sábado 21 de julio de 2007

Cabo Trafalgar

Mucho se ha escrito acerca de la escasa afición que tenemos los españoles acerca de nuestra propia historia. Lo cierto es que es un fenómeno que, según se mire, puede encontrar su razón de ser en motivos tan sencillos como a la vez complejos.

Si los momentos brillantes -que los hubo- no merecen la atención del español medio, aquellos trágicos o desafortunados forman parte de un legado que malvive, apolillado, en el desván de la memoria colectiva.

Hace casi dos años se cumplieron doscientos del episodio de Trafalgar. Fue un punto de inflexión a partir del cual España perdió la supremacía naval en el Mediterráneo y abandonó el grupo de superpotencias, en el que quedaron frente a frente ingleses y franceses.

Manuel Godoy, ministro de Carlos IV, intentó caminar sobre el alambre consiguiendo algo en lo que siempre se fracasa, quedar bien con todos. Al final no tuvo más remedio que plegarse a los deseos de Bonaparte y entrar en guerra con los ingleses tras firmar un pacto de alianza en unas condiciones claramente onerosas para los españoles. En aquel entonces, España aún contaba con una formidable Armada. Los buques construidos en Cuba eran los mejores del momento y el Santísima Trinidad - buque insignia y el más grande de la época - causaba admiración y respeto en toda Europa. Por tanto, todavía podíamos disputarle a los ingleses el dominio del mar, pero nuestro ejército de tierra no estaba en condiciones de plantar cara a los franceses, quizá también por esto Godoy decidiese postrarse ante Napoleón.

El problema de los barcos de la Armada fue que no había personal para mantenerlos ni tripularlos debidamente. En esos momentos contábamos con una excepcional generación de navegantes, militares a la vez que científicos. El mismo Churruca, muerto en la batalla al mando del 'San Juan Nepomuceno', recibió el reconocimiento de Napoleón años antes de la batalla. Eran hombres ilustrados en la guerra y en el conocimiento científico, herederos de los grandes navegantes españoles de siempre.

El problema estaba en la política de nombramientos en el alto mando. Recomendaciones, 'grandeza' de estirpe y favores pesaban más que cualquier mérito contraído en combate. Y si a esto le sumamos que era de dominio popular que la Armada española pagaba tarde, si lo hacía, y que de las pensiones era mejor olvidarse, costaba encontrar tripulaciones mínimamente cualificadas. Como muy bien cuenta Pérez-Reverte en su novela, que a fin de cuentas es a la que va dedicada esta entrada, se recurría a las levas obligatorias en hospitales y tabernas. A punta de bayoneta, cientos de individuos ajenos a todo aquello se vieron jugándose el tipo en Trafalgar. Y no les quedó más remedio que pelear con todo el valor del que fueron capaces, que no fue poco si leemos las crónicas y lo que en ellas se cita de la opinión de los militares ingleses y del mismo Napoleón.

El Emperador pensaba invadir Inglaterra y para ello trazó un plan que guardaba sus semejanzas con el que no pudo llevar a cabo Felipe II. Una maniobra disuasoria distraería a los barcos ingleses mientras el grueso de la flota pondría rumbo al Canal de La Mancha desde donde embarcarían las tropas que invadirían la isla. Sólo la megalomanía y la estupidez de Villeneuve dieron al traste con el plan. Decidió replegarse a Cádiz. Los capitanes españoles (Gravina, Churruca…) sugirieron esperar a los ingleses cerca de Cádiz, por prudencia. Lo cierto es que los franceses despreciaban a los españoles, y éstos a su vez desconfiaban de que el mediocre Villeneuve tuviese pericia alguna para desempeñar la misión encomendada.

Volvamos a las tripulaciones. Engañados por su rey y su gobierno, todavía tuvieron el coraje de dejarse la vida pensando no sólo en salvar su pellejo, sino en que lo hacían por España. Llámese desesperación o como se quiera, pero sólo es un caso más de los muchos que por aquí se han visto. Gentes abandonadas por sus gobernantes de forma infame que son capaces de jugarse el tipo por una cuestión de honor. De hechos y gentes así está hecha nuestra historia en los últimos cuatrocientos años.

A través de la figura de un buscavidas reclutado en una taberna de Cádiz, Pérez-Reverte hace un relato de la batalla en cuya receta no falta ningún ingrediente, ni en calidad ni en proporción, para hacer de ‘Cabo Trafalgar’ una novela asequible para todos. Y todo esto pese al gran esfuerzo documental que requiere una obra de estas características. Según discurre la trama vamos asistiendo a un relato exacto de los acontecimientos bajo la mirada del protagonista, que pasa de estar buscando la mínima ocasión para apuñalar al oficial que lo reclutase a formar parte de un grupo de hombres dispuestos a combatir hasta el final.

Hay una gran cantidad de términos náuticos sabiamente incorporados a la novela, de tal forma que en vez de obstáculo, pasan a ser un aliciente más que ayuda a ampliar los conocimientos de un lector al que, de buen seguro, le termina por apetecer saber qué diantres es eso de la mesana, el trinquete o la botavara.

Todo ello mezclado con expresiones coloquiales (como las alusiones a la Pantoja o el término ‘espidigonzalez’) por las que ha sido fuertemente criticado y que Pérez-Reverte concibe como un elemento más para acercar la trama la lector. Servidor piensa que, si gracias a estos recursos, Pérez-Reverte consigue nuevos lectores de historia o simplemente nuevos lectores de lo que sea, bienvenidos sean.

Sólo puedo decir que empecé a leer la novela casi indiferente, mediando la misma estaba sobrecogido y al final me descubrí una lágrima furtiva, cosa nada común en el que suscribe.

Pues eso, otra lectura recomendada para este verano. Grande, Don Arturo.

2 comentarios:

laury dijo...

Es curioso lo que se puede llegar a aprender en este blog. Apunto "Cabo trafalgar" en mi lista de cosas pendientes, junto con la visita a Almagro, Tierra de Campos...
Espero impaciente el siguiente descubrimiento que, gracias a este blog, me haces llegar.

Alatriste dijo...

A mi Cabo Trafalgar me decepciono, se ve que Reverter es marinero. Pero tenía que haberse dado cuenta que la continua alusión de esos términos naúticos en la novela, la hacían un poco complicada de leer, en ocasiones me recordaba a la novela de la Naranja Mecánica, y las explicaciones del final con el plano del mapa son muy escasas.

En definitiva Cabo Trafalgar es un libro muy farragoso para el elector común de secano.