domingo 7 de octubre de 2007

Y la Villa se hizo Corte...

Después de unos días sin asomar por ‘La Fortuna’, retomo el firme propósito de mantener este rincón de saberes inútiles que es vuestra casa.

Hoy vamos a hablar de una cuestión sobre la que se ha escrito mucho y de la que poco o nada se sabe a ciencia cierta. Como sabéis, Madrid pasó a ser Corte en 1561, a instancias de Felipe II. Hasta la fecha, la Corte era itinerante, de tal forma que los antecesores del ‘Rey Prudente’ no conocieron residencia fija y fueron estableciendo sus cortes según los acontecimientos lo requiriesen.

De cualquier forma, antes de que Felipe se decantase por asentar la inmensa maquinaria burocrática que regía el Imperio en una ubicación concreta, era Toledo –por prestigio y significado simbólico –la urbe más importante como referencia. No hay que olvidar que era la Sede Primada – con este nombre se distingue a la más antigua de España-, con lo que eso suponía en un momento en el que el Arzobispado de Toledo era, tras la Corona, la institución más influyente en un Imperio que se enorgullecía de ser el paladín de la fe católica en Europa y el mundo.

Pero vayamos por partes. Es sabido que Carlos I, padre de Felipe, fue un Emperador viajero. No solía permanecer demasiado tiempo en una ubicación concreta, y gustaba de acudir con sus tropas a las zonas de conflicto. En realidad, podríamos decir que fue el último de nuestros reyes con un concepto ‘medieval’ de su mandato. El último de nuestros reyes guerreros. Y, sin embargo, hay teorías muy interesantes que le hacen el auténtico promotor de esa inmensa estructura burocrática que terminó siendo la Corte española y su gobierno.

Se sabe que Carlos padecía prognatismo – rasgo característico de los Austrias perfectamente visible en todos sus retratos-. Esto es, poseía una mandíbula inferior más desarrollada de lo normal. Esto provocaba un desajuste que se traducía en una cierta dificultad para pronunciar correctamente. Si a esto le unimos que el Emperador no sabía ni una palabra de castellano cuando fue coronado, se comprende que se aficionase de inmediato a extender pequeños ‘billetes’ en los que daba con frecuencia las instrucciones a sus subordinados.

Felipe no heredó al carácter guerrero de su padre pues nunca se puso al frente de las tropas, pero sí continuó la afición por registrar escrupulosamente todo cuanto pasaba por sus manos en negro sobre blanco. Trabajador metódico e infatigable, supo estar al frente de un protocolo burocrático que terminó por acabar con la salud de alguno de sus secretarios. Este dato es sumamente importante para el asunto que nos ocupa, como veremos más adelante.

El caso es que era costumbre borgoñona elegir una ciudad como residencia del príncipe. Carlos escogió Madrid, quizá porque durante una de sus estancias en la villa, y por petición de la Emperatriz Isabel a San Isidro – que no era santo entonces pero gozaba del fervor popular- curó de unas dolencias. Se entiende el aprecio que pudiesen tenerle tanto su esposa como el príncipe por una población que no era, ni mucho menos, el ‘poblacho manchego’ que muchos quieren ver. Testimonios de la presencia y donaciones de muchos monarcas a la villa podrían atestiguarlo, pero se nos escapa del objetivo de esta entrada.

Eso supuso una reforma del viejo Alcázar sobre el que hoy se asienta el Palacio Real, para adecuarlo a las exigencias de una residencia regia, así como la compra por parte del príncipe de los solares adyacentes, que hoy llegarían hasta la Casa de Campo.

Sea como fuere, en 1558, siendo ya rey, Felipe II recibió en audiencia al Duque de Feria, entonces embajador en Londres. A él le dice que era conveniente que la Compañía de Jesús fundase casa en Madrid, y se cree que el rey ya dejó ver que esta entonces villa, iba a adquirir una importancia que hacía necesaria la fundación de una casa jesuita.

De cualquier forma, si algo nos sorprende –ahora es cuando toma toda su importancia el carácter de burócrata recalcitrante del rey-, que no haya ni una sola anotación al respecto en los pormenorizados archivos de la época. Parece una decisión tomada por el mismo rey sin admitir la opinión de nadie ni suscitar debate alguno. Parece increíble que no haya rastro alguno del origen ni los motivos de una decisión que condicionaría la historia de España.

Claro está que si la capital se asentaba en Madrid, el rey escapaba de la órbita directa del Arzobispo de Toledo y su influencia. A esto habría que sumar la extraordinaria calidad de las aguas y la abundancia de caza por aquel entonces.

Si se quiere, Madrid siempre fue encrucijada de caminos desde la Hispania romana, y se situaba a media distancia de Sevilla y Barcelona, o lo que es lo mismo, de la España atlántica y la mediterránea.

Lo que sí que podríamos descartar, en mi humilde opinión, es que así pudiese supervisar las obras de El Escorial. Más que nada porque la decisión de dónde ubicar el Panteón Real sí que está documentada, concretamente en 1562. Es decir, un año después de la capitalidad de Madrid y cinco años después de la famosa entrevista del rey con el Duque de Feria.

En fin, no deja de ser un pequeño misterio de grandes repercusiones. Probablemente siga excitando la curiosidad de todos aquellos que siguen indagando al respecto, como también es posible que nunca lleguemos a conocer las causas reales de la decisión de Felipe II.

2 comentarios:

laury dijo...

Perdón por mi ignorancia, pero... ¿en que plano quedó Toledo después de este cambio tan grande en Madrid?¿dejó de ser importante?

Rober dijo...

Sí, se puede decir que la decadencia de Toledo comienza realmente en este momento.
Pero decadencia económica y política, aunque siempre siguió contando con ese halo de ciudad imperial; y su Arzobispado sigue siendo, hasta nuestros días, el referente espiritual de la comunidad católica de España.
Por tanto, creo que ha pasado, con los siglos, a ser un referente espiritual, cultural, simbólico...