jueves 21 de junio de 2007

Una muerte extraña (III y final)

Tercer y último post acerca de Enrique. Por varias razones. Quizá la más importante sea dar paso a otros contenidos, pues teniendo en cuenta lo poco que puedo prodigarme últimamente, la serie amenaza con dilatarse demasiado en el tiempo, bien del que todos andamos escasos, incluidos y sobre todo, los valientes que la siguen.

Habíamos dejado a Enrique a punto de acudir a los Toros de Guisando, donde le aguardaba Isabel, a fin de pactar de forma definitiva todo lo relativo a la sucesión al trono castellano. Corría el año de 1469.

Enrique acudió a la cita sin ninguna intención de defender la legitimidad de Juana. Lo cierto es que no tenemos prueba alguna de que realmente fuese hija del rey, pero tampoco tenemos ninguna prueba concluyente en el otro sentido. O bien Enrique IV sucumbió a las presiones de aquel sector de la nobleza que se decantaba por Isabel, o fu uno de sus habituales ataques de abulia, una de sus profundas depresiones, la que le hizo obrar así. Es conocida su aversión al protocolo palatino, a mezclarse con la Corte. Estaba mucho más cómodo con sus ropajes de montero, perdido en los montes, apartado de todo y de todos, en compañía de sus jóvenes amigos y de sus perros de caza. Probablemente le desagradaba profundamente la tarea de ser rey, las presiones, las demandas de los nobles… Y quizá sólo el laúd, la caza, y la compañía – amistosa o amatoria, eso tampoco lo sabremos nunca – de sus amigos cazadores acudía en su auxilio de cuando en cuando.

El matrimonio de Isabel era un asunto peliagudo. La nobleza todavía no había tenido tiempo de darse cuenta de que detrás de esa joven se escondía un carácter de hierro, y pensaron que podrían convenir un matrimonio favorable a sus intereses.

Enrique, apremiado por el Marqués de Villena, apostaba por una alianza con Portugal. El asunto no carecía de importancia, pues el elegido sería el rey de Castilla y bajo la Corona del futuro infante podría llegar a ceñirse las coronas de Castilla y Portugal.

De hecho, Enrique intentó casar a su hermanastra con el rey de Portugal. Pero en una de las cláusulas del Pacto de Guisando se decía que “el rey acordara y determinare, de voluntad de dicha Señora Infanta, con el acuerdo y consejo de los dichos arzobispos, Maestre y conde y no con otra persona alguna”.

Es decir, debía ser una decisión consensuada entre ambos. Isabel se negó en redondo e hizo público el contenido del acuerdo para que se cumpliese. Alfonso de Portugal hubo de marcharse de Castilla con la vana esperanza de que la Princesa de Asturias no contraería matrimonio con ningún otro pretendiente.

Pero por otro lado el obispo Carrillo y los Enríquez (la familia del Almirante de Castilla), parientes de la familia real aragonesa por parte de la esposa de Juan II, intrigaban para que se impusiese la candidatura de Fernando. Desde luego, Juan II se mostraba muy favorable porque podría ver como su hijo aspiraba a introducirse en Castilla. Los aragoneses bien podrían así “vengarse” del ascenso al trono de Aragón del castellano Fernando –el de Antequera- tras el compromiso de Caspe. Un aragonés en el trono de San Fernando.

Fernando era de la misma edad que Isabel, concretamente sólo un año menor. Era bien parecido, de talle atlético y según los cronistas tenía un don de gentes muy pronunciado. Resultaba muy agradable escucharlo y fueron muchos los que hablaron del influjo y el carisma del aragonés. Estos testimonios terminaron de convencer a Isabel, que creía obrar por razones de Estado. Tras la primera entrevista, ella quedó prendada de la juventud y el encanto del príncipe aragonés. Bueno, quizá a esto haya que unir el romanticismo de que Fernando cruzase la frontera disfrazado de lacayo para burlar la vigilancia, o al menos eso cuenta la leyenda.

Por ello, razones de princesa y de mujer se unieron para que al final Isabel optase por la boda con Fernando, para disgusto de Enrique. Los partidarios de Isabel decían que ella había cumplido el contrato pues se casaba con alguien de su agrado. Pero claro, faltaba el consenso con Enrique. Otro tanto hubiera podido aducir éste tras la negativa de Isabel a casarse con el rey portugués. Así que, y esto es sólo mi opinión, fue Isabel la única en romper el pacto ‘de hecho’.

Por tanto, roto el Pacto, Enrique volvió a reconocer a su hija como heredera. Ante los hechos consumados, incluso llegó a haber una posterior concordia entre Isabel y Enrique, escenificada con un paseo en sus monturas por las calles de la querida Segovia de Enrique.

Lo cierto es que un día, tras volver de cazar, Enrique se siente repentinamente indispuesto y muere de una forma fulminante. Su cuerpo no es amortajado y en el estudio de Marañón puede verse que fue enterrado con ropas de caza. Esto no es nada usual tratándose de un rey. Transportado en unas parihuelas, su cuerpo fue apenas cubierto por un lienzo y transportado rápidamente a una sepultura casi escondida en el Monasterio de Guadalupe. Ni una celebración, ni un acto público.

Mientras, Isabel estaba en Segovia, en su Alcázar. Súbitamente, y sin esperar a Fernando que estaba al tanto de los asuntos aragoneses, salió del Alcázar precedida por Gutierre de Cárdenas, que sostenía un mandoble asido por la hoja, ritual de la proclamación de un nuevo rey. Lo hizo en lo que hoy es la Plaza Mayor de Segovia y antes era San Miguel, reconstruida mucho tiempo después en su actual emplazamiento.

Esto provocó una profunda división en la nobleza, unos reconocieron a Isabel y otros a Juana, la Beltraneja. Curiosamente el obispo Carrillo, una de las personas que más y mejor trabajó para lograr el matrimonio con Fernando, acabó del lado ‘portugués’. Isabel no había tardado en dar una muestra de lo que podían esperar de ella tras nombrar a su confesor –Fray Hernando de Talavera – arzobispo de Toledo.

La Guerra de la Sucesión supuso un enfrentamiento entre Castilla y Portugal que se saldó con victoria para las armas castellanas, en Toro.

En fin, no se trataba de hacer un panegírico a favor de Enrique. No fue un buen rey o no supo serlo, pero es un personaje tan complejo y apasionante que vale la pena acercarse a él más allá de su aparente disfunción eréctil. Desde luego, la brillante época de los Reyes Católicos no pudo producirse de la noche a la mañana, sin una simiente. Os invito a que leáis los trabajos de Julio Valdeón, Luis Suárez o el Doctor Marañón al respecto.