un principio, ver El Prado así de lleno es motivo de satisfacción para cualquiera. Significa que todavía somos capaces de sustraernos por unas horas de Cachulis, Pantojas, triunfitos y caspa de diversas procedencias y hacer que cierto tipo de ocio llene nuestras horas. De ese que nos hace mejores personas.

Con ese ánimo entré en la exposición. Pero se tarda poco en volver a descubrir que el hecho de que un grupo de seres humanos decidan pasar una mañana dominical admirando pinturas flamencas no garantiza el no terminar frustrado por los malos modos y la falta de educación del personal. Codazos – como el que se llevó servidor en el estómago, obsequio de un espécimen de ‘troll’ perfumado con Channel y embalsamado por L’oreal-, empujones y pisotones varios. Los espacios expositivos son precisamente eso, espacios. Ordenados, concebidos por unos señores que estudian para ello y que intentan hacer más fácil y agradable la visita. Claro que para ello tienden a sobrestimarnos pensando que asumimos esa ley no escrita de circular por nuestra derecha, de no saltarnos la cola ni el orden cuando nos apetezca e irrumpir en el espacio que se presta a ocupar otro ser humano que lleva minutos de paciente espera para poder hacerlo. Que no sirve la ley del empujón y del ‘yo lo valgo’. Pues nada, eso sí, somos borregos ‘ilustrados’. Carentes de todo tipo de educación – de la que se aprende en casa- pero, eso sí, de lo más ‘in’.

Pero vamos a lo que cuenta, que no es sino Patinir. Está considerado como el precursor de la pintura de paisajes, que hasta la fecha sólo era un elemento más en la composición de los temas. Con alguna precisión, podríamos decir que Joachim Patinir fue el artífice de que el medio, la naturaleza, el paisaje en definitiva, pasase a ser un clásico dentro de la historia de la pintura. Durero, al que conoció personalmente y al que tomó como referente en algunos aspectos de su obra, lo definió como ‘el buen pintor de paisajes.

Quizá lo que más impresiona es la atmósfera de los cuadros. Usando para ello franjas de colores, Patinir logra una embaucadora sensación de profundidad. La línea del horizonte se sitúa en la parte superior de la composición, de tal forma que le resta mucho espacio para describir unas escenas basadas en unos temas que necesariamente deben transcurrir en parajes naturales. San Jerónimo, Caronte, la huída a Egipto… son buenos ejemplos de ello.

Así, en los cielos siempre hay una tormenta en ciernes en contraste con un cielo que se despeja. Quizá una alegoría de la dualidad de la vida, del bien y del mal, presente en su obra. El horizonte lo marca una franja blanca que sugiere la presencia de una luz crepuscular que parece sugerir que ésta se encuentra tras los confines de la tierra.

Las rocas. Tomadas de la región de origen del pintor. Son hiperrealistas, pero dispuestas en formas imposibles que les dan un dinamismo impropio. Es curioso que muchos pintores flamencos como Patinir o El Bosco, jamás saliesen de su patria y fuesen capaces, a la vez, de reinterpretar el paisaje para narrar mundos imposibles y fascinantes. Los tonos más cercanos al espectador son los colores marrones de la tierra.

Otro dato curioso es que de la casi treintena de obras que se conservan de Patinir, en todas haya habido intervenciones ajenas. En una sociedad que gustaba de coleccionar pintura y pagar bien por ello, se impuso la elaboración especializada. Mientras que Patinir era un especialista en paisajes, no duda en colaborar con otros maestros que lo son pintando figuras (por ejemplo en ‘Las tentaciones de San Antonio Abad’, que ilustran esta entrada). En realidad era un proceso de producción minucioso en el que cada cual asumía su especialidad. Incluso ‘Patinir’ era el sello de garantía de las obras que salían del taller, aunque muchas veces la intervención del maestro se redujese a decidir la composición y a supervisar el proceso añadiendo algún retoque final.

De lo que no cabe duda es de que fue un pintor reputado pues el mismo Felipe II atesoró las obras que hoy podemos admirar en el Museo del Prado como parte de esta exposición.

En fin, atmósferas fascinantes, composiciones brillantes y una paleta de colores irrepetible (esos azules…) hacen de Patinir una exposición a la que uno puede acudir con la certeza de terminar sintiendo que se ha hecho un hallazgo digno de ser recordado. Y es gratis.



sábado 21 de julio de 2007

Cabo Trafalgar

Mucho se ha escrito acerca de la escasa afición que tenemos los españoles acerca de nuestra propia historia. Lo cierto es que es un fenómeno que, según se mire, puede encontrar su razón de ser en motivos tan sencillos como a la vez complejos.

Si los momentos brillantes -que los hubo- no merecen la atención del español medio, aquellos trágicos o desafortunados forman parte de un legado que malvive, apolillado, en el desván de la memoria colectiva.

Hace casi dos años se cumplieron doscientos del episodio de Trafalgar. Fue un punto de inflexión a partir del cual España perdió la supremacía naval en el Mediterráneo y abandonó el grupo de superpotencias, en el que quedaron frente a frente ingleses y franceses.

Manuel Godoy, ministro de Carlos IV, intentó caminar sobre el alambre consiguiendo algo en lo que siempre se fracasa, quedar bien con todos. Al final no tuvo más remedio que plegarse a los deseos de Bonaparte y entrar en guerra con los ingleses tras firmar un pacto de alianza en unas condiciones claramente onerosas para los españoles. En aquel entonces, España aún contaba con una formidable Armada. Los buques construidos en Cuba eran los mejores del momento y el Santísima Trinidad - buque insignia y el más grande de la época - causaba admiración y respeto en toda Europa. Por tanto, todavía podíamos disputarle a los ingleses el dominio del mar, pero nuestro ejército de tierra no estaba en condiciones de plantar cara a los franceses, quizá también por esto Godoy decidiese postrarse ante Napoleón.

El problema de los barcos de la Armada fue que no había personal para mantenerlos ni tripularlos debidamente. En esos momentos contábamos con una excepcional generación de navegantes, militares a la vez que científicos. El mismo Churruca, muerto en la batalla al mando del 'San Juan Nepomuceno', recibió el reconocimiento de Napoleón años antes de la batalla. Eran hombres ilustrados en la guerra y en el conocimiento científico, herederos de los grandes navegantes españoles de siempre.

El problema estaba en la política de nombramientos en el alto mando. Recomendaciones, 'grandeza' de estirpe y favores pesaban más que cualquier mérito contraído en combate. Y si a esto le sumamos que era de dominio popular que la Armada española pagaba tarde, si lo hacía, y que de las pensiones era mejor olvidarse, costaba encontrar tripulaciones mínimamente cualificadas. Como muy bien cuenta Pérez-Reverte en su novela, que a fin de cuentas es a la que va dedicada esta entrada, se recurría a las levas obligatorias en hospitales y tabernas. A punta de bayoneta, cientos de individuos ajenos a todo aquello se vieron jugándose el tipo en Trafalgar. Y no les quedó más remedio que pelear con todo el valor del que fueron capaces, que no fue poco si leemos las crónicas y lo que en ellas se cita de la opinión de los militares ingleses y del mismo Napoleón.

El Emperador pensaba invadir Inglaterra y para ello trazó un plan que guardaba sus semejanzas con el que no pudo llevar a cabo Felipe II. Una maniobra disuasoria distraería a los barcos ingleses mientras el grueso de la flota pondría rumbo al Canal de La Mancha desde donde embarcarían las tropas que invadirían la isla. Sólo la megalomanía y la estupidez de Villeneuve dieron al traste con el plan. Decidió replegarse a Cádiz. Los capitanes españoles (Gravina, Churruca…) sugirieron esperar a los ingleses cerca de Cádiz, por prudencia. Lo cierto es que los franceses despreciaban a los españoles, y éstos a su vez desconfiaban de que el mediocre Villeneuve tuviese pericia alguna para desempeñar la misión encomendada.

Volvamos a las tripulaciones. Engañados por su rey y su gobierno, todavía tuvieron el coraje de dejarse la vida pensando no sólo en salvar su pellejo, sino en que lo hacían por España. Llámese desesperación o como se quiera, pero sólo es un caso más de los muchos que por aquí se han visto. Gentes abandonadas por sus gobernantes de forma infame que son capaces de jugarse el tipo por una cuestión de honor. De hechos y gentes así está hecha nuestra historia en los últimos cuatrocientos años.

A través de la figura de un buscavidas reclutado en una taberna de Cádiz, Pérez-Reverte hace un relato de la batalla en cuya receta no falta ningún ingrediente, ni en calidad ni en proporción, para hacer de ‘Cabo Trafalgar’ una novela asequible para todos. Y todo esto pese al gran esfuerzo documental que requiere una obra de estas características. Según discurre la trama vamos asistiendo a un relato exacto de los acontecimientos bajo la mirada del protagonista, que pasa de estar buscando la mínima ocasión para apuñalar al oficial que lo reclutase a formar parte de un grupo de hombres dispuestos a combatir hasta el final.

Hay una gran cantidad de términos náuticos sabiamente incorporados a la novela, de tal forma que en vez de obstáculo, pasan a ser un aliciente más que ayuda a ampliar los conocimientos de un lector al que, de buen seguro, le termina por apetecer saber qué diantres es eso de la mesana, el trinquete o la botavara.

Todo ello mezclado con expresiones coloquiales (como las alusiones a la Pantoja o el término ‘espidigonzalez’) por las que ha sido fuertemente criticado y que Pérez-Reverte concibe como un elemento más para acercar la trama la lector. Servidor piensa que, si gracias a estos recursos, Pérez-Reverte consigue nuevos lectores de historia o simplemente nuevos lectores de lo que sea, bienvenidos sean.

Sólo puedo decir que empecé a leer la novela casi indiferente, mediando la misma estaba sobrecogido y al final me descubrí una lágrima furtiva, cosa nada común en el que suscribe.

Pues eso, otra lectura recomendada para este verano. Grande, Don Arturo.

domingo 15 de julio de 2007

Urueña, caja de sorpresas

Voy a reproducir un artículo que escribí hace ya tiempo sobre la figura de Joaquín Díaz. Es una figura imprescindible en el folclore castellano en todas sus épocas. A él quise dedicar este pequeño comentario. Además tuve el honor de hacérselo llegar y su aprobación personal para 'subirlo' a la red. Valga también como excusa para daros alguna idea durante estas vacaciones. Tierra de Campos es un lugar que vale la pena no perderse. La foto es otro atentado del que suscribe.

***

Con los primeros fríos de un otoño que no terminaba de llegar llegamos frente a los aledaños de Montes Torozos, comarca vallisoletana junto a la que, en un altozano, se dibuja la silueta de la amurallada villa de Urueña. Atraídos en un principio por el reclamo de la Fundación Joaquín Díaz, comprobamos con sorpresa y satisfacción que este apartado y no por ello perdido lugar vale una pausada visita y que más que sitio de paso, bien puede convertirse en todo un destino en sí mismo. No faltan argumentos para ello, a la mencionada Fundación a la que dedicamos este artículo habría que unir la presencia de una colección que hará las delicias de músicos y melómanos. Hablamos del Museo de la Música de Luis Delgado, otra muestra más de esta feliz coincidencia de acontecimientos de interés que se guardan tras las murallas de Urueña. Productor de infinidad de artistas, asesor musical de los planetarios de Madrid, Nueva York, La Coruña, San Sebastián…, autor de la banda sonora de la recordada serie “Alquibla” o del documental “Al-Andalus” para el Metropolitan de Nueva York, fundador del Cuarteto Medieval de Urueña... Quinientos instrumentos de todo el mundo, expuestos bajo un cuidado concepto museográfico que nos acerca a las culturas musicales de todo el orbe. Forman parte de la colección personal de Luis Delgado que, según nos cuentan en el propio Museo, bien puede alcanzar el millar de piezas.

En apenas unos pasos la librería Alcaraván, especializada en temas castellano-leoneses pero con numerosos artículos relacionados con el arte y la cultura de otros lugares. Así, examinar sus nutridas estanterías supone poder acceder a una riquísima sucesión de bibliografía para el disfrute de aficionados a la Música, Literatura, Historia, Arte, Costumbres, Geografía, Senderismo...

El Centro Etnográfico Joaquín Díaz nace a mediados de los años ochenta, fruto de un acuerdo entre el folklorista y la Excma. Diputación de Valladolid. Actualmente tiene su sede en la “Casona de la Mayorazga”, adquirida por la Diputación en los años setenta. Después de su acondicionamiento y restauración, pudo ser inaugurado en marzo de 1991, dando forma a un proyecto que trata de aunar la labor de difusión de nuestro folklore, costumbres y cultura oral con la faceta investigadora en estos campos. Esta “Casona de la Mayorazga” fue edificada a principios del siglo XVIII, por mandato del Obispo de Calahorra, Alonso de Mena, que falleció sin ver concluidas las obras, completadas por su sobrino Alonso Pérez de Mena. Al ser un bien heredado en régimen de mayorazgo, en este caso el de los Mena, esta circunstancia sirve para que la casa pasase a ser conocida por las gentes de Urueña bajo la denominación citada anteriormente.

En la parte accesible al público se exponen los fondos cedidos por Joaquín Díaz como instrumentos propios del floklore castellano-leonés, pliegos de cordel, aleluyas y grabados de trajes regionales.

Para aquellos a los que no les resulten familiares los pliegos de cordel, se trata de coplas, romances de ciego, pequeños documentos que narran historias de amores, sucesos, religión... en general temas que pudiesen divertir o impresionar lo suficiente a la audiencia como para que, después de escuchado el relato, decidiesen comprar los pliegos que ofrecía el ciego y que colgaban del cordel, pues de ahí les viene el nombre. En una época carente de formas de diversión para la gente sencilla, estos pliegos, una vez comprados, eran leídos en las reuniones familiares. Las narraciones se dividían en capítulos, y las pausas eran hábilmente aprovechadas por los vendedores, que ofrecían variadas mercancías entre acto y acto. El final de la historia coincidía siempre con unos versos destinados a terminar de convencer a la audiencia para que, a cambio de unas monedas, adquiriesen el pliego en el que se narraba la historia recién escuchada.

Como veréis, los pliegos de cordel son un testimonio de primera mano para entender la sociedad para la que fueron escritos. Lejos de los grandes ensayos en los que se intenta retratar el modo de vida de los españoles de otras épocas, son en sí mismos una forma sencilla -que no simple- de acercarse a aquello que asombraba, divertía, asustaba o, simplemente interesaba a las gentes de de la época. Una extensísima selección de ejemplos os aguardan en las salas del Centro, datados entre los siglos XIX y XX.

Por otro lado, seiscientas piezas cuidadosamente expuestas forman la colección de instrumentos tradicionales utilizados en Castilla y León. Zanfonas, gaitas, tamboriles, panderos, dulzainas, chirimías... cumplidos ejemplos de cómo sonaban estos instrumentos pueden hallarse al consultar los fondos de la Fonoteca del Centro, que cuenta con miles de referencias de material sonoro a disposición de estudiosos e investigadores. No olvidaremos, por supuesto la existencia de una biblioteca con otras tantas referencias bibliográficas sobre tradición y cultura popular. Durante el paseo por el “Casón de la Mayorazga”, puede contemplarse la magnífica colección de grabados sobre trajes regionales que forma parte de la interesante oferta del Centro, que se completa con la colección de campanas Quintana, alojada en unas dependencias anexas a las de la Fundación, con piezas datadas entre los siglos XV y XX.

Como veis, hay argumentos suficientes para visitar con detenimiento la Fundación Joaquín Díaz, la hospitalidad del personal que la atiende es exquisita. Junto con la entrada, nos obsequiaron con un número de Parpalacio, boletín que edita la Fundación para dar a conocer sus actividades, que incluyen los conciertos de verano, donde se han dado cita intérpretes como Pascal Lefeuvre, Germán Díaz, Vox Suavis...Además, en estos boletines hallaréis mucha información acerca de la propia villa de Urueña que, como podéis comprobar, es todo un cofre de sorpresas una vez traspasadas sus centenarias puertas.

En definitiva, hablar de Joaquín Díaz es hacerlo de uno de los referentes más claros en cuanto al estudio y difusión del folklore y la cultura oral en nuestro país. Con más de medio centenar de libros publicados y sesenta discos, además de dirigir la Fundación que lleva su nombre, coordina la Revista del Folklore, publicación indispensable para los amantes de la cultura tradicional. Miembro de la Academia de las Artes y Ciencias de la Música, la lista de reconocimientos y organismos que cuentan con la participación de Joaquín Díaz es casi tan extensa como la de sus creaciones musicales o escritas. Premio Castilla y León de Humanidades y Ciencias Sociales en 1999, recibió la Medalla de oro al Mérito en Bellas Artes en 2002.

Gerineldo, La Loba Parda, el Convidado de Piedra, La Doncella Guerrera, el Conde Olinos ... han formado parte de la infancia de muchos que hemos tenido al fortuna de descubrirlos de la mano de Joaquín Díaz y del recuerdo de nuestros mayores. Más allá de todos estos merecidos premios, el tiempo terminará por otorgarle el mayor de sus reconocimientos, ese que todos anhelan y pocos consiguen, la pervivencia de un legado cuyos depositarios serán aquellos que-como decía Machado -“donde hay vino beben vino, donde no hay vino agua fresca”...

martes 10 de julio de 2007

Ni oso ni madroño

No, no me he vuelto loco. El título de esta entrada tendrá su explicación unas líneas más abajo. Lo cierto es que acabamos de hablar de osos en la entrada anterior, así es que esto es fruto de una asociación de ideas.

Los madrileños tenemos al 'Oso y al Madroño' entre nuestros símbolos más queridos. Qué madrileño no se ha citado alguna vez con alguien junto al 'oso', en el kilómetro cero. Pues lo curioso es que, como reza el título de la entrada, ni oso ni madroño.

Todo comienza en época de Fernando III, el Santo. Una mesnada aportada por el Concejo de Madrid aparece documentada en el asedio a Sevilla, en 1247. Se conserva un sello de cera de 1381 -ya bastante ajado en apariencia en el momento que se usó, lo cual denota su anterioridad- , en el que aparece el primer escudo de armas de la Villa.

Las primeras descripciones hablan de 'en campo de plata una torre y una osa pasante ante ella'. En heráldica, el campo es el color de fondo del blasón o escudo. En este caso el color plata es tal cual se enuncia, como el metal. Habla de una torre a la que no adjudica ningún color ni característica especial. Cuando esto sucedía, se refería a una torre de las llamadas 'al natural', es decir, con la sillería -la piedras- de su color y los huecos rellenados casi siempre de 'sable' (negro) o 'azur (azul). Otro tanto pasa con la osa. Pasante por adoptar la postura de caminar, en este caso ante la torre.

AL ser Castilla tierra de, precisamente eso, castillos, los reyes de armas (los persevantes eran los aprendices, los heraldos leían los escudos de armas, y sólo los reyes de armas podían diseñarlos a instancia real) decidieron suprimir el castillo por un símbolo parlante. Éstos eran símbolos directa e inequívocamente relacionados con algo. O en nuestro caso, elementos cuyas letras perteneciesen a la misma palabra que nombra lo que se quiere decir. Por eso se escogió el MADroñal, que no el madroño, que es el fruto. Y el madroñal está cataologado cono arbusto, no como árbol.Y una osa. Una osa porque lo femenino, en heráldica, es símbolo de fecundidad y abundancia.

En tiempos del Emperador Carlos, el Concejo le hace una petición a Carlos I:

'Otrosí, al balsón de este Concejo, que lleve una osa y un madroño en campo blanco (equivalente a la plata), sirva vuestra majestad otorgar que lleve una corona dentro del escudo, o una orla azul de estrellas con ocho rayos, en señal del claro y extendido cielo que cubre esta villa'.

Pues sí, ni Oso ni Madroño.



lunes 9 de julio de 2007

Fe de erratas

Equivocarse es humano. Y servidor gusta de salpicar cuanto escribe con algunos gazapos que espera le sean perdonados por sus benévolos lectores.

Este es el caso de la entrada que dedicamos a Enrique IV y más en concreto, la primera de la serie. En ella decíamos que el Monte del Pardo debe su nombre a que el abuelo de Enrique mató un buen ejemplar de oso en esos parajes. Pues no. El abuelo de Enrique IV fue Enrique III, conocido por 'el Doliente'. Pocos os imagináis a un rey con ese apodo asaeteando osos, ¿verdad?

Al plantígrado lo cazó Alfonso XI, belicoso rey padre de Pedro I llamado el Cruel o el Justiciero, -según quien lo cuente- ni más ni menos que un siglo antes. Corregido queda.

domingo 8 de julio de 2007

¿Las siete maravillas?

Me había propuesto ignorar tan magno acontecimiento. Pero no lo puedo evitar. Hay cosas que me encienden. Resulta que unos tipos -cuyo único criterio consiste en tener la pasta para montar la iniciativa-, deciden montar una especie de 'Operación Triunfo' para que el personal escoja, sms en mano y con la pasta por delante para mandar el voto de marras, las supuestas nuevas maravillas.

Pues ale, todos a votar 'al de mi pueblo'. Sin criterio alguno que lo fundamente. Para mí, la maravilla sería que los españoles que hoy están disgustados porque la Alhambra no haya sido escogida, estuviesen disgustados por cuanto ignoran de su propia historia. Perdón por el vómito.

sábado 7 de julio de 2007

Los corrales de comedias

Hoy nos vamos al Siglo de Oro. A la vez que se iba vislumbrando el inevitable colapso del Imperio Español en Europa, nuestro país vio florecer una generación de irrepetibles escritores, poetas y dramaturgos. Curiosamente, todos ellos ligados al servicio de las armas tanto como al de la pluma. Cervantes, Lope, Quevedo…

Pero no vamos a dedicar esta entrada a la Literatura en los llamados Siglos de Oro, se escapa a nuestros humildes conocimientos literarios. Vamos a hablar de la repercusión social de la Literatura en esos años a través del fenómeno social por excelencia en este sentido: el Teatro. Gran parte de la vida social de la época se hacía en mentideros y corrales de comedias. De éstos vamos a hablar hoy.

El Teatro fue un elemento propagandístico y difusor de ideas de primer orden. Cumplía la función que hoy desempeñan los medios audiovisuales. No hacía falta saber leer para disfrutar de ellos – como ocurre hoy en día -, pues la inmensa mayoría de la sociedad española del s. XVII era analfabeta (no se me enfade nadie que la segunda parte del paralelismo no es obligada). Por tanto, las representaciones eran ideales para enaltecer la figura de la Monarquía, que solía aparecer como último garante de la justicia, o de la doctrina, en los autos sacramentales. Hay que tener en cuenta que España era un decidido bastión católico que quiso contrarrestar los efectos de las ‘herejías’ como el anglicanismo, el calvinismo o la doctrina protestante.

Pero vamos a lo que realmente nos interesa, el corral de comedias como tal. Si alguno de vosotros desea ver uno tal y como era en su época debe visitar Almagro. Y si alguno ha decidido – sabia elección – darse una vuelta por la villa manchega y preparar su viaje con esta pequeña lectura, servidor no cabrá por las calles a partir de ese instante.

Veamos. El corral era un ámbito en el que quedaban perfectamente reflejados los estratos sociales y la composición de la sociedad española del momento. Cada cual tenía su acomodo, en función de su lugar en la escala socioeconómica. Inmediatamente después del escenario había unos bancos que solían ocupar los ancianos, intelectuales y aquellas gentes que, sin poder pagar un asiento más caro por carecer de pecunio o nobleza suficientes, querían disfrutar de la función sin tener delante a aquellos que ocupaban el ‘patio de butacas’. Los mosqueteros. Llamados así, no por ser gentes de armas –aunque lógicamente algunos soldados habría - sino porque permanecían de pie, tal y como lo hacían los mosqueteros en combate. Era la zona más barata y la más ruidosa. Si la obra no lograba retener su atención, arrojaban toda suerte de hortalizas al escenario mientras vociferaban, haciendo detener la representación. Para aliviar este problema, los autores acabaron por introducir pequeños intermedios festivos cuando los ‘mosqueteros’ se sublevaban, con el fin de apaciguar sus ánimos. También hay que decir que si la obra era de su agrado, eran capaces de llevar al autor a hombros hasta su casa entre vítores. Gente visceral, sin duda. El precio que pagaban los mosqueteros oscilaba entre el medio y el real, cuando los palcos –alquilados con preferencia a nobles – costaban unos doce reales.


Detrás de los mosqueteros y, según la época, se ubicaron los llamados ‘asistentes de la cazuela’. La cazuela era el lugar destinado a las mujeres, y los asistentes y el servicio de éstas ocupaban estos bancos. Con el paso del tiempo, subirían a ocupar su lugar en la primera planta, a los flancos de las damas, en lo que después se llamó ‘gallinero’, expresión que perdura hasta nuestros días.

Después, las gradas, que discurrían en semicírculo – como las que pueden verse hoy en cualquier circo – y que estaban pobladas de artesanos, comerciantes… gentes con más poder adquisitivo e interés cultural que los mosqueteros.

Subiendo al piso superior estaban las damas, alojadas en la ‘cazuela’, cerrada con unas verjas similares a las que hoy pueden verse en un campo de fútbol. Los clérigos también se acomodaban en esta zona.

Sobre este nivel estaba ‘la tertulia’, lugar de acomodo de otros dramaturgos, literarios, críticos e intelectuales. La crítica entendida, para entendernos. Verdaderos jueces, con sus comentarios, del desarrollo de la representación. Eran capaces tanto de encumbrar como de defenestrar a un autor, tal y como sucede en nuestros días.

Y, por fin, los palcos. Aquí se alojaban nobles e incluso el mismo rey. Felipe IV fue muy aficionado a visitar los corrales de comedias. De hecho, fue sonado su romance con al actriz llamada ‘La Calderona’. Quien quiera poner cara a ‘La Calderona’ - María Inés Calderón- no tiene más que ver ‘Alatriste’ y el papel que en ella hace Ariadna Gil, basado sin duda en el de la actriz con la que tuvo un sonado romance el rey.

Pero como en todo espectáculo que se precie, debe haber lugar a un refrigerio. Las alojerías. La aloja era una bebida hecha de miel, agua y limón y cuyo origen está –como en tantas otras cosas- en la sociedad andalusí. Era el refresco más consumido en ese momento. En cuanto al alcohol, el vino. La cerveza todavía no tenía la aceptación de la que goza hoy en día. El mismo Lope definió la cerveza como ‘orín de burro’. Y esto pese a que los Austrias Mayores (Carlos I y Felipe II) eran incorregibles aficionados a dar cuanta de un litro de esta bebida de un solo trago, según acostumbraban los Habsburgo. Y para comer, las tablillas. Eran unos dulces hechos de huevo, harina y azúcar o en su caso agua de canela. Los corrales contaban con alojerías (en Almagro todavía pueden verse) o con vendedores ambulantes del producto.

La temporada comenzaba en Semana Santa y concluía en octubre, para aprovechar las condiciones de luz, pues las representaciones eran, cada cinco o seis días, a última hora de la tarde. Si llovía, los corrales disponían de unos toldos que se extendían para cubrir el patio y no exponer a los espectadores a las inclemencias del tiempo.

Los montajes podían llegar a ser un prodigio de lo que hoy conocemos por efectos ‘especiales’, con toda clase de ingenios que simulaban los sonidos de las tormentas, los truenos, el mar… se sabe que incluso el mismo Velásquez pudo llegar a intervenir, a instancia real, en la confección de decorados.

En Madrid hubo varios corrales de los que ninguno queda. El Corral de la Pacheca -por ser su dueña Isabel Pacheco-, pasó a ser el del ‘Príncipe’ tras una reforma. Con la imposición de los teatros ‘a la italiana’, terminó siendo el ‘Español”, que sigue abriendo sus puertas hoy en día en la madrileña plaza de Santa Ana. Plaza que no era tal, pues en aquel entonces, el solar de la plaza era ocupado por el convento de este nombre. El Corral del Sol, el del Lobo, el de la Cruz… nada queda de ellos.

Pero siempre podemos ir a Almagro y revivir la esencia de los corrales de comedias en el único que se conserva tal cual fue en su época. En estos días se puede disfrutar del Festival de Teatro, ocasión inmejorable para comprobarlo.

Las fotos de esta entrada las perpetró servidor en unos de sus viajes a Almagro.