miércoles 19 de septiembre de 2007

Medinaceli

A oídos de servidor ha llegado que uno de los escasos seres humanos que alguna vez asomaron por este rincón se dispone a visitar Medinaceli. Para honrar tan ilustre periplo, por su destino y por quien lo realiza, adelanto la publicación de la parte de Medinaceli a la espera de completarlo con Santa María de Huerta en breve. Allá vamos.

Saliendo de Sigüenza por la carretera de Alcolea del Pinar (CM-110), en un trayecto de apenas 40 minutos divisamos Medinaceli, encaramada en las alturas que presagian una de las vistas más espectaculares de la comarca, el valle del Jalón. Desde esta elevación, sus moradores escrutaban el horizonte en aquellos tiempos en los que la villa era frontera, tiempos de ‘moros y cristianos’ que hicieron de nuestro destino un enclave fundamental en las guerras en la Marca.

Pero las primeras referencias, como en tantas otras ocasiones, hay que buscarlas en época de la Hispania romana. Hay muchas opiniones y, por tanto, polémica a la hora de identificar a Medinaceli en los mapas romanos. De lo que no hay ninguna duda es de que posee un arco atípico en España. Y lo es, entre otras cosas, por ser el único de tres vanos que ha llegado hasta nosotros. Si tenemos en cuenta que Medinaceli está a una altitud más que respetable – unos mil doscientos metros-, y que nos topamos con él en la última curva del ascenso, si la intención era la de impresionar a los visitantes fue una decisión acertada. Suele fecharse su construcción entre los siglos I y III d.C.

La etimología o el origen del nombre de Medinaceli lleva provocando agrias disputas desde hace muchos años. Hay quien quiere ver en ella una extraña mezcla que sugiere 'la ciudad del cielo' -incluso en los versos de Gerardo Diego que decoran la plaza en forma de azulejo puede verse- y hay quien apuesta, los más últimamente, por un origen árabe pero al transformar el nombre de la antigua villa romana de Occilis.

Las excavaciones llevabas a cabo en el siglo pasado – el XX, que servidor tampoco termina de acostumbrarse -, sacaron a la luz diversas villas romanas con abundancia de mosaicos, sobre los que existe un museo en la villa.

Ya con el Islam, fue pieza fundamental de la llamada Marca o Frontera Media, desde la que los musulmanes podían hostigar a los reinos castellano y navarro replegándose después a esta guarnición casi inexpugnable por su privilegiada posición natural.

Sobre la antigua alcazaba se yergue en la actualidad cuanto queda del castillo cristiano, que hoy hace las veces de cementerio. Pero antes de la conquista cristiana hubo un personaje fundamental en esta historia, Almanzor o Al-Mansur (‘El victorioso’) quien encontró la muerte tras la batalla de Catalañazor, en 1002.

Rodrigo Díaz de Vivar fue señor de varias posesiones en la comarca como San Esteban de Gormaz o Berlanga, y Medinaceli aparece citada en el Cantar, por ser uno de los caballeros musulmanes a los que se enfrenta oriundo de allí. Sin embargo, y aunque cuando vemos el escudo de armas de Medinaceli aparezca un caballero, se supone que éste no es sino Alvar Fáñez Minaya, sobrino y lugarteniente de Don Rodrigo.

Medinaceli fue condado a partir del s. XIV, pues era posesión de descendientes directos del infante Don Fernando de la Cerda, que murió sin poder acceder al trono que ocupase Sancho IV. Los Reyes Católicos lo convirtieron en Ducado y los Medinaceli pasaron a ser una de las estirpes nobiliarias más importantes de España. Es conocido y contado en muchas crónicas el privilegio que ostentaban los Duques de Medinaceli de que nadie pudiese colocar nunca ningún blasón frente al suyo en edificio ni lugar alguno.

Son los Duques los que construyen la Colegiata que puede verse, en cuyo interior se venera al Cristo de Medinaceli. Y ya que el Pisuerga pasa por Valladolid, el Cancionero del Duque de Medinaceli es una de las selecciones de piezas musicales renacentistas claves en la historia de nuestra música. Recomiendo especialmente la versión de, cómo no, Jordi Savall. Tampoco hay que dejar de pasar por el Palacio Ducal, casa solariega de los Medinaceli.

Y, por cierto y muy curioso, en sus calles puede verse al antepasado árabe de nuestras neveras: el pozo. El pozo árabe, era, en época del Islam, una especie de bodega o aljibe situada en la parte más fría del pueblo. Allí se conservaba la nieve que enfriaba líquidos y alimentos.

Es sorprendente como Medinaceli ha ido adaptándose en los últimos años a los nuevos tiempos, asumiendo el turismo como parte fundamental de su progreso. Desde la primera visita que hice -allá por los primeros noventa - hasta hoy, la villa está incluida en al Mancomunidad de Turismo de Duero-Jalón, cuenta con el Museo del Mosaico y un Centro de Recepción de Visitantes, como tantos que proliferan hoy en día por las zonas más turísticas del interior. Allí podréis aprovisionaros de mapas, folletos e información útil e interesante.

Pero si un bien tiene Medinaceli es la autenticidad de su trazado medieval, sus antiguas puertas y su plaza, además de ser un magnífico balcón para dejarse embelesar por cuanto abarca la mirada.

Siguiente y última entrada: Sª Mª de Huerta.

1 comentarios:

Alatriste dijo...

Pinta bien la visita, son varias veces las que he pasado con el coche por allí pero nunca terminaba por decidirme en hacer un alto en el camino. Tal vez la próxima vez no me lo piense.