Pero si un aspecto de la vida de Enrique determinó su biografía y su relación con el entorno, éste fue el conyugal. Con apenas quince años se casó con Blanca de Navarra, hija de Juan II de Aragón. Así es que, cosas de la vida, Enrique era yerno del padre de Fernando el Católico, del que acabó siendo – para su disgusto- cuñado.
Existió una costumbre entre los reyes de Castilla. Consistía en que una nutrida representación de los Grandes asistía al desfloramiento de la reina en un cuarto contiguo al dormitorio real. La doncella era la infanta Blanca de Navarra y corría el año de 1540. Enrique fue incapaz de consumar el acto y, tres años después de la boda, el Papa Nicolás V anuló el matrimonio por la no consumación del mismo.
Esto cayó como una losa en la reputación de Enrique, pues como es lógico, uno de sus deberes primordiales era garantizar la sucesión de la Corona. Y aquí es donde aparece un célebre testimonio recogido por las crónicas de la época en el que varias prostitutas de Segovia afirmaron haber tenido relaciones sexuales satisfactorias con Enrique. Mientras, ajeno a todo esto, él continuaba con sus cacerías rodeado de un selecto grupo de jóvenes, encabezados por Miguel Lucas de Iranzo, a los que regalaba con privilegios y prebendas. Esto enojaba, no sólo a Pacheco, Marqués de Villena, sino al conjunto de los nobles. Y eso que Enrique empezará su reinado con la intención de contentarlos tras los desencuentros de éstos con su padre. Tanto es así que años después, su hermanastro, el infante Alfonso, fue coronado en la llamada “farsa de Ávila” donde fue quemada una efigie del rey. El pequeño Alfonso hubiese sido el sucesor a la corona de Castilla en caso de que Enrique no lograse tener descendencia por acuerdo con los nobles.
Mientras, en 1455 y en su primer año de reinado, Enrique se había casado de nuevo. Esta vez, y siguiendo la querencia portuguesa de la política castellana de la época – y los intereses de Pacheco, descendiente de portugueses, claro está- la elegida fue Juana de Portugal, mujer de extraordinaria belleza si hacemos caso de las crónicas.
Siete años después de la boda, nació una niña en palacio. Enrique IV invita a sus hermanastros, Isabel y Alfonso, a celebrar la buena nueva. Pero el partido contrario a Enrique no recibió bien la noticia. Juana, la hija del rey, se convertía en la primera en la línea sucesoria y con ello se desvanecían las esperanzas que habían puesto en el infante Alfonso, apenas un niño al que suponían poder dominar con facilidad. Por eso comenzaron a propagar a los cuatro vientos que la infanta era hija de Don Beltrán de la Cueva, favorito del rey, nombrado Duque de Alburquerque.
Una serie de revueltas provocadas por los nobles descontentos obligan al rey a firmar un tratado en el que se reconoce a Alfonso como legítimo heredero, que es casi tanto como conseguir que el rey no reconozca la legitimidad de su descendencia.
Pero el destino quiso que el joven Alfonso muriese repentinamente, después de haber ingerido una trucha empanada, supuestamente en mal estado. Quizá esta sea la primera de las muertes cuando menos intrigantes. Desde luego, esto perjudicaba a la levantisca nobleza y beneficiaba a Isabel, pues en Castilla no regía la ley sálica y, si la infanta Juana era tenida por ilegítima, a ella le correspondía el trono. Por ello, terminó por hacer firmar a su hermanastro el Pacto de Guisando, en el que Enrique IV vuelve a negar, implícitamente, la legitimidad de su hija por segunda vez.
En un próximo y último post de la serie, el desenlace. Intentaremos comprender el por qué de esta actitud del rey. Explicaremos que fue Isabel quien rompió su palabra y por tanto, el Pacto, al casarse con Fernando de Aragón, y viviremos los últimos y tortuosos días de Enrique hasta su muerte, probablemente envenenado, en 1474.
Tomé esta foto desde el lugar – el Monasterio de El Parral, construido por Villena- en el que la tradición afirma que el rey se detenía complacido y decía estar “ante el paraíso”.
Existió una costumbre entre los reyes de Castilla. Consistía en que una nutrida representación de los Grandes asistía al desfloramiento de la reina en un cuarto contiguo al dormitorio real. La doncella era la infanta Blanca de Navarra y corría el año de 1540. Enrique fue incapaz de consumar el acto y, tres años después de la boda, el Papa Nicolás V anuló el matrimonio por la no consumación del mismo.
Esto cayó como una losa en la reputación de Enrique, pues como es lógico, uno de sus deberes primordiales era garantizar la sucesión de la Corona. Y aquí es donde aparece un célebre testimonio recogido por las crónicas de la época en el que varias prostitutas de Segovia afirmaron haber tenido relaciones sexuales satisfactorias con Enrique. Mientras, ajeno a todo esto, él continuaba con sus cacerías rodeado de un selecto grupo de jóvenes, encabezados por Miguel Lucas de Iranzo, a los que regalaba con privilegios y prebendas. Esto enojaba, no sólo a Pacheco, Marqués de Villena, sino al conjunto de los nobles. Y eso que Enrique empezará su reinado con la intención de contentarlos tras los desencuentros de éstos con su padre. Tanto es así que años después, su hermanastro, el infante Alfonso, fue coronado en la llamada “farsa de Ávila” donde fue quemada una efigie del rey. El pequeño Alfonso hubiese sido el sucesor a la corona de Castilla en caso de que Enrique no lograse tener descendencia por acuerdo con los nobles.
Mientras, en 1455 y en su primer año de reinado, Enrique se había casado de nuevo. Esta vez, y siguiendo la querencia portuguesa de la política castellana de la época – y los intereses de Pacheco, descendiente de portugueses, claro está- la elegida fue Juana de Portugal, mujer de extraordinaria belleza si hacemos caso de las crónicas.
Siete años después de la boda, nació una niña en palacio. Enrique IV invita a sus hermanastros, Isabel y Alfonso, a celebrar la buena nueva. Pero el partido contrario a Enrique no recibió bien la noticia. Juana, la hija del rey, se convertía en la primera en la línea sucesoria y con ello se desvanecían las esperanzas que habían puesto en el infante Alfonso, apenas un niño al que suponían poder dominar con facilidad. Por eso comenzaron a propagar a los cuatro vientos que la infanta era hija de Don Beltrán de la Cueva, favorito del rey, nombrado Duque de Alburquerque.
Una serie de revueltas provocadas por los nobles descontentos obligan al rey a firmar un tratado en el que se reconoce a Alfonso como legítimo heredero, que es casi tanto como conseguir que el rey no reconozca la legitimidad de su descendencia.
Pero el destino quiso que el joven Alfonso muriese repentinamente, después de haber ingerido una trucha empanada, supuestamente en mal estado. Quizá esta sea la primera de las muertes cuando menos intrigantes. Desde luego, esto perjudicaba a la levantisca nobleza y beneficiaba a Isabel, pues en Castilla no regía la ley sálica y, si la infanta Juana era tenida por ilegítima, a ella le correspondía el trono. Por ello, terminó por hacer firmar a su hermanastro el Pacto de Guisando, en el que Enrique IV vuelve a negar, implícitamente, la legitimidad de su hija por segunda vez.
En un próximo y último post de la serie, el desenlace. Intentaremos comprender el por qué de esta actitud del rey. Explicaremos que fue Isabel quien rompió su palabra y por tanto, el Pacto, al casarse con Fernando de Aragón, y viviremos los últimos y tortuosos días de Enrique hasta su muerte, probablemente envenenado, en 1474.
Tomé esta foto desde el lugar – el Monasterio de El Parral, construido por Villena- en el que la tradición afirma que el rey se detenía complacido y decía estar “ante el paraíso”.

2 comentarios:
Preciosa imagen. Vaya cantidad de anecdotas que has metido en el post. Da gusto leerlas. A ver la tercera parte que tengo curiosidad por lo que le sucede a Enrique.
Los cronistas de Rosmithal decian que en Olmedo sus habitantes son peores que los mismos paganos, llevan vida impura y de sodomitas
Publicar un comentario en la entrada