jueves 9 de agosto de 2007

El rey sin cabeza


Antes de que -en otra demostración de la salud del sistema- se nos eche encima algún juez ocioso, conviene decir que el titular de esta entrada nada tiene que ver con el 'primero de los españoles'. Aunque en honor a la verdad, reyes con cabeza desde Carlos III... Así, a bote pronto...

En fin, la historia de hoy se remonta mucho antes, al tiempo de los llamados Austrias Menores. Concretamente al reinado de Felipe IV, el ministerio de Olivares y el lento e implacable apagarse de ese gigante viejo y enfermo de sí mismo que era el Imperio Español, que lo hubo pese a quien pese.

Pietro Tacca había esculpido una estatua ecuestre para el padre del rey Felipe, el Tercero. Es la que hoy pude verse en la Plaza Mayor de Madrid. La misma bajo cuyo caballo -y más concretamente bajo sus atributos- se quedaba en los felices ochenta, cuando era cosa común quedar en la Plaza Mayor. "Debajo de los cojones del caballo", decíamos. Espero que se me perdone la grosería pero ahora que cada vez es todo más frío, correcto y gris, paso frente a la estatua, no puedo evitar acordarme del dicho y de aquellos años.

El caso es que a Felipe se le antojó una estatua, ya no al trote como al de su padre, sino con el caballo a galope tendido. Se llamó a Tacca para que aceptase el encargo y a éste se le planteó una dificultad aparentemente insalvable. No había hasta la fecha estatua alguna con los cuartos delanteros levantados. Dice la leyenda que la solución al problema se la proporcionó nada menos que Galileo.

Superado el inconveniente y en un par de años, llegó a Madrid el molde de la estatua. Dicen que el rey llamó a Velázquez para conocer su opinión acerca de la obra. El pintor de cámara vino a decirle que era un magnífico retrato de caballo pero un mediocre retrato de rey. Desanimado, Felipe se fue haciendo a la idea de que se quedaba sin estatua, cuando Velázquez le sugirió una solución.

Le propuso la contratación del escultor Montañés, amigo de Velázquez. El rey preguntó si era artista joven pues nunca había oído hablar de él. Don Diego le dijo que era hombre de sesenta años y muchos de oficio. Fiándose de su palabra, el rey mandó llamar a Montañés y éste se puso manos a la obra realizando un molde policromado de la cabeza de Felipe. El caso es que hubo que decapitar la estatua para que se pudiese hacer el molde con las proporciones correctas. Así, la obra anduvo descabezada por los sótanos de palacio de forma que no tardaron, incluso los bufones del rey, en hacer mofa del asunto.

Terminado el molde y con la aprobación del rey y de Velázquez, se procedió a hacer el vaciado, enterrando la estatua en el Campo del Moro y vertiendo el metal líquido, habiendo de esperar un mes a que se enfriase convenientemente. Cuando se extrajo, acudió Montañés buril en mano para dejarla pulida y exenta de imperfecciones.

Una vez acabada, Montañés quiso regresar casi de inmediato a Sevilla, no sin antes saber que su amigo Velázquez le había dedicado un retrato en el que aparece trabajando en el molde de la cabeza de Felipe IV. Este retrato aún puede verse en el Museo del Prado.

Por eso a esta estatua se le llama también la de los cuatro genios, pues en ella, de una u otra forma intervinieron Velázquez, Tacca, Montañés y Galileo. Su ubicación original fue en el Retiro, llevándola Isabel II (personaje de infausto recuerdo al no vamos a otorgar enlace alguno) a su emplazamiento actual. La foto está hecha por servidor hace apenas una horas, por lo que el delito está reciente.