lunes 22 de junio de 2009

El 'triplete' segoviano. Boni.

Es sabido por el puñado de pacientes y leales sufridores que nos honran con su visita que si se quiere ver feliz a quien escribe estas líneas, hay que buscarlo paseando por Segovia, que es lo que queda cuando todo y todos pasan. Por eso dedicaremos los siguientes tres capítulos de 'La Fortuna' a un 'triplete' que puede ganarse todos los años y que nos emociona bastante más que las hazañas futboleras, sean éstas de quienes fueren. La obra de Boni y el archivo de la catedral, la aljama hebrea de Segovia y el Cancionero de la catedral forman nuestra terna 'galáctica'. Va por ustedes.

Ya hemos dedicado alguna entrada a intentar desgranar, con más fe que acierto, algunas de las maravillas que esperan a ser descubiertas por todo aquel que esté dispuesto a estar en Segovia y no pasar por ella, aunque de una jornada se trate. Y no es que nos confiramos vitola de entendidos o grandes contadores de historias. Lo fiamos todo a la devoción propia y a la paciencia de quien nos tolera, a partes iguales. No han sido pocas las veces que quienes me conocen me preguntan de dónde viene este arrobamiento que dura ya veinte años. Quizá si hablase de París o de Roma todo estaría más justificado a ojos de muchos. Por eso yo siempre digo que estas son cosas del amor. Quien lo probó, lo sabe.

Es por esto que parece justo que, si no queremos dejar de hablar de maravillas, no se nos queden en el tintero aquellas gentes que la suerte pone en tu camino y con las que puedes compartir saberes 'inútiles', de esos que tanto gustan en esta casa.

Estos días, quizá por nostalgia, he releído la 'Guía de la Judería Segoviana', escrita por Bonifacio Bartolomé Herrero. Y no he podido evitar pensar en aquellos que a su vez creen que la Historia se escribe desde el mirador de la subjetividad y al abrigo de prejuicios y tendencias. Leer a Bonifacio es mucho más que leer acerca de los judíos segovianos. Es un encuentro con la objetividad, el buen hacer y, sobre todo, la paciente capacidad investigadora de quien destila gusto por lo que hace y respeto por lo que estudia. Así, su obra es el vivo reflejo de cuanto uno comprueba cuando comparte un rato de conversación con él. Sin prisa y sin pausa, va casi ocultando cientos de horas de oficio y saber tras el velo de la nítida sencillez -nunca simpleza- que ostentan quienes saben de lo que hablan y poseen la habilidad de hacernos saber, sin alarde ni pretensión alguna, que estamos bebiendo de la fuente adecuada.

Bonifacio es el archivero de la catedral de Segovia. Allí custodia miles de pergaminos y legajos a los que trata con tanto mimo como a cualquier investigador o curioso que atraviese el zagüán de su sancta sanctorum. Tuve la fortuna de trabajar codo a codo con Boni hace ya algunos años y tengo el placer de pasar a visitarle cuando me dejo caer por Segovia algún día de diario. Con orgullo conservo un ejemplar dedicado de esta guía que hoy quiero recomendaros.

El interés por rescatar la judería segoviana del olvido vino en el siglo XIX, de la mano de Fidel Fita y otros investigadores que colocaron la primera piedra de lo que hoy es la necesaria asunción, por parte de los vecinos de Segovia, de su pasado hebreo. Analizando escrupulosamente una buena cantidad de documentos, Boni data las primeras noticias de la presencia de judíos en la ciudad buscando en las propias fuentes catedralicias. De la presencia, que no de la llegada. Interpretando leyes, documentos de arrendamiento, disposiciones papales... va tejiendo el relato de cuantos formaron la aljama segoviana. Y decimos aljama porque este es el término correcto cuando queremos referirnos a la comunidad como entidad espiritual. Para referirnos a la judería propiamente dicha, hablamos de la parte física del trazado urbanístico donde moraron los sefardíes.


Próxima entrega, la aljama y la judería.

viernes 5 de junio de 2009

Obama y Al-Andalus


Buscando un ejemplo de convivencia entre la cultura occidental y el Islam, hace unas horas que Obama ha rescatado el mito de Al-Andalus, tan recurrente en estos casos. Caso aparte es el error de identificar Anladucía como Al-Andalus pues como es sabido, ésta ocupó mucha más extensión que la que abarcan los límites actuales de las regiones andaluzas. Pero supongo que es mucho pedir y que habría que conformarse con que un norteamericano sepa localizar a Andalucía, o a la misma España, en un mapa.

El asunto del mito andalusí es cosa que viene de largo, y de la que se han servido hasta el abuso políticos y consejeros de turismo de toda índole. Tanto que ha terminado por ser un mantra de fácil aplicación para resaltar los valores históricos hasta en los sitios en los que se sabe que no convivieron las 'Tres Culturas'.

En lo que a los musulmanes, que no exclusivamente árabes, respecta, es sabido que acuñaron el término qitabíes, para referirse a las 'gentes del Libro'. Es decir, toleraban mucho mejor a las otras dos grandes religiones monoteístas, pues beben directamente de sus mismas fuentes. Pero, exactamente, toleraban. En la exacta acepción del término. Quien tolera, permite, concede un permiso. Es decir, nada que se mueva en los términos de 'igualdad' -cuidado con esta palabra ahora, que la están redefiniendo-, sino desde una posición de superioridad.

Huelga decir que el error que más comúnmente cometemos los españoles cuando hablamos de Historia, es el de no comprender que hechos acontecidos hace siglos no pueden juzgarse con las claves sociales que manejamos siglos después. Por tanto, los soberanos castellanos, aragoneses, franceses, andalusíes, etc. y, por tanto, sus políticas no eran sino fruto del tiempo en el que se vivieron.

Con esto queremos decir que nada o casi nada es como parece que fue. Sobre todo si nos apoyamos en cineastas, novelistas de súperventas o tertulianos que de todo saben y de todo imparten cátedra sin el más mínimo rubor. Por eso conviene acudir a las fuentes. O en su defecto a una opinión -mejor siempre varias - autorizada, que nos las traiga debidamente tratadas. Y para ello nadie mejor que un historiador, pues es su tarea. Es triste que haya tanto periodista y tan pocos historiadores en el mundo de la divulgación. Supongo que parte de culpa tendrán unos y otros. Tanto como nosotros mismos y nuestro eterno complejo a la hora de asumir nuestra propia Historia, nutrida de leyendas ni más ni menos negras que las de cualquiera de nuestro vecinos europeos, que asumen las suyas con plena normalidad.

Si quieren una fuente aquí tienen una. Serafín Fanjul y su obra 'La quimera de Al-Andalus'. Si se deciden a leerlo, olvídense de las versiones edulcoradas y políticamente correctas a las que nos tienen acostumbrados. Y ojo que por cuestionarse algunas cosas, podría caer sobre ustedes alguna filiación política. Esas de las que se adjudican por estos pagos con una facilidad pasmosa, alimentadas por la ignorancia y el nulo deseo de abandonarla de los que solemos hacer gala. En fútbol y política todo vale, hasta mezclarlos con la Historia.

Así que lean sin complejos la obra de Fanjul y tendrán acceso a otra visión del asunto, ejercicio absolutamente imprescindible para ser un pecador como es debido y forjarse, o al menos intentarlo, una opinión propia acerca de las cosas.

Lo encontrarán en la editorial s.XXI por unos 15 euros. Como el objetivo de esta entrada es animarles a su lectura, reservamos nuestra valoración de la obra y dejamos al lector la puerta abierta para aportar las suyas. Que disfruten del apasionante viaje de la inquitud y la contradicción.

jueves 28 de mayo de 2009

El prudente Rey Mago (II)



Habíamos tomado como ejemplo para ilustrar el contenido de esta serie una forma geométrica situada en los frescos de la bóveda del coro del Monasterio. Concretamente, una obra de Luca Cambiaso, que precede a este texto. El cubo es un derivado del cuadrado, figura capital de la matemática pitagórica y se ha venido asociando con la Tierra, es decir, con el más pesado de los elementos. Retomando el argumento pitagórico, los sabios renacentistas consideraron a esta figura geométrica como
la base de cualquier proporción armónica. En sí mismo es el fruto de tres operaciones matemáticas, por tanto no parece descabellado que figure bajo la representación de las tres formas divinas. Y más si tenemos en cuenta que esas tres formas fueron la génesis de la Tierra como elemento propio.

Pero si alguien había llevado a su máxima expresión los significados esotéricos del cubo fue el filósofo Raimundo Lulio. Encontramos abundantes ejemplares atribuidos a Lulio o Llull en la biblioteca, no sólo de Juan de Herrera, arquitecto de Felipe II, sino en la del mi
smo rey. Llegados a este punto, deberíamos sacudirnos los residuos de la ‘leyenda negra’, que aún distorsionan la figura del rey ‘prudente’. Bastaría repasar la gran variedad de títulos dedicados a las ciencias esotéricas que pueblan la biblioteca de El Escorial. No puede ser de otra manera, pues al soberano timorato y ultra católico que nos pintan algunas tradiciones de mucho arraigo pero poco fundamento, cabría oponer rasgos de su personalidad que apenas suelen mencionarse. Tal es el caso de sus inquietudes intelectuales, en la línea de las de cualquiera de sus coetáneos europeos. Y en este sentido convendría recordar que tras las dos bancarrotas de su reinado, recurrió a los servicios de afamados alquimistas para aliviar las arcas reales. Esto en sí mismo no lo coloca a la cabeza de ninguna corriente intelectual, desde luego, pero sí ayuda a ubicarlo entre los monarcas de su tiempo, que persiguieron el mismo anhelo y vivían guiados por las mismas ambiciones.

Mucho se ha hablado acerca de las similitudes entre El Escorial y el Templo de Salomón. No deja de existir un cierto paralelismo entre David y su hijo Salomón, y Carlos I y Felipe II. David y Carlos fueron reyes eminentemente guerreros. Salomón fue, sin embargo, el escogido para erigir el Templo. Un fue un guerrero sino un sabio. Por eso s
e establece el paralelismo entre Salomón y Felipe. Cosa que, por otro lado, era común en la época cuando se quería revestir de dignidad cualquier reinado. No obstante, no deja de ser curioso que en las medallas conmemorativas de la colocación de la primera piedra del Monasterio, ya apareciese una alusión directa al Templo de la Ciudad Santa. Para apoyar a las teorías que relacionan el templo escurialense con el jerosolimitano, podemos resaltar que son las figuras de los reyes hebreos las que presiden el patio. También podemos observar que, al igual que en Jerusalén, el acceso al santuario estaba vetado al común, que permanecía en el patio durante las liturgias. Es el concepto de accesos según los niveles iniciáticos, ya presente en el Antiguo Egipto.

Tradicionalmente, incluso los guías del recinto siguen
repitiéndolo machaconamente, se interpreta que la planta del Monasterio es una alusión a la parrilla en la que la tradición cristiana afirma que recibió martirio San Lorenzo. Sólo una buena dosis de ingenuidad o de ignorancia puede sostener tal afirmación. La planta está dispuesta de tal forma que nada queda sujeto al azar, ni posicionado de forma arbitraria. Los mismos jerónimos que después poblaron el Monasterio se quejaban reiteradamente de que Herrera había atendido a las cuestiones ‘simbólicas’ más que a facilitar la vida monástica de la comunidad.

La planta es el resultado de un minucioso cálculo matemático basado en las proporciones pitagóricas y en el número áureo, o Divina Proporción. Pero, a su vez, verlo reducido a un conjunto de operaciones matemáticas nos privaría de la esencia y le restaría al conjunto todo aquello que lo hace diferente. Para entenderlo, hay que admitir que el número por sí solo reduce la realidad a una cuestión cuantitativa, desechando lo cualitativo. Habría que comprender la existencia de una parte de nuestra identidad, relacionada con lo supra racional, que trasciende al conocimiento común y posibilita la inteligencia, en la medida que ésta es algo más que sucesiones numéricas o enunciados matemáticos. Este es el paso que facilita l
a contemplación de la arquitectura escurialense desde el punto de vista en el que fue concebido.


El Templo es, en sí mismo, una representación condensada del orden celestial, de la armonía celeste. Por tanto, debe recoger dentro de sí los principios inmutables de este orden y su reflejo en los cuerpos celestes. Podría extrañarnos hoy en día, pero Vitrubio, en sus Diez Libros de Arquitectura, confirma que la música y la astronomía debían figurar entre los saberes imprescindibles de todo aquel que se considerase como arquitecto.

De Vitrubio nos llega el antropomorfismo, o el hombre como medida de las cosas que después retomará Da Vinci. El punto de intersección entre el círculo y el cuadrado (esfera y cubo) que forma sería el ombligo. Por otro lado, los ideólogos de El Escorial utilizaron la analogía del hombre con los brazos extendidos como paralelismo de la crucifixión de Cristo. Así había sido aplicado este concepto durante todo el Medievo.

Ahora bien, las proporciones del hombre vitrubiano no satisfacían las necesidades de disposición del monasterio como a sus arquitectos les pareció que debían hacerlo. Es por ello que recurrieron a la figura del hombre cosmológico. Esto, en sí mismo, es el resultado de una ‘coexistencia’ de ciencia y esoterismo, algo mucho más normal entonces de lo que nos debe parecer ahora.

Un argumento más a favor de las teorías que afirman que el Escorial es una copia del Templo de Salomón, es la metodología empleada en su construcción. Evidentemente, conviene aclararlo, no estamos hablando de una copia en el sentido estricto. Hablamos de una recuperación de los símbolos y sus conceptos. Al igual que en el caso del Templo, los sillares de El Escorial fueron tallados en su mismo origen de extracción. Puede parecer un detalle sin importancia, pero es otra similitud más con el Templo de Jerusalén.

En cualquier caso, dejaremos en este punto que sean las voces realmente autorizadas de cuantos sobre este asunto nos arrojan algo de luz, resultado de muchos años de estudio. Nada nos haría más felices que conducir a nuestros pacientes lectores hasta el inicio del camino.

jueves 21 de mayo de 2009

Dicebamus externa die…

Pues sí, ni más ni menos que dos meses y pico sin asomar por estos lares. Abandonados, víctima del trajín cotidiano del autónomo, pero no por ello encerrados en el cajón del olvido.

El próximo jueves 28, tendré el placer de seguir castigando con la impuntualidad de costumbre, al reducido grupo de pacientes lectores de este rincón de saberes inútiles. Terminaremos de dar unos apuntes sobre la faceta esotérica de Felipe II y su relación con El Escorial.

Hasta entonces, sólo puedo pedir disculpas por haber fallado a los deberes propios de un bloguero. Gracias de corazón a los que honran a 'La Fortuna' con su visita.

miércoles 18 de febrero de 2009

El prudente Rey mago (I)

Hubo un tiempo en el que los fines más claros de la magia no entendían de extraños sortilegios ni invocaciones. Se circunscribían a la transmisión de un saber positivo y universal, valiéndose para ello de los símbolos. Buena prueba de ello son edificios como la catedral gótica, de la que alguna vez hemos hablado en este blog. También podríamos acordarnos del conocimiento pitagórico y buscar sus orígenes en la civilización egipcia, por poner otro de los casos más conocidos.

Lo que realmente puede llegar a sorprender a muchos es que otra época en la que este saber mereció la atención de sabios y monarcas fue el Renacimiento español. En pleno fervor católico y al abrigo de la vigorosa Contrarreforma promovida por los Austrias Mayores. Podemos dar buena fe de ello si observamos un edificio que, en sí mismo, supone un compendio inigualable de la magia a la que nos referíamos al comienzo de esta entrada.
Hablamos, claro está, del Monasterio de San Lorenzo de El Escorial. Y, por extensión, de Felipe II y sus arquitectos Juan Bautista de Toledo y Juan de Herrera. Es universalmente conocida y aceptada la afición del rey Felipe a estos saberes. Buena cuenta de ello son las numerosas obras que pueden hallarse en los inventarios de la Biblioteca del monasterio. Otro tanto sucede si se hace recuento de las bibliotecas de los dos arquitectos a los que nos referimos.

Vamos a apoyarnos en un estudio realizado por René Taylor que servidor se llevó al morral hace un par de años, en una visita al Real Sitio. A todos aquellos interesados en estas cuestiones les parecerá una obra imprescindible una vez leída. Su título es ‘Arquitectura y Magia. Consideraciones sobre la idea de el Escorial’. Está editado en la maravillosa Siruela y, en 2005, podía adquirirse por 24€ en la librería del monasterio.
Para justificar la figura del arquitecto como mago, como transmisor de estos saberes eternos e inmutables que se sitúan por encima de cualquier forma convencional de expresión escrita, Taylor nos propone el análisis de la bóveda del coro de El Escorial. Tenemos que estar de acuerdo con Taylor cuando dice que, a primera vista, la obra no reúne ninguna característica que la rescate de la mediocridad, en lo tocante a su resolución pictórica.

Sin embargo, hay una figura situada en un lugar preeminente y que encierra muchos más secretos o intenciones que la de cubrir una superficie más o menos extensa en la composición. Hablamos de un gran cubo situado bajo la representación de las Tres Personas (Dios Padre, dios Hijo y el Espíritu Santo).

En la próxima entrega intentaremos explicar la importancia de esa geometría, así como dar unas pinceladas acerca de las aficiones ‘esotéricas’ del Rey Felipe y su reflejo en la arquitectura de la, a veces llamada así, octava maravilla del mundo.



jueves 22 de enero de 2009

Un ‘coffee-break’ y una pica en Flandes


Poner una pica en Flandes llegó a ser sinónimo de conseguir llevar a cabo una tarea complicada. Esto acabó siendo así en los últimos estertores de la presencia española en esa hemorragia constante, en vidas y oro, que resultó ser la ocupación de Flandes. Pasadas las glorias de Farnesio, Juan de Austria o Spínola, Flandes pasó de ser el sitio en el que conseguir hacer carrera a ser ese lugar en el que nadie quería dejarse el pellejo a cambio de una derrota segura.

La expresión pasó al habla coloquial para definir cualquier acto de naturaleza complicada. Como lo es, cosas del mundo que nos toca padecer, encontrar un hueco para tomar un café con los viejos y buenos amigos. Eso que los ‘modernos’ llaman coffee-break. En una de estas tuve la fortuna de verme no hace mucho. Regresé a casa con esa sensación placentera de haber sabido parar, siquiera unos instantes, y disfrutar de los ‘míos’. Bueno, también regresé con dos libros en préstamo, de los cuales ya he dado buena cuenta de uno.

Mis picas en Flandes. O lo que es lo mismo, las memorias del maestro, D. Luis Carandell. Ignoraba la existencia de este volumen, editado por Espasa. Qué puedo contar que no sea que han sido un par de noches impagables de la mano de los recuerdos de Don Luis. De un tiempo a esta parte, parece que un ingrediente fundamental a la hora de redactar unas memorias es el rencor. El mismo del que se nutren muchas ‘revelaciones’ en las memorias de tanto fantoche con ocasionales pretensiones de literato que pueblan las estanterías. En cuanto a las que describo, están a la altura de quien las firma. Amenas, interesantes y, sobre todo y por encima de todo, elegantes.

De ellas extraigo una anécdota atribuida a Fraga, en los albores de la democracia. En un pleno parlamentario –de esos que comentaba Don Luis como nadie ha sabido hacerlo después-, Fraga pidió permiso al vicepresidente del Congreso, Emilio Attard, para hacer un cooffe-break. Confundido, miró Attard en derredor por si alguien era capaz de explicarle qué había querido decir Fraga en eso del ‘coffee break’. Emilio Attard era hombre de una vasta cultura y un gran orador, pero –como nos sucede a muchos españoles hoy en día- no hablaba inglés, y el término no era muy popular entonces. Una vez satisfecha su inquietud, Attard procedió a dar permiso para que sus señorías tomasen un descanso.

Días después, otro diputado pidió un receso. El bueno de Attard volvió a acceder diciendo algo así como:

- Tienen sus señorías quince minutos de descanso para hacer eso a lo que se refería Don Manuel Fraga el otro día.

Cómo podéis ver, el tono parlamentario en aquellos días dista mucho de los lamentables espectáculos a los que nos someten los herederos de Attard.

Pues eso, aunque a veces sea como poner una pica en Flandes, bien vale saber hacer un ‘coffee break’ a tiempo para disfrutar de dos de los mejores regalos que está dispuesta a hacernos la vida, un buen amigo y un libro.

miércoles 7 de enero de 2009

El hospital fantasma

Desde este rincón siempre hemos sostenido que la Historia de España está llena de luces y sombras. Como en botica, bueno y malo. Reyes capaces y accidentes dinásticos, como es el caso que hoy nos ocupa.

Hablamos de Isabel II, hija de Fernando VII 'El Deseado'- por desconocido, como suele decirse-. El caso es que en tiempos de Isabel II, el Consejo de Ministros había planeado la construcción de un hospital en Madrid que recibiría el nombre de Nuestra Señora del Carmen. Sólo se había alcanzado a trazar los planos del mismo cuando al ministro se le ocurrió una manera de medrar ante los ojos de la reina.

Hizo acondicionar el Asilo de los Desamparados, lo llenó de niños, monjas y algún galeno e invitó a la reina a la supuesta inauguración del hospital. Isabel II acudió al evento y se marchó de allí muy complacida con la labor de su ministro, que no tardó en ser recompensado en pago a sus servicios.