sábado 30 de junio de 2007

Casi desnudo, como los hijos de la mar...

Estábamos tardando en dedicarle una entrada a Don Antonio Machado. Como será un personaje recurrente en este blog, hoy seremos menos ambiciosos de lo que deseáramos y hablaremos de uno de los lugares en los que fijó su residencia. Segovia.


Esta vez os proponemos una visita a la Casa-Museo del inmortal poeta sevillano, en la ciudad del Eresma. Y por ser ésta mucho más que Acueducto, Catedral y Alcázar, no podéis dejar de visitar el número 5 de la calle Desamparados.

Machado llegó a Segovia en 1919, tras haber pasado unos años en Jaén como catedrático de francés. Se le concedió el traslado y el poeta, hombre de perfil conmovedoramente humilde y sencillo, se instaló en la que era una de las pensiones más económicas de la ciudad.

Allí permaneció doce años hasta su traslado a Madrid, y allí conoció a Pilar de Valderrama. Ella fue la Guiomar de la que vivió desesperadamente enamorado hasta el fin de sus días. Fue un amor platónico porque Pilar era mujer casada, poetisa aficionada que buscó el reconocimiento de una figura consagrada como Don Antonio. Desde la llegada a Segovia de Machado y hasta el estallido de la Guerra (in)Civil mantuvieron secretos encuentros y una fluida comunicación por carta.

Muchas de estas cartas, así como muchos de sus versos, fueron alumbrados en esta pensión. Precisamente se conserva una selección de estas cartas en una de las salas de la casa, que sirve para relatar esta historia de 'amor cortés' que rescató a Don Antonio de la desesperación tras la muerte de Leonor - y con ella la de su etapa soriana, que tan profundo lo marcó-, su primera y única mujer.

Cuando llega a Segovia, al prensa local dice que "vuelve a Castilla el poeta de Castilla". Tal y como afirma Ian Gibson es posible que los segovianos esperasen que Don Antonio cantase a la ciudad como lo hiciera con su querida Soria años atrás. De hecho, Don Antonio juzga a Segovia como una ciudad de "insuperable belleza".

En esta pensión, todavía puede verse el salón-comedor casi intacto, con los muebles de entonces. Como todas las estancias de la casa, produce una placentera sensación de sencillez, de recogimiento. Si el lector acude habiendo leído la obra del poeta, es aquí donde va a encontrar mucha de su esencia. Puede visitarse una cocina equipada como entonces, con los altos del fogón forrados incluso con prensa de la época.

El dormitorio, austero. Incluso debía cruzar por la habitación de otro huésped para llegar a la suya, donde se conserva la cama donde durmió, el pequeño brasero que le diera calor y la mesa camilla donde escribiese.

En una de las habitaciones se muestra una vitrina pertenecientes a las bibliotecas ambulantes de las 'misiones pedagógicas' que se hiciesen en la República, para llevar la cultura y el conocimiento al ámbito rural. Baste recordar, según datos de Gibson, que en el primer año de la II República se cuadruplicó el número de escuelas abiertas en el país.

Pero si a un proyecto se entregó con pasión Machado fue a la creación de la Universidad Popular de Segovia, la primera que se fundase en España. En ella recibían formación gratuita todos aquellos segovianos que así lo deseasen. Alfabetización, francés, oficios...

En definitiva, Machado es un personaje recordado con cariño y agradecimiento por los segovianos, y su Casa-Museo es un rincón puro, limpio y sencillo, como lo fue su morador.

Junto a la casa, la librería de La Torre, la mayor concentración de libros interesantes por balda/cuadrado que servidor ha visto en mucho tiempo. El personal del centro es encantador y, para aliviar la espera hasta que se entra, nos ofrecieron visionar el contenido de un estereoscopio fabricado por una alumna segoviana con los pasajes más relevantes de la vida del poeta acompañados por el sonido que se reproduce en un viejo discman que amablemente ceden a quien lo solicita.

La pena es que la visita se hace en grupos y eso significa que se puede tener suerte y tener una visita tranquila o uno puede terminar acompañado por una 'recua' de tipos que no saben muy bien qué demonios hacen allí salvo conseguir que la guía dé por concluida la visita antes de tiempo.

De cualquier forma, aconsejamos encarecidamente la lectura del libro 'Ligero de equipaje', de Ian Gibson, editado en Aguilar. Imprescindible para emocionarse con la trayectoria vital que aquel chiquillo que correteó entre los limoneros del Palacio de Dueñas, en Sevilla. Esa infancia que tanto añoró, su familia, sus paseos por Sevilla... Podréis descubrir una personalidad que rezumó ternura, amor al prójimo, y una honda nostalgia de esa patria de todo hombre que es su propia infancia.

Todo el mundo recuerda los versos de Cantares, pero para mí y cuando se habla de Don Antonio, siempre se me vienen a la cabeza estos:

Nunca, si llegan a un sitio,
preguntan a dónde llegan.
Cuando caminan, cabalgan
a lomos de mula vieja,
y no conocen la prisa
ni aun en los días de fiesta.

Donde hay vino, beben vino;
donde no hay vino, agua fresca.

Son buenas gentes que viven,
laboran, pasan y sueñan,
y en un día como tantos,
descansan bajo la tierra.



Las fotos que acompañan a la entrada fueron perpetradas por servidor en unos de sus viajes a Segovia.

Salga el sol por Antequera...

Esta es una frase hecha, una expresión común, que en nuestros días denota en la intención de quien la formula una decisión férrea a acometer una tarea o mantener una postura.

Hay muchas teorías en torno a su origen. Una de ellas habla de las Guerras de Granada. Más en concreto de los tiempos en los que Isabel y Fernando acometieron la última fase de expansión castellana que culminó con la entrega de Granada, el 2 de enero de 1492.

Cuando los cristianos se encontraban asediando la vega granadina, la ciudad de Antequera se encontraba al oeste de las posiciones castellanas. Los capitanes se conjuraron para conquistar la capital nazarí "salga el sol por Antequera", cosa del todo imposible como ya habréis deducido.

Hya muchas otras interpretaciones, algunas relacionadas incluso con las apariciones marianas, pero yo me quedo con esta.

martes 26 de junio de 2007

Qalat al-Hamra

Este es un artículo que publiqué hace ya un tiempo en la revista "La Dama Duende". Espero que os guste. La foto la perpetró servidor en uno de sus viajes a Granada.

No resulta sencillo dedicar la reducida extensión de este apartado de la revista a una maravilla del arte que ha alimentado la imaginación de poetas y viajeros a lo largo de siglos; bien sea tras experimentar la sensación incomparable de pasear entre sus muros o tras rendirse al influjo onírico que desprende siquiera un grabado, una descripción o fotografía en los que se recoja alguno de sus rincones.

En esta ocasión, nos acercamos al único palacio medieval islámico que ha podido llegar a nuestros días en un estado de conservación tan íntegro. Y, a la vez, a la fascinante historia de la última dinastía de sultanes que conociera el mítico Al-Andalus, los nazaríes. Su leyenda (esa que en tantas ocasiones logra eclipsar el rigor de lo sabido), permanecerá para siempre unida a la última perla del Islam andalusí. Granada.

Quizá debiésemos comenzar nuestra andadura haciendo más ligero el zurrón donde atesoramos lo visto, oído o leído acerca de la Alhambra. Y para esto, nada como deshacerse de los celebérrimos “Cuentos de la Alhambra” de Washington Irving. Durante décadas fuente de inspiración de tantos y tantos viajeros que visitan la fortaleza roja, fueron recopilados por su autor tras un pretendido esfuerzo de investigación, mientras se alojó en las estancias del Tocador de la Reina. Recientes investigaciones parecen demostrar que Irving se dedicó a remozar la obra de José Antonio Conde, publicada en 1820 bajo el título “Historia de la dominación de los árabes en España”, ocho años antes de que los cuentos del escritor norteamericano viesen la luz.

Es posible que del mito alimentado por Irving, Chateaubriand y otros tantos haya surgido el interés de muchos de los que, a lo largo de estos años, se han acercado al palacio-fortaleza de una forma más rigurosa. De cualquier manera, nosotros pensamos que la Alhambra no necesita de la cosmética de la leyenda y el mito románticos para mostrase ante nosotros en todo su esplendor.

Sería ingenuo tratar de englobar todo cuanto contiene la Alhambra en unas pocas líneas y hacerlo con rigor y justicia. Es por esto por lo que optaremos, dentro de nuestras humildes posibilidades, por dar a todo aquel viajero que desee utilizarlas, unas premisas que permitan hacer más accesible una hipotética (y siempre recomendable) visita.

Al-Ahmar Ibn Nasr. Si atendemos a lo que de él dejó escrito Rodrigo Ximénez de Rada, obispo de Toledo, en De Rebus Hispaniae, fue un caudillo local cuyo oficio de juventud fue el pastoreo. Eso no impedía que se asegurara en su entorno que provenía de una familia íntimamente relacionada con Mahoma (cosa hasta cierto punto frecuente a la hora de justificar el ascenso social de un clan en el Islam). Tras la Batalla de las Navas de Tolosa (1212), y huido a Marruecos Muhammad el Verde, se produjo un tercer período de reinos de taifas. Tras múltiples luchas intestinas, fue el partido de Al-Ahmar quien obtuvo la victoria, comenzando con ello los días de los nazaríes (descendientes de Ibn Nasr).

Cuando el viajero actual se encuentra ante la ciudad de Granada, puede apreciar dos montículos, separados entre sí por el río Genil. Uno aparece cubierto de casas enlucidas por la cal de sus paredes, y en el otro se alza el centro de todas las miradas, la inconfundible silueta de la Alhambra granadina. El primero es el Albaicín, cuya etimología sugiere una traducción similar a “el cerro de los halconeros”. En este barrio, lleno de hermosos cármenes (tal es el nombre que se les da a las casas típicas granadinas que no debéis perderos), se halla también el lugar desde el que podréis admirar uno de los atardeceres más hermosos del mundo (el mirador de San Nicolás), cuando las últimas luces del día parecen resistirse a dejar de acariciar las almenas de la ciudad-fortaleza y en su vano intento nos dejan un espectáculo cromático casi único. Al-Ahmar escogió la Sabika, o colina donde hoy se levanta la Alhambra, para colocar los cimientos de una nueva fortaleza. En este lugar ya existían las llamadas Torres Bermejas, que aún pueden contemplarse. Llamadas así por la arcilla empleada en su construcción según unos, según otros por el reflejo de las antorchas de aquellos que trabajaban en su construcción de noche. Reconstruyó la fortaleza primitiva y este fue el principio de unas obras que durarían décadas, hasta que pudo conformarse la Alhambra tal y como fue, pues lo que hoy contemplamos no son sino los restos del paso del tiempo y sus consecuencias, excelentemente restaurados por otra parte.

En principio, habría que anotar algunas características propias del arte islámico:

Se trata de un arte que, a diferencia del que se llevaba a cabo por parte de los constructores medievales cristianos, no buscaba perdurar en el tiempo. Quizá esto se deba al origen nómada de los pueblos que vieron nacer el Islam. Lo que sí que parece comprobado es que el problema de la sucesión entre los nazaríes se solventó la mayoría de las ocasiones tras un asesinato o un derrocamiento, así es que cabe pensar (como afirma Oleg Grabar), que muchos sultanes utilizasen materiales de rápida construcción pues sería posible que ni ellos mismos viesen culminadas sus propias reformas debido a la constante inestabilidad política.

Gracias al uso de materiales como la escayola y el yeso, pudo el arte islámico abordar ese estilo tapizante que lo caracteriza. Formas geométricas o vegetales que cubren los muros, debido a la prohibición de representar seres vivos marcada por el Corán (se considera una herejía asumir funciones creadoras que sólo le competen a Allah).

La Alhambra, como otros muchos edificios islámicos, habla. Los palacios nazaríes están llenos de poemas caligrafiados a la altura de los ojos del visitante. Suras del Corán, alabanzas a los sultanes, fórmulas piadosas (como “Sólo Dios es vencedor”, que fue el lema de la dinastía). Aquellos que no sufran la barrera del idioma, deberían poder caminar por la Alhambra con la serenidad que da el comprobar que cada muro está contando algo relacionado con la estancia que se visita. Anotemos este dato: los calígrafos eran los más respetados de entre los artistas en la sociedad islámica pues a través de ellos se divulgó el Corán (El Libro), revelado por al arcángel Gabriel a Mahoma. Si a esto le unimos la prohibición de representar formas vivas, la caligrafía islámica como expresión artística adquirió unas formas de un refinamiento sin igual. Desgraciadamente, lo más normal es que los trazos de la escritura nesjí pasen desapercibidos entre el ataurique (decoración de figuras en yeso) de las paredes para una gran mayoría de los turistas.

Como muestra, vamos a transcribir la traducción de un poema de Ibn Zamrak, considerado como el más brillante de los poetas de la corte nazarí junto a Ibn Al-Jatib e Ibn Al-Yayyab. Encontraremos versos de estos tres poetas en toda nuestra visita. Hemos escogido el que puede leerse en la puerta de la maravillosa Sala de Comares o de Embajadores, traducido por el insigne arabista Emilio Gómez:

«Soy corona en la frente de mi puerta:

envidia al Occidente en mí el Oriente.

Al-Gani billah mándame que aprisa

paso dé a la victoria apenas llame.

Siempre estoy esperando ver el rostro

del rey, alba que muestra el horizonte.

¡A sus obras Dios haga tan hermosas

como son su temple y su figura!»

Al-Gani Billah fue el sobrenombre que tomó Mohamed V tras su victoria frente a los cristianos en Algeciras, en 1369.Y es que junto a Yusuf I, Mohamed V es el artífice de lo que hoy son los palacios nazaríes, que no abarcan sino las partes más universalmente celebradas del recinto como, por citar algunas, el Cuarto de los Leones o el Cuarto de Comares con sus excepcionales y encantadoras estancias, impregnadas de un apasionante pasado que parece aguardarnos tras cada puerta para obsequiarnos con irrepetibles juegos de luces en sus cúpulas de mocárabes o con el reparador susurro de las fuentes que convierten el agua en un protagonista más del festín que supone para los sentidos la pausada visita a estos rincones.

Si se tiene la suerte de pasear apartándose del bullicio, los flashes y las burdas maneras del grueso de los turistas uno acaba por darse cuenta de que los accesos y sus destinos (el alzado del impresionante Cuarto Dorado da buena fe de ello) no dejan de ser algo imprevisibles. Lo cierto es que pese a haberse estudiado detenidamente la planta del conjunto, ésta parece resistirse a un orden preconcebido, así como es realmente difícil establecer una cronología exacta en el desarrollo del palacio. Son estas incógnitas que llevan acaparando el interés de los estudiosos en las últimas décadas. Sea como fuere, son las ganas de disfrutar de una jornada irrepetible las que han guiado nuestros pasos hasta aquí. Dejemos esas cuestiones para aquellos que nos premian con su esfuerzo y su trabajo.

Y justo ahora que acabamos de hacer una apuesta firme para que sea el mundo de las sensaciones el que marque los tiempos de nuestra estancia en la Alhambra, podemos dar un paso más en este sentido e intentar comprender siquiera un ápice de la carga de simbolismo del conjunto, aunque sólo sea para comprobar que el mito no reside en la obra de los románticos ni en sus interpretaciones sino que ya vivía en el pensamiento de aquellos que concibieron espacios, volúmenes y decoraciones hace más de seiscientos años.

El Islam, como muchos sabéis, es una de las tres grandes religiones monoteístas. No es excluyente en cuanto a que acepta revelaciones anteriores a sí misma (judaísmo y cristianismo), pero afirma que Mahoma era el profeta predestinado a completar a los anteriores (como el mismo Cristo, asimilado por la tradición islámica como el profeta Issa. Curiosamente, en Al-Andalus se celebró durante mucho tiempo la fiesta de la Navidad). Así, los andalusíes llamaban al conjunto de creyentes de las tres religiones que se practicaban en la Península qitabíes o “Gentes del Libro”. Fruto de esto, el simbolismo de los espacios arquitectónicos de la Alhambra también está impregnado de este conocimiento.

Pongamos por caso la famosa fuente del Patio de los Leones, probablemente, una de las imágenes más repetidas y admiradas del conjunto. Los leones que sostienen la taza (labrada en el siglo XIV) no son coetáneos de la misma. Se tiene por cierto que fueron esculpidos en el siglo XI, y que probablemente estuvieron ubicados en el antiguo palacio de los reyes ziríes de Granada. Bargebuhr descubrió un poema compuesto por Slomo Ibn Gabirol, poeta hebreo al servicio de los visires judíos que en Granada existían en esos tiempos. Sea un espacio imaginario, como afirma Oleg Grabar, sea un retrato de un enclavamiento de gran similitud, como sostiene Bargebuhr, podemos comprobar que:

“Hay un copioso estanque que semeja

al mar de Salomón ,

pero que no descansa sobre toros;

tal es el ademán de los leones,

que están sobre el brocal, cual si estuvieran

rugiendo los cachorros sobre la presa;

y como manantiales derraman sus entrañas

vertiendo por sus bocas caudales como ríos”

Nos encontramos con el mito del rey Salomón y el mar de metal fundido que podía admirarse en su palacio. Este mar estaba sostenido por doce toros.

De cualquier forma, puede observarse que los patios ajardinados son de dos tipos. Los que son cruzados transversal y horizontalmente por canales de agua quieren simbolizar los cuatro ríos del paraíso bíblico, caso del patio de los Leones. El patio de los Arrayanes, por ejemplo, posee una gran acequia en al que se refleja la Torre de Comares y su majestuosa galería que le sirve de acceso. Salomón es omnipresente en la tradición no sólo hebrea sino también musulmana y cristiana como paradigma del príncipe. En el caso de este estanque del patio de Arrayanes (llamado así por su vegetación, formada por mirtos o arrayanes). Cuando Salomón recibió a la Reina de Saba, creó para ello un suelo de cristales preciosos y de tan vivos reflejos que la Reina subió ligeramente su vestido por temor a mojarse. La búsqueda del reflejo que proporcionan estas extensiones de agua bien podría ser a la vez una alusión más al palacio de Salomón, que por otro lado construyó para la Reina un trono de oro sostenido a su vez por...doce leones. Es obvio que estas no son las únicas razones de la presencia del agua en la Alambra, sobre todo para un pueblo como el musulmán, que le confiere al agua un valor fundamental como símbolo de vida, habiendo hecho un uso cotidiano de la misma y, a la vez habiendo sabido elevar a la categoría de arte su integración como un elemento más en las arquitecturas, para absoluto deleite de cuantos pasean por ellas.

Hasta aquí esta sucinta y apresurada aproximación a algunos detalles de Qalat Al-Hamra. Intentaremos zafarnos del hechizo de las pasiones y pondremos punto y final llegados a esta altura. O quizá punto y aparte, porque os invitamos efusivamente a que seáis vosotros mismos los que percibáis vuestras propias sensaciones (desaconsejamos enérgicamente el uso de audioguías para ello) en una próxima y acertada visita a la fortaleza roja y sus maravillas.

domingo 24 de junio de 2007

La matanza


Quién no ha acudido a la matanza de su pueblo, o a la matanza del pueblo de algún amigo o conocido. Son una auténtica fiesta y suponen una prueba más del culto que tenemos en España por el cerdo y sus derivados, del que salen auténticos manjares como el jamón serrano. Y no deja de ser extraño si tenemos en cuenta que España ha sido un lugar con una fuerte y prolongada presencia hebrea y musulmana. Como sabéis, para estas religiones el cerdo es un animal tabú, por impuro.

Sin embargo, fue muy frecuente -y en algunos lugares lo sigue siendo- ver a los lugareños realizar sus matanzas en plena calle, a la luz del día. La razón no hay que buscarla en un afán sanguinario. Es tan sencillo como que todo aquel que hacía su matanza a la puerta de casa, demostraba que consumía cerdo, y por tanto quedaba exento de pasar por judío.

Y esto no estaba de más durante el tiempo en el que la Inquisición contaba con 'familiares' a su servicio. Los 'familiares' eran personas que delataban a los supuestos judaizantes o criptojudíos; vigilaban con especial celo a los llamados marranos o conversos. Se pensaba que seguían practicando sus ritos en la clandestinidad -aunque en la mayoría de los casos no fuese cierto-, así que era una buena forma de dar a entender a la parroquia que no se era sino lo que se llamaba cristiano viejo, es decir, cristiano de pedigrí.

jueves 21 de junio de 2007

La campanilla, el Papa y el embajador

Los embajadores españoles en el Vaticano son los únicos que tienen el privilegio de hacer uso de una campanilla para llamar al servicio (al menos cuando al servicio se le reclamaba de esta manera). Consiguió el mérito Don Enrique de Guzmán, segundo Conde de Olivares y padre del valido de Felipe IV.

Realmente, sólo el Sumo Pontífice hacía uso de la campanilla. Hasta que llegó Don Enrique a la corte de Sixto V. Hombre de fuerte carácter, como lo fuera después su hijo el llamado Conde-Duque, Don Enrique decidió usar la campanilla ante las protestas airadas del resto de las embajadas y del propio Pontífice.

Esto, que puede parecernos hoy una fruslería, suponía una afrenta en una sociedad basada en complejas estructuras protocolarias. No era lo que se hacía, sino cómo se hacía.

Ante la advertencia papal, Don Enrique encontró una alternativa. En adelante llamó a la servidumbre… a cañonazos. Se oían en toda la ciudad, sembrando el temor y el desconcierto entre los romanos. Sixto V no tuvo más remedio que permitir que Olivares usase una campanilla como la suya.

Una muerte extraña (III y final)

Tercer y último post acerca de Enrique. Por varias razones. Quizá la más importante sea dar paso a otros contenidos, pues teniendo en cuenta lo poco que puedo prodigarme últimamente, la serie amenaza con dilatarse demasiado en el tiempo, bien del que todos andamos escasos, incluidos y sobre todo, los valientes que la siguen.

Habíamos dejado a Enrique a punto de acudir a los Toros de Guisando, donde le aguardaba Isabel, a fin de pactar de forma definitiva todo lo relativo a la sucesión al trono castellano. Corría el año de 1469.

Enrique acudió a la cita sin ninguna intención de defender la legitimidad de Juana. Lo cierto es que no tenemos prueba alguna de que realmente fuese hija del rey, pero tampoco tenemos ninguna prueba concluyente en el otro sentido. O bien Enrique IV sucumbió a las presiones de aquel sector de la nobleza que se decantaba por Isabel, o fu uno de sus habituales ataques de abulia, una de sus profundas depresiones, la que le hizo obrar así. Es conocida su aversión al protocolo palatino, a mezclarse con la Corte. Estaba mucho más cómodo con sus ropajes de montero, perdido en los montes, apartado de todo y de todos, en compañía de sus jóvenes amigos y de sus perros de caza. Probablemente le desagradaba profundamente la tarea de ser rey, las presiones, las demandas de los nobles… Y quizá sólo el laúd, la caza, y la compañía – amistosa o amatoria, eso tampoco lo sabremos nunca – de sus amigos cazadores acudía en su auxilio de cuando en cuando.

El matrimonio de Isabel era un asunto peliagudo. La nobleza todavía no había tenido tiempo de darse cuenta de que detrás de esa joven se escondía un carácter de hierro, y pensaron que podrían convenir un matrimonio favorable a sus intereses.

Enrique, apremiado por el Marqués de Villena, apostaba por una alianza con Portugal. El asunto no carecía de importancia, pues el elegido sería el rey de Castilla y bajo la Corona del futuro infante podría llegar a ceñirse las coronas de Castilla y Portugal.

De hecho, Enrique intentó casar a su hermanastra con el rey de Portugal. Pero en una de las cláusulas del Pacto de Guisando se decía que “el rey acordara y determinare, de voluntad de dicha Señora Infanta, con el acuerdo y consejo de los dichos arzobispos, Maestre y conde y no con otra persona alguna”.

Es decir, debía ser una decisión consensuada entre ambos. Isabel se negó en redondo e hizo público el contenido del acuerdo para que se cumpliese. Alfonso de Portugal hubo de marcharse de Castilla con la vana esperanza de que la Princesa de Asturias no contraería matrimonio con ningún otro pretendiente.

Pero por otro lado el obispo Carrillo y los Enríquez (la familia del Almirante de Castilla), parientes de la familia real aragonesa por parte de la esposa de Juan II, intrigaban para que se impusiese la candidatura de Fernando. Desde luego, Juan II se mostraba muy favorable porque podría ver como su hijo aspiraba a introducirse en Castilla. Los aragoneses bien podrían así “vengarse” del ascenso al trono de Aragón del castellano Fernando –el de Antequera- tras el compromiso de Caspe. Un aragonés en el trono de San Fernando.

Fernando era de la misma edad que Isabel, concretamente sólo un año menor. Era bien parecido, de talle atlético y según los cronistas tenía un don de gentes muy pronunciado. Resultaba muy agradable escucharlo y fueron muchos los que hablaron del influjo y el carisma del aragonés. Estos testimonios terminaron de convencer a Isabel, que creía obrar por razones de Estado. Tras la primera entrevista, ella quedó prendada de la juventud y el encanto del príncipe aragonés. Bueno, quizá a esto haya que unir el romanticismo de que Fernando cruzase la frontera disfrazado de lacayo para burlar la vigilancia, o al menos eso cuenta la leyenda.

Por ello, razones de princesa y de mujer se unieron para que al final Isabel optase por la boda con Fernando, para disgusto de Enrique. Los partidarios de Isabel decían que ella había cumplido el contrato pues se casaba con alguien de su agrado. Pero claro, faltaba el consenso con Enrique. Otro tanto hubiera podido aducir éste tras la negativa de Isabel a casarse con el rey portugués. Así que, y esto es sólo mi opinión, fue Isabel la única en romper el pacto ‘de hecho’.

Por tanto, roto el Pacto, Enrique volvió a reconocer a su hija como heredera. Ante los hechos consumados, incluso llegó a haber una posterior concordia entre Isabel y Enrique, escenificada con un paseo en sus monturas por las calles de la querida Segovia de Enrique.

Lo cierto es que un día, tras volver de cazar, Enrique se siente repentinamente indispuesto y muere de una forma fulminante. Su cuerpo no es amortajado y en el estudio de Marañón puede verse que fue enterrado con ropas de caza. Esto no es nada usual tratándose de un rey. Transportado en unas parihuelas, su cuerpo fue apenas cubierto por un lienzo y transportado rápidamente a una sepultura casi escondida en el Monasterio de Guadalupe. Ni una celebración, ni un acto público.

Mientras, Isabel estaba en Segovia, en su Alcázar. Súbitamente, y sin esperar a Fernando que estaba al tanto de los asuntos aragoneses, salió del Alcázar precedida por Gutierre de Cárdenas, que sostenía un mandoble asido por la hoja, ritual de la proclamación de un nuevo rey. Lo hizo en lo que hoy es la Plaza Mayor de Segovia y antes era San Miguel, reconstruida mucho tiempo después en su actual emplazamiento.

Esto provocó una profunda división en la nobleza, unos reconocieron a Isabel y otros a Juana, la Beltraneja. Curiosamente el obispo Carrillo, una de las personas que más y mejor trabajó para lograr el matrimonio con Fernando, acabó del lado ‘portugués’. Isabel no había tardado en dar una muestra de lo que podían esperar de ella tras nombrar a su confesor –Fray Hernando de Talavera – arzobispo de Toledo.

La Guerra de la Sucesión supuso un enfrentamiento entre Castilla y Portugal que se saldó con victoria para las armas castellanas, en Toro.

En fin, no se trataba de hacer un panegírico a favor de Enrique. No fue un buen rey o no supo serlo, pero es un personaje tan complejo y apasionante que vale la pena acercarse a él más allá de su aparente disfunción eréctil. Desde luego, la brillante época de los Reyes Católicos no pudo producirse de la noche a la mañana, sin una simiente. Os invito a que leáis los trabajos de Julio Valdeón, Luis Suárez o el Doctor Marañón al respecto.


sábado 16 de junio de 2007

Una muerte extraña (II)


Pero si un aspecto de la vida de Enrique determinó su biografía y su relación con el entorno, éste fue el conyugal. Con apenas quince años se casó con Blanca de Navarra, hija de Juan II de Aragón. Así es que, cosas de la vida, Enrique era yerno del padre de Fernando el Católico, del que acabó siendo – para su disgusto- cuñado.

Existió una costumbre entre los reyes de Castilla. Consistía en que una nutrida representación de los Grandes asistía al desfloramiento de la reina en un cuarto contiguo al dormitorio real. La doncella era la infanta Blanca de Navarra y corría el año de 1540. Enrique fue incapaz de consumar el acto y, tres años después de la boda, el Papa Nicolás V anuló el matrimonio por la no consumación del mismo.

Esto cayó como una losa en la reputación de Enrique, pues como es lógico, uno de sus deberes primordiales era garantizar la sucesión de la Corona. Y aquí es donde aparece un célebre testimonio recogido por las crónicas de la época en el que varias prostitutas de Segovia afirmaron haber tenido relaciones sexuales satisfactorias con Enrique. Mientras, ajeno a todo esto, él continuaba con sus cacerías rodeado de un selecto grupo de jóvenes, encabezados por Miguel Lucas de Iranzo, a los que regalaba con privilegios y prebendas. Esto enojaba, no sólo a Pacheco, Marqués de Villena, sino al conjunto de los nobles. Y eso que Enrique empezará su reinado con la intención de contentarlos tras los desencuentros de éstos con su padre. Tanto es así que años después, su hermanastro, el infante Alfonso, fue coronado en la llamada “farsa de Ávila” donde fue quemada una efigie del rey. El pequeño Alfonso hubiese sido el sucesor a la corona de Castilla en caso de que Enrique no lograse tener descendencia por acuerdo con los nobles.


Mientras, en 1455 y en su primer año de reinado, Enrique se había casado de nuevo. Esta vez, y siguiendo la querencia portuguesa de la política castellana de la época – y los intereses de Pacheco, descendiente de portugueses, claro está- la elegida fue Juana de Portugal, mujer de extraordinaria belleza si hacemos caso de las crónicas.

Siete años después de la boda, nació una niña en palacio. Enrique IV invita a sus hermanastros, Isabel y Alfonso, a celebrar la buena nueva. Pero el partido contrario a Enrique no recibió bien la noticia. Juana, la hija del rey, se convertía en la primera en la línea sucesoria y con ello se desvanecían las esperanzas que habían puesto en el infante Alfonso, apenas un niño al que suponían poder dominar con facilidad. Por eso comenzaron a propagar a los cuatro vientos que la infanta era hija de Don Beltrán de la Cueva, favorito del rey, nombrado Duque de Alburquerque.

Una serie de revueltas provocadas por los nobles descontentos obligan al rey a firmar un tratado en el que se reconoce a Alfonso como legítimo heredero, que es casi tanto como conseguir que el rey no reconozca la legitimidad de su descendencia.

Pero el destino quiso que el joven Alfonso muriese repentinamente, después de haber ingerido una trucha empanada, supuestamente en mal estado. Quizá esta sea la primera de las muertes cuando menos intrigantes. Desde luego, esto perjudicaba a la levantisca nobleza y beneficiaba a Isabel, pues en Castilla no regía la ley sálica y, si la infanta Juana era tenida por ilegítima, a ella le correspondía el trono. Por ello, terminó por hacer firmar a su hermanastro el Pacto de Guisando, en el que Enrique IV vuelve a negar, implícitamente, la legitimidad de su hija por segunda vez.

En un próximo y último post de la serie, el desenlace. Intentaremos comprender el por qué de esta actitud del rey. Explicaremos que fue Isabel quien rompió su palabra y por tanto, el Pacto, al casarse con Fernando de Aragón, y viviremos los últimos y tortuosos días de Enrique hasta su muerte, probablemente envenenado, en 1474.

Tomé esta foto desde el lugar – el Monasterio de El Parral, construido por Villena- en el que la tradición afirma que el rey se detenía complacido y decía estar “ante el paraíso”.

miércoles 13 de junio de 2007

Una muerte extraña (I)

El Impotente. A secas. Eso, y que fue el antecesor de su hermanastra Isabel en el trono de Castilla. A lo sumo, se asocia su reinado como una etapa de caos absoluto al que puso remedio la entronización de Isabel, a la que se suele hacer –muy a la ligera, o al menos eso piensa servidor - artífice ni más ni menos que de la unificación de España.

Probablemente, si hablamos con los segovianos, muchos de ellos se considerarán enriqueños. No olvidan la pasión que sintió Enrique hacia su ciudad, a la que definió como “el paraíso”. También nos valdría acordarnos a los madrileños de este rey, que concedió el título de “muy noble y leal” a la que acabase siendo Villa y Corte. Fueron célebres las cacerías en El Pardo, llamado así por un oso que matase allí el abuelo de Enrique, pues en aquel entonces podría encontrarse caza mayor en las proximidades de la ciudad.

Lo cierto es que el personaje, Enrique, daría para decenas de post como este. Hijo de Juan II y María de Aragón. Hermanastro de Isabel, pues a la muerte de María, el rey Juan se casó de nuevo, esta vez con Isabel de Portugal, madre de Isabel y Alfonso.

Fue educado por Fray Lope de Barrientos. Si el carácter de un maestro ayuda a forjar el de su discípulo, podríamos decir que Barrientos se distinguió por sus postulados en contra del antisemitismo, basándose en la lógica apreciación de que el mismo Jesús era hebreo. No tuvo que ser fácil defender estas ideas en aquel tiempo. Sea como fuere, no es Fray Lope quien ocupa los libros de historia sino Enrique.

Así como el reinado de su padre se caracterizó por el poder omnímodo ejercido por Don Álvaro de Luna, de cuyo asesinato tuvo tiempo de arrepentirse el rey Juan, desde la adolescencia del entonces Príncipe de Asturias fue Juan Pacheco, el Marqués de Villena, el que ejerció su influjo sobre el joven príncipe.

Supuesto alquimista, casi tachado de brujo y tenido por homosexual, con habilidad y astucia supo forjarse un inmenso patrimonio a costa de las mercedes reales. De lo que sí podemos estar seguro es de que se trató de un personaje extraño y complicado.

La nobleza de más abolengo miraba con recelo la imparable ascensión de Pacheco, que atesoró para sí mismo un patrimonio inabarcable, y para sus allegados como su hermano Pedro, uno de los cargos más codiciados, el maestrazgo de Santiago.

No se puede pasar por alto, para entender la figura de Enrique, la obra de Gregorio Marañón “Ensayo biológico sobre Enrique IV y su tiempo”. Bajo la perspectiva de un médico y sus conocimientos sobre fisonomía, Marañón desenterró los restos del rey que yacían, casi escondidos, en el Monasterio extremeño de Guadalupe junto a los de su madre.

El acta de la exhumación y el relato de cuanto encontraron valen para hacernos una idea de la triste muerte de Enrique IV. La obra arroja muchas luces sobre las características físicas del rey, y otras tantas sombras sobre las causas de su muerte.

Cuenta Marañón que el rey era alto y desgarbado, de largos brazos y no muy agraciado. Sus cronistas afines le definen con rasgos leoninos, mientras que aquellos que trabajaron para Isabel la Católica lo degradan hasta conferirle el aspecto de un simio.

De carácter melancólico, aborrecía el protocolo palaciego y los ricos ropajes. Prefería vestir tal y como lo hacía en las monterías, acompañado de su séquito de jóvenes amigos por él designados, a los que premió con cargos y prebendas. El mejor caso de ello es el de D. Beltrán de la Cueva, de vital importancia en esta historia llegado el momento.

La influencia del partido de Pacheco le hizo enfrentarse a su mismo padre, al que cierto sector de la monarquía acusaba de tirano, las calles de Toledo fueron testigo directo de estos avatares. De carácter cambiante, en su conducta parece verse que le desagradaba profundamente la corona. Prefería retirarse a cazar durante largas jornadas, vestido como un montero más (ver la foto que acompaña el post). Muy propenso a la melancolía y a la súbita tristeza, también encontraba en la música – tañía el alud y cantaba con bastante decoro según las crónicas- refugio para sus cuitas. Odiaba las multitudes y las fiestas en palacio. Una especie de misantropía le hacía renunciar a todo y perderse en los bosques, quizá como única válvula de escape de un destino que no escogió y que, como a cualquier mortal, lo llenaba de angustia y desazón.

(Continuará)

domingo 10 de junio de 2007

Un paréntesis

Como puede verse, este no es un blog en el que servidor vaya contando su acontecer diario, que por otro lado es bastante normalito y escaso en emociones (cuando menos de las que gustan). Pero no deja de fastidiarme que - ahora es cuando invento la pólvora -, haya sido terminar mi etapa como freelance, volver al mundo de la empresa, y empezar a faltarme tiempo para todo.

Pese a ello, servidor no se rinde. Con menos asiduidad que al comienzo, pero pienso seguir publicando un mínimo de un post semanal. Es algo así como aquello de "me podrán robar tus días, tus noches no..." que cantaba Sabina.

Lo digo por si el nutrido grupo de dos o tres humanos que me consta que leen esto piensa que he dejado de añadir contenidos. Tranquilos, esto sigue siendo mejor que la dormidina y, además, es gratis.

El próximo post, sobre la impotencia de Enrique IV y las extrañas circunstancias que rodearon su muerte (abstenerse fans de la parapsicología).

Salud para todos.

sábado 2 de junio de 2007

La Puente Seca

Después de unos días sin asomarme por el blog, me había autoimpuesto hacerlo este fin de semana. El inicio de una nueva etapa laboral me ha tenido absorbido esta última semana y parte de la anterior.

Hoy toca hablar de Segovia. Cuantos me conocéis sabéis de mi pasión por esta ciudad e incluso algunos de vosotros me habéis hecho el honor de permitirme acercaros a ella y me habéis regalado vuestra compañía en mis frecuentes paseos por la que Enrique IV definió como "el paraíso". Son casi veinte años volviendo a Segovia porque es lo que queda cuando todo y todos pasan. Se me hace inevitable pensar en que habrá muchos más post dedicados a la ciudad de la luz -sí, sé que 'oficialmente' el apelativo corresponde a París, pero a mí me gusta ponerlo en duda, qué le vamos a hacer-.

Aquam ductus. Es casi inevitable que a la mente de muchos acuda la imagen del acueducto romano como icono indiscutible de la ciudad de Segovia. No deja de tener su justificación, pues es una de la obras de ingeniería civil romana mejor conservada de este período. Otra cosa es que la bella ciudad segoviana merezca ser celebrada por otras tantas sorpresas con las que obsequia al viajero que decide ir descubriendo sus maravillas en cada visita.

Es posible que haya una gran diferencia entre “pasar por” y “haber estado en”. Para lo primero basta apuntarse a una excursión organizada, o ir a Segovia sin más pretensión que la de ver Acueducto, Catedral y Alcázar (casi siempre en este orden) y degustar con mayor o menor fortuna para el paladar y pesar para el bolsillo un menú turístico al uso. Para lo segundo, se precisa cierto gusto por darle a cada cosa su tiempo. Algo así como entender que el disfrute de una ciudad en su plenitud no se logra sino regresando a sus calles, sin más objetivo que lo que dé de sí la el bagaje de cada jornada. Y así, atesorar en el recuerdo el goce de los sentidos.

Entendiendo que viajeros de una y otra especie suelen comenzar sus itinerarios aquí, es por ello por lo que dedicamos este post al Acueducto y a su plaza, la plaza del Azoguejo. Azoguejo. Curioso nombre. Según las etimologías del mismo, quiere significar plazuela donde se organiza un mercado. Zoco chico o bien “azuque”, parece ser que tanto en sus raíces hebreas como musulmanas, viene a decir lo mismo. Podemos evocar la imagen de un día de mercado, con sus puestos llenos de comerciantes de ganado, paños, pieles, legumbres, hortalizas….. y también los inevitables pícaros que ya describiese Cervantes en alguna de sus obras merodeando el lugar. Tal era el ir y venir en una plaza de la época, cuajada de rufianes dispuestos a engatusar a todo aquel que se prestase a ello.

Si bien los rufianes han pervivido a lo largo de todas las épocas, lo cierto es que mercaderes y ganapanes han cedido su sitio a legiones de turistas que contemplan, maravillados, el prodigioso acueducto, conocido por muchos segovianos como “la Puente Seca”. Su función era (hasta hace muy poco) abastecer de agua a la ciudad. Tiene su origen en la sierra, y comienza a hacerse visible en la ciudad en los dos decantadores en los que se purifica el agua, culminando casi 15 Km. de recorrido. De su procedencia romana nadie duda hoy en día, pero no siempre fue así. Acudamos a la Crónica de Diego de Colmenares, elaborada por el párroco de San Juan de los Caballeros en el siglo XVII. En ella intenta esclarecerse el misterioso origen de esta construcción. Teniendo en cuenta que en esa época tenía mucho predicamento la teoría que adjudicaba a Hércules la fundación de la ciudad, se pensaba que era de fábrica egipcia. Sí, leéis bien, egipcia. Colmenares aducía que la colocación de los bloques se asemejaba a la técnica empleada en los grabados existentes en la época de las pirámides egipcias. Para apoyar su argumento, concluye que al no apreciarse en la estructura ningún rasgo propio de los órdenes clásicos (dórico, jónico y corintio) no podía adjudicarse a los romanos su construcción. Aún así, y aunque sea para denostar sus teorías, recoge las opiniones de los defensores del pasado romano del acueducto. Hay que observar que estas crónicas se escriben en pleno reinado de Felipe IV para que no dejen de sorprendernos estos planteamientos.

Ni que decir tiene que el tiempo quitó la razón Colmenares, pues convencionalmente se fecha la construcción del acueducto hacia el s. I d.C, en época de Trajano. Un argumento a favor de esta teoría se basa en las extraordinaria actividad urbanística que se asocia al emperador de origen hispano (fue el primer emperador de origen provinciano en la Historia de Roma).

Lo que sigue pesando en el ánimo de no pocos estudiosos es el por qué de la construcción de esta impresionante obra de ingeniería, que lleva el agua del Acebeda hasta los mismos pies del Alcázar, en cuyos cimientos se han hallado sillares graníticos coetáneos a los del Acueducto. De cualquier forma, el enclave segoviano tuvo que ser mucho más importante para los romanos que la simple población bárbara que cabe imaginar que hallaron a su llegada. Quizá la privilegiada posición que ocupa el macizo de caliza sobre el que se asienta el Alcázar mereciera tal esfuerzo.

Sea como fuere, se necesitaron 20.400 piezas de granito para erigirlo, engarzadas en un genial sistema de empujes que permitió que para colocar sus piezas no se necesitase ninguna clase de mortero ni cemento alguno. Las piedras están colocadas una sobre otra y son los empujes que experimentan entre ellas las que han mantenido durante dos mil años la estructura en pie hasta alcanzar los casi 30 metros de altura en su parte central. Ciento veinte pilares sustentan los 166 arcos que lo forman. En el tramo central y bajo las hornacinas pueden contemplarse los restos de una inscripción en la que se piensa que se fecha la construcción del acueducto. Se perdieron en el siglo XV y, desgraciadamente, no quedó constancia de lo que en ellas podía leerse. Es por ello por lo que, a fecha de hoy, con respecto a este asunto tenemos que movernos en torno a simples conjeturas. Curiosamente, uno de los argumentos para desacreditar el origen romano que usaron Colmenares y sus partidarios fue que si fuera obra romana, cualquier texto hubiera sido esculpido en la piedra, pues no era común que los romanos usaran letras de metal para significar el momento de la construcción de sus obras.

Volviendo a lo evidentemente cierto, observemos los orificios que proliferan en los viejos sillares. Se hicieron para facilitar que pudiesen ser recogidos y elevados por las tenazas de las grúas que los colocaron en el sitio que hoy ocupan. En cuanto a los arcos, el viajero paciente que pasee a lo largo de la trayectoria del acueducto descubrirá que los últimos tramos que se observan al alejarse de la plaza, dejando a las espaldas el casco viejo, son apuntados. Pertenecen al tramo que sufriera los ataques del rey de la taifa toledana Al-Mamún. No fueron reconstruidos hasta el siglo XV, siendo el prior del Monasterio del Parral el autor de dicha reforma. Ya entrado el siglo XVI, se colocaron en las hornacinas que un día ocupasen divinidades paganas las estatuas de San Sebastián y de Nuestra Señora del Carmen.

Pasado el Azoguejo, el acueducto de integra en la mole del caso antiguo haciendo su entrada por el Barrio de los Caballeros. Queda en el ánimo del viajero subir los tramos de escalera que conducen hasta allí. El premio es una magnífica vista de la ciudad y una memorable, y no menos típica, fotografía del monumento.