lunes 23 de julio de 2007

Patinir, el 'buen pintor de paisajes'.

Por fin he podido ver la exposición que, desde el 3 de julio y hasta el mes de octubre, dedica el Museo del Prado a la pintura de Joachim Patinir.

Antes de nada, tengo que decir que es mejor entrar –siempre es mejor escoger este acceso – por Murillo en vez de Goya. En Goya hay unas colas que no se dan en la puerta de Murillo, que es la que está junto al Jardín Botánico. Si os decidís a visitar la exposición, os ahorraréis muchos minutos al sol accediendo por esta puerta.

Mucha gente. Quizá porque es domingo y el acceso al museo es gratuito, quizá por el turismo, por la proximidad de las vacaciones… de todo un poco. En un principio, ver El Prado así de lleno es motivo de satisfacción para cualquiera. Significa que todavía somos capaces de sustraernos por unas horas de Cachulis, Pantojas, triunfitos y caspa de diversas procedencias y hacer que cierto tipo de ocio llene nuestras horas. De ese que nos hace mejores personas.

Con ese ánimo entré en la exposición. Pero se tarda poco en volver a descubrir que el hecho de que un grupo de seres humanos decidan pasar una mañana dominical admirando pinturas flamencas no garantiza el no terminar frustrado por los malos modos y la falta de educación del personal. Codazos – como el que se llevó servidor en el estómago, obsequio de un espécimen de ‘troll’ perfumado con Channel y embalsamado por L’oreal-, empujones y pisotones varios. Los espacios expositivos son precisamente eso, espacios. Ordenados, concebidos por unos señores que estudian para ello y que intentan hacer más fácil y agradable la visita. Claro que para ello tienden a sobrestimarnos pensando que asumimos esa ley no escrita de circular por nuestra derecha, de no saltarnos la cola ni el orden cuando nos apetezca e irrumpir en el espacio que se presta a ocupar otro ser humano que lleva minutos de paciente espera para poder hacerlo. Que no sirve la ley del empujón y del ‘yo lo valgo’. Pues nada, eso sí, somos borregos ‘ilustrados’. Carentes de todo tipo de educación – de la que se aprende en casa- pero, eso sí, de lo más ‘in’.

Pero vamos a lo que cuenta, que no es sino Patinir. Está considerado como el precursor de la pintura de paisajes, que hasta la fecha sólo era un elemento más en la composición de los temas. Con alguna precisión, podríamos decir que Joachim Patinir fue el artífice de que el medio, la naturaleza, el paisaje en definitiva, pasase a ser un clásico dentro de la historia de la pintura. Durero, al que conoció personalmente y al que tomó como referente en algunos aspectos de su obra, lo definió como ‘el buen pintor de paisajes.

Quizá lo que más impresiona es la atmósfera de los cuadros. Usando para ello franjas de colores, Patinir logra una embaucadora sensación de profundidad. La línea del horizonte se sitúa en la parte superior de la composición, de tal forma que le resta mucho espacio para describir unas escenas basadas en unos temas que necesariamente deben transcurrir en parajes naturales. San Jerónimo, Caronte, la huída a Egipto… son buenos ejemplos de ello.

Así, en los cielos siempre hay una tormenta en ciernes en contraste con un cielo que se despeja. Quizá una alegoría de la dualidad de la vida, del bien y del mal, presente en su obra. El horizonte lo marca una franja blanca que sugiere la presencia de una luz crepuscular que parece sugerir que ésta se encuentra tras los confines de la tierra.

Las rocas. Tomadas de la región de origen del pintor. Son hiperrealistas, pero dispuestas en formas imposibles que les dan un dinamismo impropio. Es curioso que muchos pintores flamencos como Patinir o El Bosco, jamás saliesen de su patria y fuesen capaces, a la vez, de reinterpretar el paisaje para narrar mundos imposibles y fascinantes. Los tonos más cercanos al espectador son los colores marrones de la tierra.

Otro dato curioso es que de la casi treintena de obras que se conservan de Patinir, en todas haya habido intervenciones ajenas. En una sociedad que gustaba de coleccionar pintura y pagar bien por ello, se impuso la elaboración especializada. Mientras que Patinir era un especialista en paisajes, no duda en colaborar con otros maestros que lo son pintando figuras (por ejemplo en ‘Las tentaciones de San Antonio Abad’, que ilustran esta entrada). En realidad era un proceso de producción minucioso en el que cada cual asumía su especialidad. Incluso ‘Patinir’ era el sello de garantía de las obras que salían del taller, aunque muchas veces la intervención del maestro se redujese a decidir la composición y a supervisar el proceso añadiendo algún retoque final.

De lo que no cabe duda es de que fue un pintor reputado pues el mismo Felipe II atesoró las obras que hoy podemos admirar en el Museo del Prado como parte de esta exposición.

En fin, atmósferas fascinantes, composiciones brillantes y una paleta de colores irrepetible (esos azules…) hacen de Patinir una exposición a la que uno puede acudir con la certeza de terminar sintiendo que se ha hecho un hallazgo digno de ser recordado. Y es gratis.