
Esto de llevar muchos años visitando ciertos lugares de forma recurrente tiene sus ventajas. Sobre todo, cuando uno ha ido desgranando los rincones de una ciudad a lo largo del tiempo, desaparece por completo el agobio del turista. La prisa por llegar a cualquier sitio. Además, soy de los que nunca renuncia a una conversación interesante con las gentes del lugar, porque ellos pueden ofrecerte una visión mucho más real de las cosas, mucho más auténtica, que la de cualquier guía al uso. Vivimos a velocidad de vértigo, llevamos la prisa allá a donde vamos y por eso se nos escapa a menudo ese detalle, ese ratito para charlar con ese ser humano que tanto podría aportar tanto a nuestro conocimiento como a nuestra condición de personas.
En este sentido me considero muy afortunado porque he podido compartir momentos deliciosos con gentes a las que el azar puso en mi camino. Algo así ocurrió ayer en Toledo. Decidí darme un paseo por el Centro de Interpretación de la Ciudad. Lo que en un principio iba a ser una exposición temporal en San Marcos, se ha acabado convirtiendo - afortunadamente- en un atractivo más para visitar Toledo. Más que marear al visitante con fechas y hechos históricos, el Centro explica perfectamente cómo es Toledo acudiendo a lo sensitivo más que a lo académico. En este sentido, la calidad de los audiovisuales es soberbia.
Yendo a lo que nos ocupa, estaba parado frente al artificio de Juanelo intentando comprender el funcionamiento de la maravilla. El 'ingenio de Toledo' fue una maravilla de la ingeniería del s. XVI. Con la sola fuerza motriz que proporcionaba el Tajo, era capaz de garantizar el consumo de agua en la Ciudad Imperial a través de un sistema de engranajes que ascendía del Tajo hasta el mismo Alcázar. Acudían a estudiarlo entonces gentes de toda Europa. Al lado, las clepsidras, que eran auténticos relojes de agua cuya particularidad residía en que se llenan o vaciaban según la posición lunar. De tal forma que tardaban 14 días en llenarse y otros 14 en vaciarse, cumpliendo el ciclo lunar de 28 días. Así, era un reloj al que poder consultar las horas tanto de día como de noche, en función al volumen de agua embalsado. Técnica de origen egipcio, conservada por los musulmanes e implantada en Toledo por Azarquiel.

Pero son Juanelo y su artificio los que nos ocupan (perdón por la calidad de la foto, no estaba permitido hacerlas). Mirando la maqueta que explicaba al proceso, percibí compañía a mi lado. Me giré y me encontré frente a un venerable anciano, pulcramente vestido de americana y corbata y con un sombrero que le confería una cierta distinción. Con una amplia sonrisa, se refirió al artificio de Juanelo introduciéndome en el conocimiento de su utilidad. Esa sonrisa volvió a repetirse cuando le dije que conocía el ingenio por los libros y alguna crónica. Pareció sentirse cómodo con la situación y comenzó a desvelar -para mi asombro y regocijo-, el funcionamiento de la máquina desde un punto de vista físico. Servidor, que es de letras, se enteró perfectamente porque si algo tenía la explicación era una claridad meridiana. Una sencillez solvente y precisa. Me atreví a preguntarle por Juanelo. Yo creía conocer su historia, pero sabía que mi venerable amigo podría contarme mucho más.
Juanelo fue en realidad Giovanni Torriani. Fue un físico italiano que se ganó los favores de Carlos I tras arreglarle un reloj que nadie conseguía poner en marcha. Fue el autor del prodigio hidraúlico que da título a este post. Cayó en desgracia por lo de siempre. Roma no pagaba traidores. España nunca pagaba a sus héroes. De esto supieron mucho Ambrosio Espínola, Juanelo, los últimos de Filipinas... y tantos otros. Amparándose en que no se había firmado contrato alguno, la guarnición del Alcázar decidió quedarse con el suministro de agua mientras la ciudad protestaba, inútilmente, por ello. Se decidió construir otro para la población, pero a Juanelo no se le había abonado-otra vez España-, la realización del primero. Esto condujo a la indigencia a Juanelo que terminó viviendo de la limosna catedralicia. Y aquí es donde nuestro hombre me relató una versión que desconocía acerca del Hombre de Palo.
Sí, el Hombre de Palo. Da nombre a una calle aneja a la Catedral. Se dice que Juanelo construyó un autómata de madera que circulaba desde esta calle al Palacio Episcopal mientras reverenciaba a los viandantes. En realidad, y según mi distinguido cicerone, se trató de un ingenio para que los disminuidos pudiesen sortear escaleras y demás obstáculos. Otra maravilla más. Y como quiera que las limosnas había que recogerlas en persona por aquello de la picaresca, alguna enfermedad obligó a Juanelo a construirlo.
Terminada la anécdota terminó confesando, casi una hora después, que él era el autor de la maqueta que estábamos observando. Don José Luis Peces. Ahí estaba su nombre. Maestro de balística del Ejército, apasionado de la Física. Realizó la maqueta en los sesenta en una prueba más de la su profunda pedagógica que lo llevó a impartir clases durante años y a participar en el desarrollo de proyectos punteros de la ingeniería militar del momento. Seguramente, unos de los pocos españoles que en su día era capaz de cartearse, -confesó seguir haciéndolo en la actualidad a sus 85 años- con la Academia Militar de West Point.
El personal del Centro le avisó de que tenía visita y esto, a mi pesar, interrumpió el relato. Un equipo de televisión extranjero venía a entrevistarle. Quizá por ello había decidido acudir a la cita elegantemente vestido. Sinceramente, servidor piensa que hay gente que no se pone elegante. Que lo es. Don José Luis. Uno acaba sabiendo que chinos, franceses, americanos, de las universidades más prestigiosas han venido a estudiar a Juanelo y para ello han buscado al señor Peces, que aprovechaba la visita de los chinos para seguir -siempre investigar- el rastro de las clepsidras en la tradición orbital y en los viajes de Marco Polo. Estrecho su mano y le agradezco su espontáneo magisterio antes de continuar la visita. Y, casualidad, vuelvo a encontrarlo en la salida. Se queja amargamente del desinterés de los españoles y me pide que cuente que existió Juanelo, que el artificio fue real. Que lo diseñó el mismo ingeniero que hubiese hecho navegable el Tajo hasta Lisboa de no haber surgido el proyecto de la Armada de Inglaterra...
Vuelvo a estrechar su mano y le prometo que así lo haré. Le pido que me deje fotografiarle y opta por colocarse de perfil, tal cual lo veis en la foto. Gracias, señor Peces.
2 comentarios:
El centro de interpretación de San Marcos, es formidable, y algo fundamental en cualquier visita a la ciudad, es grato sentarse u rato y escuchar a una voz en off contar las leyendas toledanas.
Tu blog es muy interesante.
Sí, la verdad es que es una visita muy recomendable para entender Toledo , un disfrute a la vista y al oído.
Gracias por visitar mi blog, Alatriste.
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