Este es un artículo que publiqué hace ya un tiempo en la revista "La Dama Duende". Espero que os guste. La foto la perpetró servidor en uno de sus viajes a Granada.
No resulta sencillo dedicar la reducida extensión de este apartado de la revista a una maravilla del arte que ha alimentado la imaginación de poetas y viajeros a lo largo de siglos; bien sea tras experimentar la sensación incomparable de pasear entre sus muros o tras rendirse al influjo onírico que desprende siquiera un grabado, una descripción o fotografía en los que se recoja alguno de sus rincones.
En esta ocasión, nos acercamos al único palacio medieval islámico que ha podido llegar a nuestros días en un estado de conservación tan íntegro. Y, a la vez, a la fascinante historia de la última dinastía de sultanes que conociera el mítico Al-Andalus, los nazaríes. Su leyenda (esa que en tantas ocasiones logra eclipsar el rigor de lo sabido), permanecerá para siempre unida a la última perla del Islam andalusí. Granada.
Quizá debiésemos comenzar nuestra andadura haciendo más ligero el zurrón donde atesoramos lo visto, oído o leído acerca de la Alhambra. Y para esto, nada como deshacerse de los celebérrimos “Cuentos de la Alhambra” de Washington Irving. Durante décadas fuente de inspiración de tantos y tantos viajeros que visitan la fortaleza roja, fueron recopilados por su autor tras un pretendido esfuerzo de investigación, mientras se alojó en las estancias del Tocador de la Reina. Recientes investigaciones parecen demostrar que Irving se dedicó a remozar la obra de José Antonio Conde, publicada en 1820 bajo el título “Historia de la dominación de los árabes en España”, ocho años antes de que los cuentos del escritor norteamericano viesen la luz.
Es posible que del mito alimentado por Irving, Chateaubriand y otros tantos haya surgido el interés de muchos de los que, a lo largo de estos años, se han acercado al palacio-fortaleza de una forma más rigurosa. De cualquier manera, nosotros pensamos que la Alhambra no necesita de la cosmética de la leyenda y el mito románticos para mostrase ante nosotros en todo su esplendor.
Sería ingenuo tratar de englobar todo cuanto contiene la Alhambra en unas pocas líneas y hacerlo con rigor y justicia. Es por esto por lo que optaremos, dentro de nuestras humildes posibilidades, por dar a todo aquel viajero que desee utilizarlas, unas premisas que permitan hacer más accesible una hipotética (y siempre recomendable) visita.
Al-Ahmar Ibn Nasr. Si atendemos a lo que de él dejó escrito Rodrigo Ximénez de Rada, obispo de Toledo, en De Rebus Hispaniae, fue un caudillo local cuyo oficio de juventud fue el pastoreo. Eso no impedía que se asegurara en su entorno que provenía de una familia íntimamente relacionada con Mahoma (cosa hasta cierto punto frecuente a la hora de justificar el ascenso social de un clan en el Islam). Tras la Batalla de las Navas de Tolosa (1212), y huido a Marruecos Muhammad el Verde, se produjo un tercer período de reinos de taifas. Tras múltiples luchas intestinas, fue el partido de Al-Ahmar quien obtuvo la victoria, comenzando con ello los días de los nazaríes (descendientes de Ibn Nasr).
Cuando el viajero actual se encuentra ante la ciudad de Granada, puede apreciar dos montículos, separados entre sí por el río Genil. Uno aparece cubierto de casas enlucidas por la cal de sus paredes, y en el otro se alza el centro de todas las miradas, la inconfundible silueta de la Alhambra granadina. El primero es el Albaicín, cuya etimología sugiere una traducción similar a “el cerro de los halconeros”. En este barrio, lleno de hermosos cármenes (tal es el nombre que se les da a las casas típicas granadinas que no debéis perderos), se halla también el lugar desde el que podréis admirar uno de los atardeceres más hermosos del mundo (el mirador de San Nicolás), cuando las últimas luces del día parecen resistirse a dejar de acariciar las almenas de la ciudad-fortaleza y en su vano intento nos dejan un espectáculo cromático casi único. Al-Ahmar escogió la Sabika, o colina donde hoy se levanta la Alhambra, para colocar los cimientos de una nueva fortaleza. En este lugar ya existían las llamadas Torres Bermejas, que aún pueden contemplarse. Llamadas así por la arcilla empleada en su construcción según unos, según otros por el reflejo de las antorchas de aquellos que trabajaban en su construcción de noche. Reconstruyó la fortaleza primitiva y este fue el principio de unas obras que durarían décadas, hasta que pudo conformarse la Alhambra tal y como fue, pues lo que hoy contemplamos no son sino los restos del paso del tiempo y sus consecuencias, excelentemente restaurados por otra parte.
En principio, habría que anotar algunas características propias del arte islámico:
Se trata de un arte que, a diferencia del que se llevaba a cabo por parte de los constructores medievales cristianos, no buscaba perdurar en el tiempo. Quizá esto se deba al origen nómada de los pueblos que vieron nacer el Islam. Lo que sí que parece comprobado es que el problema de la sucesión entre los nazaríes se solventó la mayoría de las ocasiones tras un asesinato o un derrocamiento, así es que cabe pensar (como afirma Oleg Grabar), que muchos sultanes utilizasen materiales de rápida construcción pues sería posible que ni ellos mismos viesen culminadas sus propias reformas debido a la constante inestabilidad política.
Gracias al uso de materiales como la escayola y el yeso, pudo el arte islámico abordar ese estilo tapizante que lo caracteriza. Formas geométricas o vegetales que cubren los muros, debido a la prohibición de representar seres vivos marcada por el Corán (se considera una herejía asumir funciones creadoras que sólo le competen a Allah).
La Alhambra, como otros muchos edificios islámicos, habla. Los palacios nazaríes están llenos de poemas caligrafiados a la altura de los ojos del visitante. Suras del Corán, alabanzas a los sultanes, fórmulas piadosas (como “Sólo Dios es vencedor”, que fue el lema de la dinastía). Aquellos que no sufran la barrera del idioma, deberían poder caminar por la Alhambra con la serenidad que da el comprobar que cada muro está contando algo relacionado con la estancia que se visita. Anotemos este dato: los calígrafos eran los más respetados de entre los artistas en la sociedad islámica pues a través de ellos se divulgó el Corán (El Libro), revelado por al arcángel Gabriel a Mahoma. Si a esto le unimos la prohibición de representar formas vivas, la caligrafía islámica como expresión artística adquirió unas formas de un refinamiento sin igual. Desgraciadamente, lo más normal es que los trazos de la escritura nesjí pasen desapercibidos entre el ataurique (decoración de figuras en yeso) de las paredes para una gran mayoría de los turistas.
Como muestra, vamos a transcribir la traducción de un poema de Ibn Zamrak, considerado como el más brillante de los poetas de la corte nazarí junto a Ibn Al-Jatib e Ibn Al-Yayyab. Encontraremos versos de estos tres poetas en toda nuestra visita. Hemos escogido el que puede leerse en la puerta de la maravillosa Sala de Comares o de Embajadores, traducido por el insigne arabista Emilio Gómez:
«Soy corona en la frente de mi puerta:
envidia al Occidente en mí el Oriente.
Al-Gani billah mándame que aprisa
paso dé a la victoria apenas llame.
Siempre estoy esperando ver el rostro
del rey, alba que muestra el horizonte.
¡A sus obras Dios haga tan hermosas
como son su temple y su figura!»
Al-Gani Billah fue el sobrenombre que tomó Mohamed V tras su victoria frente a los cristianos en Algeciras, en 1369.Y es que junto a Yusuf I, Mohamed V es el artífice de lo que hoy son los palacios nazaríes, que no abarcan sino las partes más universalmente celebradas del recinto como, por citar algunas, el Cuarto de los Leones o el Cuarto de Comares con sus excepcionales y encantadoras estancias, impregnadas de un apasionante pasado que parece aguardarnos tras cada puerta para obsequiarnos con irrepetibles juegos de luces en sus cúpulas de mocárabes o con el reparador susurro de las fuentes que convierten el agua en un protagonista más del festín que supone para los sentidos la pausada visita a estos rincones.
Si se tiene la suerte de pasear apartándose del bullicio, los flashes y las burdas maneras del grueso de los turistas uno acaba por darse cuenta de que los accesos y sus destinos (el alzado del impresionante Cuarto Dorado da buena fe de ello) no dejan de ser algo imprevisibles. Lo cierto es que pese a haberse estudiado detenidamente la planta del conjunto, ésta parece resistirse a un orden preconcebido, así como es realmente difícil establecer una cronología exacta en el desarrollo del palacio. Son estas incógnitas que llevan acaparando el interés de los estudiosos en las últimas décadas. Sea como fuere, son las ganas de disfrutar de una jornada irrepetible las que han guiado nuestros pasos hasta aquí. Dejemos esas cuestiones para aquellos que nos premian con su esfuerzo y su trabajo.
Y justo ahora que acabamos de hacer una apuesta firme para que sea el mundo de las sensaciones el que marque los tiempos de nuestra estancia en la Alhambra, podemos dar un paso más en este sentido e intentar comprender siquiera un ápice de la carga de simbolismo del conjunto, aunque sólo sea para comprobar que el mito no reside en la obra de los románticos ni en sus interpretaciones sino que ya vivía en el pensamiento de aquellos que concibieron espacios, volúmenes y decoraciones hace más de seiscientos años.
El Islam, como muchos sabéis, es una de las tres grandes religiones monoteístas. No es excluyente en cuanto a que acepta revelaciones anteriores a sí misma (judaísmo y cristianismo), pero afirma que Mahoma era el profeta predestinado a completar a los anteriores (como el mismo Cristo, asimilado por la tradición islámica como el profeta Issa. Curiosamente, en Al-Andalus se celebró durante mucho tiempo la fiesta de la Navidad). Así, los andalusíes llamaban al conjunto de creyentes de las tres religiones que se practicaban en la Península qitabíes o “Gentes del Libro”. Fruto de esto, el simbolismo de los espacios arquitectónicos de la Alhambra también está impregnado de este conocimiento.
Pongamos por caso la famosa fuente del Patio de los Leones, probablemente, una de las imágenes más repetidas y admiradas del conjunto. Los leones que sostienen la taza (labrada en el siglo XIV) no son coetáneos de la misma. Se tiene por cierto que fueron esculpidos en el siglo XI, y que probablemente estuvieron ubicados en el antiguo palacio de los reyes ziríes de Granada. Bargebuhr descubrió un poema compuesto por Slomo Ibn Gabirol, poeta hebreo al servicio de los visires judíos que en Granada existían en esos tiempos. Sea un espacio imaginario, como afirma Oleg Grabar, sea un retrato de un enclavamiento de gran similitud, como sostiene Bargebuhr, podemos comprobar que:
“Hay un copioso estanque que semeja
al mar de Salomón ,
pero que no descansa sobre toros;
tal es el ademán de los leones,
que están sobre el brocal, cual si estuvieran
rugiendo los cachorros sobre la presa;
y como manantiales derraman sus entrañas
vertiendo por sus bocas caudales como ríos”
Nos encontramos con el mito del rey Salomón y el mar de metal fundido que podía admirarse en su palacio. Este mar estaba sostenido por doce toros.
De cualquier forma, puede observarse que los patios ajardinados son de dos tipos. Los que son cruzados transversal y horizontalmente por canales de agua quieren simbolizar los cuatro ríos del paraíso bíblico, caso del patio de los Leones. El patio de los Arrayanes, por ejemplo, posee una gran acequia en al que se refleja la Torre de Comares y su majestuosa galería que le sirve de acceso. Salomón es omnipresente en la tradición no sólo hebrea sino también musulmana y cristiana como paradigma del príncipe. En el caso de este estanque del patio de Arrayanes (llamado así por su vegetación, formada por mirtos o arrayanes). Cuando Salomón recibió a la Reina de Saba, creó para ello un suelo de cristales preciosos y de tan vivos reflejos que la Reina subió ligeramente su vestido por temor a mojarse. La búsqueda del reflejo que proporcionan estas extensiones de agua bien podría ser a la vez una alusión más al palacio de Salomón, que por otro lado construyó para la Reina un trono de oro sostenido a su vez por...doce leones. Es obvio que estas no son las únicas razones de la presencia del agua en la Alambra, sobre todo para un pueblo como el musulmán, que le confiere al agua un valor fundamental como símbolo de vida, habiendo hecho un uso cotidiano de la misma y, a la vez habiendo sabido elevar a la categoría de arte su integración como un elemento más en las arquitecturas, para absoluto deleite de cuantos pasean por ellas.
Hasta aquí esta sucinta y apresurada aproximación a algunos detalles de Qalat Al-Hamra. Intentaremos zafarnos del hechizo de las pasiones y pondremos punto y final llegados a esta altura. O quizá punto y aparte, porque os invitamos efusivamente a que seáis vosotros mismos los que percibáis vuestras propias sensaciones (desaconsejamos enérgicamente el uso de audioguías para ello) en una próxima y acertada visita a la fortaleza roja y sus maravillas.
2 comentarios:
La Alhambra es preciosa, en estos momentos no se pueden ver los leones ya que se estan restaurando.
El único inconveniente es el madrugon que uno debe darse si quiere coger la entrada en el día, por el precio asequible 10 euros esta bien, si lo comparamos con los ocho de la mezquita de Córdoba, o los seis de la catedral de Toledo.
Lo mejor es sacarlas vía internet con algo de antelación para evitarse colas o que esté lleno. Pero si hay que esperar se espera lo que haga falta :-),
Don Diego, le recomiendo dos cosas: una que haga la visita nocturna. Y dos, que se arme de paciencia, deje pasar al ganado vociferante (a algunos les apagan la luz y vuelven a la infancia) y disfrute de la hora restante de visita a los palacios nazaríes.
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